Mis primeros 50 años de radio

Aquí cuento con muchos detalles cómo fue mi incursión en la radio hace 50 años. Una historia que espero sirva de inspiración para las nueves generaciones.

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Así fueron mis inicios, rodeado de cables y equipos de sonido...

Nunca imaginé que unos cables, un par de grabadoras y un tocadiscos serían el inicio de 50 años de vida en la radio.

Julio de 1975. Acabo de cumplir 21 años. Estoy aprovechando en casa las vacaciones de mi primer semestre de administración de empresas, una carrera que sigo porque mi papá tiene las esperanzas puestas en que algún día me quede administrando su negocio.

Mi deseo era estudiar publicidad, pero esta carrera solo se podía hacer en Bogotá, así que pensé que una especialización en mercadeo, luego de terminar administración, me podría acercar a lo que tanto quería.

En esos ratos libres de vacaciones me pongo a hacer algo que me encantaba: hacer conexiones. Era una especie de obsesión.

En mi cuarto tenía un radio de pilas, dos grabadoras de casetes (de mi mamá), un tocadiscos con sus dos parlantes desprendibles y un mueble grande de madera a manera de biblioteca donde, además de muchos libros, aprovechaba para poner algunos modelos de carros, barcos y aviones a escala, la mayoría modelos para armar de Revell ensamblados por mí.

Aprovechando una vieja caja de madera que mi hermano menor ya no usaba y donde guardó en su niñez sus regletas Cuisenaire, esos pequeños troncos de madera pintados de diferentes colores, construyo una especie de consola rústica para conectar todos los equipos, parlantes y luces de mi habitación de forma que pueda manejarlos a mi antojo desde mi mesa de noche.

Yo no estudié electrónica y la electricidad todavía me parece algo mágico que no alcanzo a entender del todo. Sin embargo, poniendo un poco de lógica y sentido común fui aprendiendo a crear conexiones.

Luego de construida, desde mi improvisada consola podía seleccionar los parlantes por donde quería escuchar mis discos y mis casetes; podía encender la lámpara de la mesa de noche o del techo. Incluso podía manejar el volumen de mi radio y distribuir su audio a donde quisiera.

Obviamente, mi cuarto tenía cables por todos lados, ordenados, pero a la vista. Debido a eso, mis amigos vecinos me pusieron el apodo de “Tito Cables”.

Quienes entraban a mi cuarto siempre me veían pegando cables y desarmando equipos…

Más adelante comencé a realizar algunos experimentos con mis dos grabadoras de casetes. Al estudiarlas de cerca veía que, en general contaban con 2 o tres cabezales: cuando pasaba la cinta por ellos, el primero borraba lo que estuviera grabado allí, el segundo grababa y el tercero reproducía. Aclaro que la mayoría solo tenía una cabeza borradora y otra que grababa y también reproducía al mismo tiempo.

Aunque había visitado un par de emisoras, nunca me había detenido a mirar los equipos que usaban, así que no entendía cómo hacían para que no hubiera silencios o baches entre canción y canción y, lo más importante, cómo hacían para que el locutor pudiera hablar encima de las canciones.

Mis experimentos me llevaron a tapar con cinta pegante (cinta scotch) el cabezal borrador. De esta forma, yo podía grabar encima de las canciones que estaban en la cinta sin borrarlas. También así, comenzaba a grabar la siguiente canción 1 o 2 segundos antes de que comenzara la siguiente, pero también podía poner mi voz encima de la música, aunque la calidad no era la mejor.

Aquí se ven, de derecha a izquierda, el cabezal borrador y luego la cabeza grabadora/reporductora.

Más tarde aprendí a conectar mis dos caseteras con el tocadiscos y el micrófono de forma que pudiera trabajar como lo hacían las emisoras, sin saber que para ello se necesitaba de una consola mezcladora, lo que facilitaría todo el trabajo.

El caso es que, de esta manera, comencé a grabar algunos programas de prueba y se los mostraba a mis amigos. No me interesaba la locución. Me interesaba el proceso, la técnica, aprender a conectar todos estos equipos para conseguir un producto final: un programa de radio.

La construcción de la emisora

Justamente uno de mis vecinos, Juan Felipe Ramírez, al ver mi interés en todo ese manejo del audio me visita y me dice que en un curso de electrónica que está llevando en una academia del centro de Medellín, le pidieron que realizara un proyecto.

Juan Felipe tenía un libro de proyectos de Mecánica Popular, una revista estadounidense fundada en 1902 enfocada en ciencia, tecnología, mecánica y bricolaje y que publicaba artículos, guías prácticas y reseñas sobre innovaciones, herramientas y proyectos técnicos para entusiastas y profesionales.

En ese libro había un proyecto para construir un transmisor de radio de AM de corto alcance.

