¿Su emisora juega a la defensiva?

En la radio, hoy más que nunca, hay que estar sorprendiendo al oyente a todo momento. Eso es lo que hacen perfectamente, por ejemplo, las redes sociales y las plataformas de videos por streaming.

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¿Le da miedo arriesgar? ¿Teme equivocarse? ¿Prefiere dejar todo como está?

No soy experto en fútbol. Quienes me conocen saben que no soy de los que se sientan cada domingo a ver partidos, ni de los que se saben de memoria las alineaciones, los esquemas o las estadísticas de cada selección, pero hay momentos del fútbol que se quedan grabados incluso en quienes no somos aficionados. Y eso es lo que me pasa con ese partido de Colombia contra Brasil en el Mundial de 2014.

Colombia venía haciendo un torneo maravilloso, con alegría, confianza, goles y una sensación de frescura que contagiaba incluso a quienes no seguíamos demasiado el fútbol. James Rodríguez estaba en un momento brillante, el equipo parecía suelto, la gente estaba emocionada y, por primera vez en mucho tiempo, muchos colombianos sentimos que la Selección no estaba simplemente participando en un Mundial, sino que podía hacer algo grande.

Pero llegó Brasil.

Y no era cualquier rival. Era Brasil, en Brasil, con todo lo que eso significaba: la camiseta amarilla, el estadio lleno, la presión del local, la historia, el nombre y ese peso emocional que tienen ciertos equipos antes de tocar la pelota.

No voy a entrar en análisis futboleros porque no me corresponde, ni me interesa posar de comentarista deportivo, pero como simple espectador recuerdo una sensación muy clara: Colombia no salió con la misma soltura de los partidos anteriores. Parecía más cuidadosa, más contenida, más pendiente de no cometer un error que de imponer esa alegría que la había llevado hasta los cuartos de final.

Brasil golpeó primero. Luego volvió a golpear. Cuando Colombia por fin se soltó, cuando pareció recordar que también tenía con qué hacer daño, ya estaba dos goles abajo. El descuento de James llegó tarde y el partido terminó 2-1. Colombia quedó eliminada, no porque no tuviera talento, ni porque no hubiera hecho un gran Mundial, sino porque esa noche dejó la sensación de haberse atrevido demasiado tarde.

Ese es el problema de jugar a la defensiva, a no arriesgar.

Y ahora que se acerca un nuevo Mundial, ese recuerdo me lleva a una reflexión que no tiene tanto que ver con fútbol, sino con radio.

¿Cuántas emisoras están haciendo exactamente lo mismo? ¿Cuántas tienen talento, historia, marca, audiencia, buenos recursos, buena cobertura y, aun así, salen todos los días al aire como si estuvieran cuidando un resultado viejo?

El problema es que muchas emisoras no salen a ganar. Salen temerosas, a no equivocarse, y esa diferencia, aunque parezca pequeña, puede terminar siendo enorme.

Una emisora que juega a ganar se nota desde el primer momento. Tiene vida, intención y una personalidad clara. Sus locutores parecen saber a quién le hablan, la música no suena puesta al azar, las promociones tienen algún encanto y los contenidos no parecen sacados de la primera página que apareció en internet.

Hay una idea detrás de lo que se hace.

En cambio, una emisora que juega a no perder también se nota, aunque a veces sus propios directivos no quieran verlo. Suena bien, pero sin emoción, sin sorprender, conectarse realmente con su audiencia.

Repite fórmulas que alguna vez funcionaron, conserva secciones por costumbre, mantiene voces solo por antigüedad y confunde estabilidad con falta de movimiento.

En el fútbol, un equipo puede echarse atrás porque tiene una estrategia clara. Puede esperar, aguantar un momento difícil y después salir a buscar el partido. Eso es válido, pero otra cosa muy distinta es jugar encogido por miedo al rival.

En la radio pasa igual. Una emisora puede ser prudente, cuidar su identidad, respetar su historia y no dejarse llevar por cada moda nueva que aparece en redes sociales. Eso está bien. De hecho, es necesario.

Pero una cosa es ser prudente y otra muy diferente es vivir paralizado.

En estos días escuchaba un Morning Show. La producción, impecable. Los contenidos, interesantes y amenos. La música, entretenida, pero nada me sorprendió. Era el mismo programa de ayer, de antier, de la semana pasada, de hace un mes.

En pocas palabras, si no lo hubiese escuchado ese día, no me habría perdido de nada.

En la radio, hoy más que nunca, hay que estar sorprendiendo al oyente a todo momento. Eso es lo que hacen perfectamente, por ejemplo, las redes sociales y las plataformas de videos por streaming.

En esas plataformas la gente se la pasa ‘escroleando’, pasando con el dedo una publicación tras otra hasta que algo le sorprende, le llama la atención y se queda. Siempre está pasando algo. Siempre hay algo nuevo que ver.

Y así tiene que ser un programa hoy en día. Y no solo el programa: también la emisora, ya sea por su música, por sus locutores, por los contenidos que entrega o por la forma de interactuar con los oyentes.

Y lo que pasa es que muchas emisoras se paralizan sin darse cuenta. Primero dicen que no conviene tocar esa franja porque el locutor lleva muchos años. Luego prefieren no revisar la música porque “siempre ha funcionado así”. Después aplazan una promoción diferente porque puede salir mal. Más tarde descartan una investigación porque creen conocer de sobra al público. Y, cuando alguien propone entrar en serio al mundo digital, aparece la frase de siempre: “Eso no da plata”.

