A inicios de 1978 entré a trabajar en una emisora de Medellín llamada La Voz del Cine. Mi amigo Donnie Miranda y yo tuvimos así nuestro primer trabajo pagado, pero lo más curioso es que fuimos nombrados codirectores de la emisora.
Y uno de nuestros primeros retos fue el de preparar una programación especial para la Semana Santa.
A pesar de que convencimos a los dueños de la emisora de que éramos unos expertos en radio, lo cierto es que nuestra única experiencia había sido la realización de algunos programas musicales esporádicos y lo que habíamos escuchado durante nuestra corta vida, porque teníamos menos de 25 años.
Lo primero que hicimos fue tratar de averiguar con algunos compañeros y colegas de radio qué acostumbraban a hacer durante esos días sacros y, como era de esperarse, la mayoría de sus instrucciones venían de una tradición no escrita que hablaba de programaciones y reglamentos inventados años atrás y que, al final, todos terminaron asumiendo como si fueran obligaciones o leyes de radiodifusión.
Por eso, durante nuestra primera Semana Santa como codirectores disfrutamos de unos días de descanso, porque existía la costumbre, en algunas emisoras, de apagar sus transmisores durante esos días.
Sin embargo, un año después, le pedimos al gerente que dejara el transmisor encendido e hicimos una transmisión especial de solo baladas en inglés.
Aunque no lo crean, esto dio de qué hablar, no solo por no tocar música sacra, sino por tocar canciones en otro idioma, lo que muchos consideraron demasiado arriesgado, ofensivo y hasta pecaminoso.
Pero lo más curioso es que al año siguiente, ya entrando a los 80, otras emisoras comenzaron a hacer lo mismo, pero en nuestro caso simplemente dejamos la programación normal, sin importar si había canciones de rock, bailables o de cualquier género.
Pero no fue fácil. Afortunadamente para nosotros, las directivas de la empresa estaban más preocupadas por las transmisiones de Radio Popular, que hacía parte del consorcio y que tenía grandes intereses políticos, así que nadie nos puso problemas en crear esa disrupción.
Pero no era lo mismo para los demás. Las creencias populares de la época, que la radio ayudaba a difundir y reforzar, establecían una serie de prohibiciones estrictas que afectaban tanto a los oyentes como a los trabajadores del medio.
Primero que todo, debemos recordar que la radio acompañaba el temor ciudadano a realizar actividades cotidianas en sus casas: se creía que quienes se bañaban en los ríos durante el Viernes Santo podían transformarse en peces, o que aquellos que mantenían relaciones sexuales se quedarían pegados para el resto de sus vidas.
Apenas arrancaba la semana, en muchas casas comenzaban los pequeños rituales domésticos que hoy parecen curiosos o incluso chistosos para algunos. Había familias que bajaban el volumen de la risa, guardaban los discos “alegres”, tapaban los espejos, caminaban con más cuidado y repetían una larga lista de advertencias que pasaban de abuelas a madres y de madres a hijos: que no se debía barrer el Viernes Santo, que nose podían bañar, que no convenía clavar nada, que no era día para cantar, bailar o poner música “de parranda”.
Y la radio, en lugar de cuestionar estos mitos, los integraba en sus crónicas y relatos como advertencias morales.
Bajo la estricta vigilancia del Ministerio de Comunicaciones y la influencia directa de la jerarquía eclesiástica, las emisoras nacionales y regionales operaban bajo unas reglas no escritas que dictaban la suspensión de cualquier contenido considerado profano o mundano.
Por ejemplo, se consideraba un pecado grave que un locutor utilizara un tono de voz animado o humorístico; por el contrario, debían adoptar una cadencia monótona y lúgubre, conocida coloquialmente como «voz de cementerio».
Además, estaba terminantemente prohibido poner música tropical, bailable o incluso romántica «demasiado alegre». Las discotecas de las emisoras desempolvaban los vinilos de Bach, Handel, Mozart (especialmente el Réquiem) y el Stabat Mater de Rossini.
Incluso existía la creencia entre los operadores de radio de que, si por error se filtraba un compás de música «profana», el transmisor se quemaría o la aguja del tocadiscos se saltaría por intervención divina.
Tal vez por todo esto, muchas personas poco cultas terminaron llamando a la música clásica “Música de Semana Santa” o “Música de Funeral”.
Por su parte, las cadenas de radio hablada abandonaban su función informativa y recreativa habitual para convertirse en una especie de órganos oficiales de la liturgia católica.