Él sabe que, además de jugar con cables y conexiones, a mí me gusta la música. Además, se ha dado cuenta de los programas que hago y me invita a participar en su proyecto.

Yo, ni corto ni perezoso, le digo que sí de inmediato.

Me muestra el proyecto, veo los planos y le digo que no entiendo nada. Allí, además del esquema, veo una cantidad de símbolos que representan conexiones, resistencias, condensadores, capacitores, bobinas y tubos al vacío. Sí, hace 50 años todavía se usaban bulbos, ya que los transistores todavía eran una novedad para nosotros.

En principio, le sugiero a mi vecino que pintemos el diagrama en una tabla de tríplex (aglomerado de madera) y que vayamos poniendo todos los elementos allí tal como aparecen en los planos.

Él se ríe por mi candidez y me explica que esa no es la forma de hacerlo. Que realmente necesitamos conseguir un bastidor de metal donde instalar todos los elementos.

En mi casa había una vieja grabadora de carrete abierto (open reel) que usaba cinta magnetofónica. Se la habían dado a mi papá como premio por sus ventas en una convención de la empresa en México.

El motor lo habíamos quemado y ya no funcionaba. Juan Felipe me pide que la abra. Luego de un vistazo rápido me dice: “ese chasis nos sirve para el proyecto”. Entonces, sin pedir permiso ni preguntarle a nadie, la desarmamos, retiramos todos los elementos que había en su interior y sacamos el chasis, que nos servirá de bastidor para montar allí la emisora.

Pero había que comprar los elementos. Esa tarea era fácil: no solo eran muy baratos, sino que el bus que usábamos para ir desde Envigado al centro de Medellín nos dejaba justo en la calle Maturín con Junín, donde había un par de tiendas de electrónica que tenían todo lo que necesitábamos.

Luego de comprar los cables, resistencias, condensadores y los dos tubos, un 12AX7 y un 50C5, nos sentamos a armar la emisora en mi cuarto. Ese proceso nos llevó un par de días.

Una vez construida la estación, pusimos una antena en el jardín de mi casa: un cable de antena cuyas puntas estaban amarradas a dos guaduas, que es como llamamos en Colombia al bambú.

Encendimos la emisora y, para hacer las primeras pruebas, conectamos mi tornamesa con un disco del grupo británico Electric Light Orchestra llamado “El Dorado” y que tenía la particularidad de que todas sus canciones estaban ligadas, es decir, no había silencios entre cortes y corte.

De esta forma salimos por el barrio muy felices a mostrarles a nuestros vecinos nuestra emisora y a invitarlos a escucharla.

Pero seguíamos con el problema de los silencios entre canciones. Por el momento solo contábamos con una tornamesa y no habíamos habilitado un micrófono. Entonces se me ocurrió que podríamos transmitir esos programas de prueba que yo había grabado en casetes de 90 minutos.

Uno de mis vecinos era Donnie Miranda. Él tenía una buena colección de música. Había estudiado en Escocia y había regresado al país hacía poco.

Además, su papá viajaba de manera permanente a los Estados Unidos y Donnie, al estudiar en un colegio bilingüe, el Columbus School, tenía varios amigos y compañeros que le prestaban sus discos.

Por esta razón, además de que era mi mejor amigo, le pedí que se involucrara en la emisora, y aceptó de inmediato.

Juan Felipe estaba más interesado en la electrónica y en llevar su proyecto para obtener una buena calificación. Recuerdo que tenía una buena voz, pero no sabía manejarla ni mostraba mucho interés en ello, así que, a los pocos días abandonó la idea y me dejó la emisora.

En cambio, Donnie se entusiasmó mucho con la estación, que hasta ese momento no tenía nombre. Donnie me dice: “Tito, tú cumples años a finales de junio y yo a mediados de julio, así que los dos somos del signo cáncer. Ese sería un buen nombre para la emisora…”, y así nació Radio Cáncer.

Radio Cáncer

Nuestra emisora tenía muy mal sonido y poco alcance. Solo abarcaba un par de cuadras a la redonda. Pero a partir de ese momento ya nos había picado el bichito de la radio. Ese bicho que inocula una bacteria que es imposible de eliminar.

De esta forma, comenzamos a grabar programas en mi estudio improvisado. Al programa le pusimos el nombre de “Máxima Nota”, un juego de palabras que no solo se refería a una buena calificación o a la parte musical (nota), sino que, por esos días, cuando a alguien algo le parecía muy bueno decía que era “una nota”.

Cada programa duraba 90 minutos, ya que los grabábamos en casetes de esa duración. Y para grabarlos nos gastábamos, fácilmente uno o dos días. Sí, ¡dos días para un programa de 90 minutos!

Claro, es que todo lo hacíamos de una manera muy artesanal, ya que no teníamos ni idea de cómo funcionaba una emisora de verdad.

