
La historia con la que abro este artículo ocurrió a inicios de siglo.
En 2004, la emisora Los 40 Principales de Bogotá enfrentaba un grave problema, víctima de su propio éxito. La pauta comercial era exagerada y cada vez restaba más tiempo a la música.
Como es lógico, el área comercial siempre tendrá prioridad sobre el producto. Esa es una batalla que casi siempre perdemos quienes trabajamos en producción y programación, así que hay que encontrar maneras creativas de afrontar la situación.
En esa época, el director de la emisora era Antonio Casale. “Toño”, gran personaje de la radio, no solo estaba preocupado por el tema comercial.
Por esa época estaban de moda los reproductores de MP3 como los iPods y todas sus copias. La gente ya se estaba empezando a acostumbrar a descargar archivos de MP3, ya fueran comprados o descargados de manera ilegal por plataformas como Ares, Kazaa, LimeWire y, especialmente, Napster.
El uso de estas opciones les permitía a los usuarios no solo escoger a su antojo lo que quisieran escuchar, sino saltar, repetir y manipular las listas de canciones que iban creando.
Aunque todavía no existían masivamente las redes sociales, el uso de estos dispositivos sí empezaba a afectar la audiencia de las emisoras musicales y, en vista de ello, a Casale se le ocurrió recortar las canciones.
Un éxito de esa época duraba unos 4 minutos, pero había tanta publicidad que en cada franja horaria solo alcanzaba a pasar 8 o 9 canciones. Entonces le pidió a su productor que recortara las canciones de la manera más prolija posible, de forma que el oyente desprevenido no se diera cuenta y, por el contrario, agradeciera que ahora podías escuchar hasta 13 o 14 canciones por hora.
“Toño” habló también con Vicente Moros, que en esa época dirigía Tropicana Estéreo y lo invitó a hacer lo mismo, pero este le dijo que prefería no hacerlo porque los oyentes de salsa son muy quisquillosos, saben de música y conocen las canciones de principio a fin.
Casale cambió así su programación, pensando que los oyentes de los éxitos de música pop del momento no se darían cuenta de la edición de las canciones, que ahora duraban en promedio 2 minutos y medio, aunque recuerda, de manera chistosa, que hubo una canción en particular que todavía hoy lamenta haber editado.
Se trata de “Cruz de navajas” del grupo Mecano, que cuenta la historia de Mario y María, una pareja cuya relación se ha ido deteriorando. Mario trabaja de noche y María termina involucrándose con otro hombre.
Una noche, Mario sale antes de lo habitual y sorprende a María con su amante. Se produce una pelea con navajas y Mario muere apuñalado. Al final, María y el amante falsean la historia y hacen pasar el asesinato por un atraco callejero.
Es una gran historia, pero en la emisora había un practicante a quien se le dio la oportunidad de editar algunas de las canciones, y en el caso de “Cruz de navajas” no conocía la letra ni la escuchó con cuidado. Le cortó los últimos minutos para cumplir con la duración y dejó por fuera el desenlace de la letra, así que, en la canción, Mario nunca murió…
La historia de QuickHitz
La historia que vivió Toño Casale también la vivió una emisora canadiense llamada 90.3 AMP Radio de Calgary, identificada legalmente como CKMP-FM y perteneciente entonces al grupo Newcap Radio, competía dentro del difícil formato Top 40, dirigido especialmente a una audiencia joven.
Sus directivos ya estaban viendo lo mismo que había notado Casale años atrás 10 años atrás: la gente comenzaba a acostumbrarse a tener el control absoluto sobre lo que escuchaba.
Ya podía saltarse inmediatamente una canción en su iPod o en las plataformas de streaming que comenzaban a ganar terreno. Ya no tenía necesariamente que esperar a que terminara un disco para escuchar el siguiente.
Entonces surgió una pregunta bastante lógica: si el público quería consumir todo más rápido, ¿por qué la radio tenía que seguir transmitiendo canciones de cuatro o cinco minutos?
La solución se llamó QuickHitz.
El concepto había sido desarrollado por SparkNet Communications, la misma compañía canadiense que estuvo detrás de JACK FM, el formato que se hizo famoso con su eslogan «Playing What We Want» (“Tocamos lo que nos da la gana”).
QuickHitz proponía algo muy sencillo de entender y muy atractivo para cualquier programador: el doble de canciones por hora.
Para conseguirlo, tomaba éxitos conocidos y los reducía generalmente a duraciones de entre minuto y medio y poco más de dos minutos. Se eliminaban las intros, se recortaban estrofas, desaparecían repeticiones de coros y se reducían algunas partes instrumentales.
De esta manera, AMP podía anunciar que pasaba aproximadamente 24 canciones por hora, frente a las 12 que normalmente programaba, y desde el punto de vista promocional esto era muy importante.
Si una emisora promete «más música», difícilmente podría encontrar una manera más evidente de demostrarlo que pasando literalmente el doble de canciones.
