
El pasado 8 de mayo publiqué un artículo llamado “¿Qué espera hoy una persona cuando prende la radio?” en el que describía algunos de los hallazgos arrojados por una investigación llamada TechSurvey. Entre los más relevantes estaba el temor que todavía tienen algunos por la inteligencia artificial.
En el artículo yo decía: “Si la IA puede leer un texto, el locutor debe hacer lo que la IA no puede hacer de verdad: emocionarse, equivocarse con gracia, contar algo que vivió, reaccionar a lo que pasa en la calle, recordar una historia personal, compartir una observación propia, mirar a la audiencia como personas y no como datos».
«La radio no debería competir con la Inteligencia Artificial tratando de sonar más perfecta. Debería competir sonando más humana”.
El problema es que muchos de nuestros grandes temores surgen de lo desconocido. Cuando vemos alguna novedad realmente disruptiva y que no alcanzamos a entender a primera vista, nuestra respuesta automática es la negación para aceptarla.
Hace más de 8 años, el 20 de abril de 2018, Jeff Bezos dio una charla durante la clausura del primer Foro de Liderazgo, organizado por el Centro Presidencial George W. Bush.
El encuentro, que se realizó en el Moody Coliseum de la Southern Methodist University, en Dallas, Texas, comenzó a las 6:30 de la tarde, y allí el CEO de Amazon no dio propiamente un discurso, sino una conversación pública con Ken Hersh, presidente del Bush Center.
Durante su charla, el cuarto hombre más rico del mundo habló de Amazon, liderazgo, exploración espacial y del efecto de la tecnología sobre el empleo, y en medio de esa conversación se refirió a la inteligencia artificial y la forma como deberíamos enfrentarla o, más bien, acogerla.
Sí, sin temor, sin miedo. Más bien con curiosidad y con ganas de aprender a usarla.
En esa sala llena de gente, les pidió a los asistentes que imaginaran retroceder cien años en el tiempo, cuando la mayoría de la población eran agricultores. Y pidió que se imaginaran que en 1918 alguien les dijera a esos campesinos que 100 años más tarde existiría un empleo llamado “masajista”.
Jeff Bezos dijo: “No te habrían creído”. Y luego comentó que un amigo le dijo: “Olvídate del masajista… hay psiquiatras para perros”. Su interlocutor le respondió: «Incluso podrías conseguir uno por internet, tal vez en Amazon«. Bezos rio y confirmó: “Es verdad, puedes contratar fácilmente a un psiquiatra para tu perro”. La sala estalló en risas.
Pero el verdadero mensaje detrás de esa risa no tenía nada de gracioso. Cada vez que aparece de repente un gran cambio tecnológico, repetimos el mismo error: nos enfocamos obsesivamente en los empleos que se van a perder y casi nunca hablamos de los que se van a crear.
No los contamos porque todavía no sabemos cuáles van a ser. Ni siquiera tienen un nombre. El miedo siempre es concreto, tiene cara y apellido: “La IA va a reemplazar a los contadores, a los radiólogos, a los camioneros, a quienes trabajamos en radio”. Tiene fechas, gráficos y proyecciones.
La oportunidad, en cambio, no tiene nada de eso. Uno no puede nombrar lo que todavía no existe. Un agricultor de 1920 podía entender perfectamente que un tractor le quitaría el trabajo, pero lo que jamás habría podido imaginar es que un día su bisnieto se ganaría la vida como “estratega de redes sociales”.
No por falta de inteligencia, sino porque entre su mundo y ese nuevo empleo todavía faltaba toda una cadena de inventos: la radio, la televisión, internet, los smartphones, las plataformas digitales, las economías de creadores. Cada eslabón tenía que aparecer antes de que ser un “estratega de redes sociales” pudiera siquiera sonar como un trabajo real.
Eso es exactamente donde estamos hoy con la inteligencia artificial. Todos miramos el tractor. Nadie logra ver lo que está siete inventos más adelante y que todavía no tiene nombre.
El miedo produce ‘ruido’ porque cabe en el lenguaje que ya conocemos y la oportunidad es silenciosa porque no sabemos lo que vendrá.
Cada revolución tecnológica de la historia terminó creando más empleos de los que destruyó. Todas, sin excepción. No porque alguien lo hubiera planeado, sino porque las necesidades humanas se expanden mucho más rápido de lo que las máquinas pueden satisfacerlas.
No necesitábamos masajistas cuando nos partíamos la espalda en el campo. Los necesitábamos después, cuando las máquinas nos liberaron del esfuerzo físico y el estrés ocupó el lugar del trabajo manual. La demanda no desapareció. Solo migró hacia un lugar donde nadie estaba mirando.
Eso es lo que está ocurriendo ahora mismo. Los trabajos que creará la IA nos van a sonar tan absurdos como “psiquiatra para perros” le habría sonado a un granjero de 1920… hasta que alguien cobre 200 dólares la hora y tenga una lista de espera de 6 meses.
Hoy toda la conversación gira en torno a lo que estamos a punto de perder, pero casi nadie habla de lo que estamos a punto de ganar, porque desconocemos el futuro, la forma como evolucionará el mundo gracias a la IA y a todos los adelantos tecnológicos y sociales que vendrán más adelante.
Dentro de cien años, es muy posible que alguien se vaya a parar en un escenario y describa los trabajos que hoy no podemos ni imaginar. Y la audiencia se va a reír, exactamente igual a como nosotros acabamos de burlarnos de la gente de inicios del siglo pasado…
(Esta nota está basada en una publicación anónima en redes sociales)

Tito López hace radio desde 1975 y ha creado formatos radiofónicos exitosos en Colombia, Portugal, Chile, Panamá y Costa Rica.
Es coach de talentos, intérprete de investigaciones de audiencia, productor, blogger, libretista y conductor de programas de radio.
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