Los días Jueves y Viernes Santo, en vez de la rutina habitual, entraban misas, sermones, marchas fúnebres, comentarios litúrgicos, especiales de música sacra, relatos de la Pasión y transmisiones desde templos o procesiones.
Muchas emisoras musicales, durante esos días, bajaban ‘revoluciones’ de manera drástica. Otras parecían convertirse por un rato en estaciones culturales. Algunas apagaban sus transmisores entre jueves y sábado, como La Voz del Cine en sus inicios, volviendo a salir al aire el Domingo de Resurrección.
Y es que el cambio en la programación comenzaba generalmente el Domingo de Ramos, pero alcanzaba su punto de máxima rigurosidad a partir del mediodía del Jueves Santo.
El Jueves Santo, algunas emisoras transmitían en vivo desde las iglesias ritos como el de la Misa de la Cena del Señor, en la que ocurre el Lavatorio de pies, un acto de humildad que recrea el gesto de Jesús con sus apóstoles.
Al terminar la misa, se realiza el Traslado del Santísimo Sacramento a un altar especial llamado Monumento, lo que daba inicio a la tradición popular de la Visita a los Siete Monumentos, un recorrido de oración que las familias solían hacer por diferentes templos de la ciudad, y la radio estaba allí.
Pero el evento central de la radiodifusión era la transmisión en directo del Sermón de las Siete Palabras. Esta emisión, que se realizaba el Viernes Santo, congregaba a la mayor audiencia del año, superando incluso a los eventos deportivos.
Las familias se reunían en torno al receptor, a menudo cubierto con mantos morados, para escuchar las reflexiones de los oradores sagrados más destacados del país.
El Sermón de las Siete Palabras se hace el Viernes Santo y consiste en tomar las siete frases finales que, según los Evangelios, pronunció Jesús en la cruz, una por una, y convertir cada una en una meditación o breve prédica.
Tradicionalmente, este sermón está ligado a la franja horaria en que la piedad cristiana sitúa a Jesús en la cruz, de mediodía a las tres de la tarde, hora en la que la tradición cristiana ubica la muerte de Jesús. Por eso en muchos lugares también se conoce como el “Sermón de las Tres Horas”.
En cuanto a los temas, las reflexiones parten de cada una de las siete frases, pero casi nunca se quedan en una explicación puramente bíblica. Más bien, cada ‘palabra’ o frase sirve de inspiración para hablar de los problemas que aquejan al país, y por eso se acostumbraba a pedir a altos prelados a que dieran sus discursos basados en esas ‘7 Palabras’.
En Colombia, por ejemplo, los obispos han usado este sermón para hablar de perdón, víctimas, paz, corrupción, aborto, eutanasia, consumismo, cuidado de la “casa común”, jóvenes, pobreza, migración y heridas del país. Incluso en 2005, en la transmisión de Caracol, aparecieron llamados relacionados con terrorismo, narcotráfico, corrupción, secuestro, diálogo y reconciliación.
Pero no siempre lo leen solo clérigos o prelados de la iglesia. Se llegó a invitar a grandes personalidades de la vida nacional como políticos, candidatos y dirigentes reconocidos.
Y esos sermones ocupaban gran parte de la tarde del Viernes Santo en las diferentes emisoras que los transmitían.
En cuanto las transmisiones de radio, los reporteros debían narrar con extrema minuciosidad el ambiente, los olores del incienso y el sonido de las cadenas de los nazarenos, compensando con la palabra la ausencia de imágenes en una nación que aún no conocía la televisión masiva o donde esta todavía no llegaba a todas las regiones.
Pero esto no solo se daba en Colombia. En el ámbito internacional, esta rigidez radial presentaba matices curiosos.
Por ejemplo, en la España de la dictadura franquista, la censura llegaba al punto de prohibir comerciales de productos considerados frívolos, permitiendo únicamente publicidad de artículos relacionados con la fe o de primera necesidad, siempre con un tono de respeto absoluto.
Por su parte, en Filipinas, la radio se distinguía por un realismo sonoro que incluía la transmisión de los sonidos reales de las flagelaciones y crucifixiones simbólicas que se llevaban a cabo en las aldeas, proporcionando una experiencia auditiva mucho más visceral que la sobriedad colombiana.