Y, además, la propuesta parecía adaptarse perfectamente al comportamiento que comenzaba a mostrar el público joven. El oyente alcanzaba a reconocer el éxito, escuchaba las partes más familiares y rápidamente llegaba otra canción.
Era una especie de scroll musical antes de que TikTok terminara de acostumbrarnos a consumir contenidos de esa manera.
El primero de agosto de 2014 AMP puso QuickHitz al aire, y probablemente sus creadores pensaron que habían encontrado una gran innovación para modernizar la radio musical, pero había un pequeño problema: los artistas no necesariamente habían autorizado esas versiones editadas.
¿Hasta dónde puede llegar una emisora?
Si usted lleva un buen tiempo trabajando en radio, especialmente en emisoras de Pop, recordará que algunas canciones tenían una duración diferente en el álbum y en el sencillo.
Las del sencillo eran más cortas, editadas especialmente para la radio precisamente porque los programadores siempre querían versiones más cortas con el fin de poder tocar más música cada hora. A esas versiones editadas se les llamaba radio edits.
Las compañías discográficas suelen entregar versiones especiales para radio, más cortas que las incluidas en un álbum, eliminando palabras inconvenientes, reduciendo introducciones o acortando determinadas partes instrumentales. Eso ha sido completamente normal dentro de la industria.
Pero una cosa es recibir una versión preparada o autorizada para radio y otra muy diferente es que la propia emisora decida cómo debería quedar una canción, y aquí es donde aparece algo que probablemente muchos radiodifusores no saben.
Una emisora paga determinados derechos para transmitir música, pero eso no significa que adquiera todos los derechos sobre esa obra ni sobre la grabación.
Las legislaciones cambian de un país a otro y las licencias también tienen condiciones diferentes, pero hay un principio que no debería perderse de vista: tener derecho a transmitir una canción no significa necesariamente tener derecho a transformarla.
En Canadá, además, la legislación de derechos de autor contempla los llamados derechos morales de los creadores, entre ellos el derecho a la integridad de la obra.
Ahora, con esto no quiero decir que un juez declaró ilegal QuickHitz. Realmente, nunca se llegó hasta allá. La emisora abandonó el experimento antes de que comenzara una verdadera batalla judicial.
Apareció Jann Arden
Una de las primeras voces en protestar fue la cantante canadiense Jann Arden, conocida internacionalmente por su éxito «Insensitive». Y hay un detalle curioso: AMP Radio ni siquiera programaba su música porque no correspondía al formato de la emisora, pero eso no impidió que Arden se molestara.
La cantante acusó públicamente a la emisora de estar dañando trabajos que habían requerido muchas horas de composición y producción, y pidió a sus seguidores que no la escucharan.
Incluso se burló del concepto preguntando si alguien podía recomendarle «medio libro bueno» para leer y sugiriendo que, siguiendo la misma lógica, los partidos de hockey podrían durar solamente un periodo (Un partido de hockey sobre hielo tiene tres periodos).
Y aunque la canción no sonaba en QuickHitz, la protesta de la cantante planteaba una pregunta bastante interesante: ¿Quién decide qué parte de una canción sobra?
Para un programador puede ser innecesario el segundo verso, pero para el compositor probablemente no. Un solo de guitarra puede parecer demasiado largo cuando uno está mirando el reloj de programación, pero para algunos oyentes puede ser precisamente la mejor parte de la canción.
Nuestro trabajo consiste en escoger la música apropiada para una audiencia, organizarla, rotarla y presentarla de la mejor manera posible, pero otra cosa muy diferente es decidir cómo debería haber quedado grabada.
Entonces llegaron las amenazas legales
QuickHitz duró menos de tres semanas. El 19 de agosto AMP abandonó el sistema y regresó a las canciones completas.
Steve Jones, vicepresidente de programación de Newcap, reconoció entonces que habían recibido amenazas legales desde diferentes frentes y que continuar con el experimento podía significar entrar en una pelea larga y costosa.
Pero había otro problema quizá más delicado para una emisora musical: la relación con la industria.
Una emisora de radio necesita canciones, información, entrevistas, artistas para sus eventos, promociones, concursos, lanzamientos, conciertos y muchas otras actividades, y no parecía demasiado inteligente enemistarse con las mismas personas que producían el contenido sobre el cual estaba construido el formato.
AMP podía ganar unos minutos adicionales de música cada hora, pero arriesgaba algo mucho más importante.
¿Y qué dijeron los oyentes?
Este punto también merece una aclaración porque con el paso de los años la historia de QuickHitz ha terminado contándose algunas veces como si hubiera existido una rebelión masiva de la audiencia, pero no parece haber sido así.
De hecho, mientras se desarrollaba el experimento, Jones aseguró que la reacción de los oyentes había sido, en general, bastante favorable, lo que hace que esta historia sea todavía más interesante.
QuickHitz no partía de una idea absurda. Todo lo contrario. Sus creadores estaban viendo un cambio real en la manera como la gente escuchaba música.