Y aparece Emisoras El Poblado

Ya estamos en agosto. Ha pasado más de un mes trabajando en el proyecto y tenemos la emisora al aire con un horario intermitente. Al fin y al cabo, yo ya había entrado a mi segundo semestre de administración de empresas.

En medio de esa fiebre por hacer radio, llega Donnie un par de días después y me dice que hay una emisora nueva en el dial. Está en los 1.560 kilohercios y tocan éxitos en inglés y español y una que otra pieza instrumental.

Era una nueva propuesta que se abría camino entre nuestras emisoras favoritas: Radio Disco, Radio Ritmos y La Voz de la Música, todas ellas vecinas de esta nueva estación que se llamaba Emisoras El Poblado.

Donnie, que es muy pragmático y le gusta ir directo al grano, me dice: “Oye, ¿y si llevamos uno de nuestros programas a esa emisora? ¡Seguro que les va a gustar!”

Yo, por el contrario, siempre he sido muy tímido y me niego. Me da vergüenza, porque soy consciente de la cantidad de errores de producción que hemos cometido. Al fin y al cabo, ni sabíamos de radio ni teníamos las herramientas para hacerla bien.

Y eso me preocupaba porque yo era muy buen escucha de radio, que me acompañaba a toda hora.

Pero el entusiasmo de Donnie pudo más.

De esa forma, una mañana a inicios de septiembre de 1975, nos fuimos a la emisora, ubicada en la calle 8 de El Poblado. Tocamos la puerta y salió el operador de la emisora, que no tenía locución ni programas. Solo transmitía música entre las 6 AM y las 12 de la noche.

El operador, medio escondido detrás de la puerta, nos dice que el gerente no está, pero que si queremos le dejamos el casete con el programa y nuestros datos de contacto, y que seguramente nos responderían más tarde.

Ese momento en el que se abren las puertas de la radio…

Es muy probable que en ese primer programa hubieran sonado canciones como “I’m not in love” de 10 CC, “Jive Talkin’” de los Bee Gees, “Please Mr. Please” de Olivia Newton-John, “Baby, I’m-a want you” de Bread, “At seventeen” de Janis Ian, “Ballroom Blitz” de Sweet, “Get down tonight” de KC and the Sunshine band, “Bella sin alma” de Ricardo Cocciante, “La barca” de Emilio José y “Caballo negro” de Manolo Sanlúcar, entre muchas otras.

Bueno, y “The Hustle” de Van McCoy, cuyo disco sencillo traía al reverso el tema «Hey Girl, Come and Get It», que usamos como música de fondo para identificar el programa.

Y así fue. En horas de la tarde, Carlos Gómez, gerente de Emisoras El Poblado nos llamó y nos dijo que le había encantado el programa y que le había gustado tanto que esa misma noche lo pasaría al aire.

No lo podíamos creer. Donnie le contó a su novia, que vivía en el centro de Medellín, y ella nos invitó a escuchar la transmisión del programa a su casa.

De esa forma, esa noche de septiembre, hace 50 años, pudimos escuchar al aire nuestro primer programa de radio. De esa forma alcanzamos nuestra “máxima nota”, luego de tanto esfuerzo.

Fue un momento inolvidable para nosotros. A mí se me subieron los colores. Era una mezcla de satisfacción y vergüenza de escucharme al aire, pero también un momento de celebración.

Y, de esa manera, Donnie y yo comenzamos a presentar “Máxima Nota” tres veces a la semana, al principio con programas grabados, pero luego en vivo, lo que facilitaba mucho las cosas.

Conclusión

No duramos mucho tiempo allí. Probablemente en diciembre ya nos habíamos salido de la emisora y comenzamos a buscar oportunidades en otras frecuencias.

Por su parte, Emisoras El Poblado se quedó con el programa, con el nombre y el concepto, lo que demuestra que, de alguna manera, les dejamos nuestro legado.

Pero lo mejor es que así comenzó una pasión que, con el tiempo, se ha vuelto cada vez más poderosa. Si algo me ha enseñado la radio en estos 50 años, es que no es solo un oficio ni un trabajo: es un bichito maravilloso que, una vez que entra en la sangre, nunca se va.

¡Gracias, radio, por estos fantásticos 50 años!

 

NOTA: El próximo 21 de octubre, el nuevo Museo del Rock de Medellín nos hará una celebración de estos 50 años de radio. Esperamos conversar con todos ustedes, contar historias y anécdotas divertidas y curiosas de nuestro paso por la radio. Allí los esperamos. La entrada es libre.

ACERCA DEL AUTOR
Tito López hace radio desde 1975 y ha creado formatos radiofónicos exitosos en Colombia, Portugal, Chile, Panamá y Costa Rica.
Es coach de talentos, intérprete de investigaciones de audiencia, productor, blogger, libretista y conductor de programas de radio.
Lo puede seguir en Facebook como Oscar.Tito.Lopez y en Twitter como oscartitolopez.
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