Pero la radio no solo ha celebrado la Semana Santa en Colombia, España y Filipinas. Si echamos un vistazo al resto del continente, la radio no se quedaba atrás en eso de ponerse el cilicio sonoro, y cada país le imprimía su propio sello de misticismo y, a veces, de dramatismo extremo. En México, por ejemplo, la radio se convertía en el escenario de un teatro invisible monumental. Mientras en las calles de Iztapalapa se llevaba a cabo la representación física del viacrucis, las emisoras nacionales transmitían versiones radiofónicas de la Pasión de Cristo con una producción de efectos de sonido que hoy envidiaría cualquier estudio de Hollywood: el sonido de los martillazos sobre los clavos y el crujir de la madera se escuchaban con tal nitidez que los oyentes terminaban el Viernes Santo con el alma en un hilo. Era una especie de «cine para el oído» donde el suspenso no era por el final, que todos conocían, sino por ver qué tan real se sentía el sufrimiento a través del parlante.
En Argentina, el fenómeno era un poco más sobrio, pero igual de contundente. Existía la famosa «Cadena de la Amistad», que durante esos días se transformaba prácticamente en una cadena de oración.
Muchas emisoras de Buenos Aires y el interior del país optaban por el silencio absoluto o por la música clásica más melancólica disponible, pero con una particularidad técnica curiosa: el uso del «pito de aire» o señales horarias que, en lugar de sonar alegres, se emitían con un tono más bajo y pausado.
En las provincias más tradicionales, se decía que, si un operador de radio ponía un tango «arrabalero» un Viernes Santo, la voz del cantante se escucharía distorsionada como si viniera del infierno, una creencia que mantenía a los técnicos muy juiciosos con sus carpetas de música sacra.
Por su parte, en Ecuador, la radio de Quito se lucía describiendo un rito que es único en el mundo: el Arrastre de Caudas. Este es un evento fúnebre de origen romano que se celebra en la Catedral, y los locutores de la época hacían verdaderos malabares de locución para describir el sonido de las pesadas capas negras de los canónigos arrastrándose por el suelo de piedra.
Para el oyente que estaba lejos de la capital, la radio era la única forma de participar en ese ambiente de oscuridad y capas ondeantes que parecían murciélagos gigantes, creando una atmósfera de misterio que mantenía a todo el país pegado al receptor en un silencio casi hipnótico.
En Guatemala, la radio se enfocaba en lo sensorial de una manera fascinante. Como las procesiones sobre alfombras de aserrín son el corazón de su Semana Santa, los reporteros radiales se esforzaban por describir no solo lo que veían, sino el olor que llegaba a sus micrófonos.
Narraban el aroma del incienso mezclado con el corozo, una fruta cítrica típica de la época, logrando que la gente en sus casas sintiera que el aire de la habitación cambiaba.
Al igual que en Colombia, existía esa regla implícita de que la radio debía «morir» un poco cada Viernes Santo, y en muchos de estos países, las pautas publicitarias de gaseosas o productos de fiesta desaparecían por completo, reemplazadas por anuncios de servicios fúnebres o simplemente por un silencio respetuoso que recordaba que, en ese entonces, el dial era el reflejo exacto del espíritu de un continente que se detenía para reflexionar.
Y llegó el cambio
Con el paso de las décadas y la llegada de la modernización legislativa en los años 70 y 80, estas prácticas comenzaron a diluirse. La radio evolucionó hacia un modelo de servicio público y entretenimiento, dando paso a lo que actualmente se conoce como el «plan éxodo», donde el enfoque principal es la información vial y el reporte del estado de las carreteras para los viajeros.
Aunque algunas emisoras mantienen espacios de reflexión o música clásica, el carácter religioso de la radio ha desaparecido casi por completo.
Lo que a mediados del siglo pasado fue un medio para el recogimiento y el temor cristiano, se ha transformado más bien en una herramienta logística para el turismo y el descanso, marcando el fin de una era donde el dial era el termómetro moral de la sociedad.
Conclusión
Visto desde hoy, muchas de esas costumbres pueden parecer excesivas, ingenuas o simplemente pintorescas. Esa idea de que no se debía barrer, ni cantar, ni prender música bailable, ni clavar un cuadro, ni meterse a un río, tiene algo de país antiguo.
Pero justamente ahí está el valor de recordarlo. Porque la radio no estaba por fuera de ese país antiguo, sino que hacía parte de él.
Por eso, más que preguntarnos si antes era mejor o si ahora simplemente hemos cambiado de actitud, quizá valga la pena reconocer algo más sencillo: durante buena parte del siglo pasado, la Semana Santa no solo cambiaba las costumbres de la gente común, sino que cambiaba la voz de la radio.

Tito López hace radio desde 1975 y ha creado formatos radiofónicos exitosos en Colombia, Portugal, Chile, Panamá y Costa Rica.
Es coach de talentos, intérprete de investigaciones de audiencia, productor, blogger, libretista y conductor de programas de radio.
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