Ese mismo año, el investigador Paul Lamere analizó miles de millones de reproducciones en Spotify y encontró que cerca de una cuarta parte de las canciones era saltada durante sus primeros cinco segundos. Al llegar a los 30 segundos, más de una tercera parte ya había sido abandonada.
Es decir, la impaciencia que preocupaba a los creadores de QuickHitz realmente existía, y con los años no ha hecho más que aumentar.
De hecho, las canciones populares actuales tienden a ser más cortas. Muchas ya ni siquiera tienen intro. Los coros aparecen mucho antes, ya no hay solos de guitarra, saxo o teclados y cada vez es más frecuente encontrar éxitos que ni siquiera llegan a los tres minutos.
Por eso se podría decir que QuickHitz acertó en el diagnóstico, pero falló en la solución.
¿Y qué pasó Los 40 Principales de Colombia? Aunque las leyes con respecto a los derechos de la música pueden ser universales, su aplicación es diferente de país en país. Mientras en Estados Unidos, Canadá o el Reino Unido pueden ser mucho más estrictos, teniendo en cuenta la proyección mundial de sus artistas, probablemente en nuestra región, y más aún hace 20 años, nadie en la industria estaba preocupado porque una emisora recortara las canciones.
Como sea, el experimento pareció funcionar. En la siguiente medición de audiencia la emisora creció en número de oyentes, pero llegó un nuevo director nacional de emisoras y ordenó hacer cambios en el formato, eliminando esa idea de recortar las canciones, algo que nunca se volvió a implementar.
Ahora son los artistas quienes lo hacen
Lo más curioso del caso es que la radio entendió primero lo que querían los oyentes. Hubo que esperar un tiempo para que los artistas y productores actuales tomaran una decisión parecida.
Finalmente se dieron cuenta de que tienen pocos segundos para llamar la atención. Saben que compiten contra millones de canciones y contra un oyente que puede abandonarlos con solo tocar la pantalla.
Por eso muchas canciones arrancan hoy en día directamente con la voz, presentan rápidamente el coro, evitan los solos instrumentales y duran mucho menos que los éxitos de décadas anteriores.
Pero la diferencia fundamental es que son los propios artistas y sus productores quienes toman esas decisiones. Ellos deciden que la canción dure dos minutos y medio. No es el director de programación de una emisora quien recibe una canción de cuatro minutos y resuelve que un minuto y medio sobra porque necesita meter más títulos dentro de la hora.
La música no es nuestra
Quienes hemos programado emisoras durante muchos años conocemos perfectamente las tentaciones. En radio las canciones se han manipulado desde siempre. Un DJ puede mezclar dos temas, variar ligeramente el pitch, comenzar después de la introducción o hacer un fade antes del final. También existen radio edits, versiones sencillas, remixes y otras ediciones preparadas o autorizadas para determinados usos.
Algo parecido ocurre en programas producidos. En mi programa “Rockstorias”, por ejemplo, muchas veces tengo que recortar canciones porque debo contar cinco historias y pasar cinco temas dentro de 25 minutos. Eso implica editar la grabación, pero no necesariamente equivale a crear una nueva versión comercial para sustituir sistemáticamente la original.
Y ahí está la diferencia con QuickHitz. AMP Radio convirtió la modificación de las canciones en la esencia misma de su formato: tomó buena parte de su catálogo, creó versiones mucho más cortas y comenzó a utilizarlas de manera permanente para poder prometer el doble de canciones por hora, y por eso se molestaron los artistas y sus representantes.
El problema no era simplemente “editar música”, sino asumir que la licencia para transmitirla también daba derecho a transformarla de esa manera.
En el caso de QuickHitz, la modificación de las canciones no era una excepción sino la esencia misma de la propuesta. La promesa de la emisora dependía precisamente de recortar sistemáticamente las obras para poder meter muchas más dentro de cada hora, pero ahí terminó chocando con una realidad que sigue siendo válida hoy en día: en Canadá y otros países, la radio puede seleccionar la música, pero la música no le pertenece.
Conclusión
Siempre he creído que la radio tiene que experimentar. De hecho, uno de los mayores problemas del medio actualmente puede ser precisamente el contrario: emisoras que tienen tanto miedo de cambiar que siguen haciendo prácticamente lo mismo que hacían hace 20 o 30 años.
Por eso la lección de QuickHitz de Canadá y Los 40 Principales de Colombia no debería ser que hay que evitar las ideas diferentes. Al contrario. Lo interesante de estos casos es que partieron de unas observaciones acertadas.
Sus creadores entendieron que estaba cambiando la manera como la gente consumía música y trataron de adaptar la radio a ese nuevo comportamiento.
No sabemos. Quizá la próxima gran idea no se encuentre con un problema legal o con un cambio administrativo y logre darle nueva vida a la radio, que tanto la necesita…

Tito López hace radio desde 1975 y ha creado formatos radiofónicos exitosos en Colombia, España, Portugal, Chile, Panamá y Costa Rica.
Es coach de talentos, intérprete de investigaciones de audiencia, productor, blogger, libretista y conductor de programas de radio.
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