Así pasan los meses, luego los años, y la emisora sigue sonando, pero cada vez con menos fuerza, y ese es el verdadero riesgo.

Una emisora puede mantenerse al aire durante mucho tiempo sin que parezca que algo grave está pasando, pero por debajo puede estar ocurriendo algo muy delicado: la marca deja de ser tema de conversación, los jóvenes no la sienten cercana, las promociones no despiertan curiosidad, los contenidos se vuelven previsibles y la emisora se va convirtiendo poco a poco en una costumbre de otros tiempos.

Eso es jugar a no perder. A no arriesgarse por temor. A defenderse, en lugar de atacar.

Por eso, la pregunta para un director de programación no debería ser solamente cómo hacer para no perder audiencia, sino qué hacer para que la emisora vuelva a ser necesaria.

Y esa es la palabra clave: necesaria.

Una emisora necesaria no es simplemente la que suena de fondo. Es la que acompaña de verdad, la que siempre está haciendo cosas que llamen la atención. Es las que crea esa sensación de que “no me puedo perder el programa de mañana”.

Es esa emisora que me hace quedarme sentado en el carro y no me puedo bajar por estar escuchando algo que me llama la atención, aunque llegue tarde a la cita.

Es más, y lo más posible es que cuando por fin llegue a esa reunión tenga que disculparme y explicar por qué, lo que hará que todos empiecen a hablar de ese tema y, por supuesto, de esa emisora o programa.

¿Cómo juega una emisora a la ofensiva?

Una emisora que juega a la ofensiva no es la que hace más ruido, regala más premios, cambia de imagen cada seis meses, ni la que se llena de frases motivacionales en sus reuniones de programación.

Jugar a la ofensiva significa tomar la iniciativa antes de que el mercado lo obligue. Significa mirar de frente a la audiencia, a la competencia, a la tecnología y a los propios errores, y actuar cuando todavía hay tiempo.

Y, a continuación, le presento 10 formas concretas de hacerlo:

  1. Tener una idea clara de lo que la emisora quiere ser.

Una emisora que juega a la ofensiva no se conforma con “poner buena música”, “dar noticias” o “acompañar al oyente”, porque eso lo prometen todas. Necesita saber qué la hace distinta, qué lugar quiere ocupar en la vida de la gente y por qué alguien debería escogerla frente a tantas opciones de audio.

Cuando esa idea no está clara, cada locutor habla en un tono distinto, las promociones parecen sueltas, la música se programa por costumbre y la emisora termina sonando como una suma de piezas sin personalidad.

  1. Escuchar la emisora como oyente, no como jefe.

Muchos directores escuchan su emisora solo para saber si salió la pauta, si hubo errores técnicos o si el locutor cumplió con lo que debía decir. Eso es importante, pero no basta. Hay que escucharla como la escucha la gente: en el carro, en la cocina, en la oficina, en una tienda o mientras hace otra cosa.

La pregunta incómoda es sencilla: si usted no trabajara ahí, ¿se quedaría escuchándola? Esa respuesta puede mostrar más que muchas reuniones.

  1. Dejar de programar para el recuerdo.

La historia de una emisora es valiosa, pero no puede convertirse en una cárcel. Hay marcas muy queridas que siguen viviendo de lo que fueron, como si el oyente actual tuviera la obligación de seguir escuchándolas por gratitud.

Una emisora ofensiva respeta su pasado, pero no se queda atrapada en él. Actualiza su lenguaje, revisa su música, renueva sus secciones y se pregunta si todavía le habla al público de hoy o si sigue conversando con un oyente que ya cambió.

  1. Convertir al talento en una verdadera ventaja competitiva.

La música está en todas partes, las noticias también, y los datos curiosos se encuentran en segundos en internet. Lo que no se copia tan fácilmente es una personalidad auténtica, cercana y bien preparada.

Por eso, una emisora que juega a ganar no deja al talento abandonado frente al micrófono. Lo entrena, lo corrige, lo reta, lo acompaña y le exige algo más que decir la hora, presentar canciones o leer mensajes. El talento debe ser una razón para quedarse, no una simple voz entre dos canciones.

  1. Volver a la calle.

La radio pierde fuerza cuando se encierra en la cabina y empieza a alimentarse solo de internet, comunicados, tendencias copiadas y frases sacadas de redes sociales. Una emisora ofensiva vuelve a mirar la ciudad, los barrios, los comercios, los colegios, las oficinas, los taxis, los mercados, los conciertos, los problemas cotidianos y las conversaciones reales de la gente.

Ahí está buena parte del contenido que ninguna plataforma global puede reemplazar. La calle sigue siendo una fuente maravillosa, pero hay que salir a buscarla.

  1. Usar los datos sin perder el olfato.

Los resultados de audiencia, las métricas digitales, los reportes de streaming y las interacciones en redes son herramientas indispensables. Ignorarlos sería un error. Pero una emisora no puede entregar toda su intuición a una hoja de cálculo.

Los datos pueden mostrar qué pasó, pero no siempre explican por qué la emisora dejó de sentirse cercana, entretenida o necesaria. El buen director combina medición con oficio, números con sensibilidad, investigación con oído y estadísticas con calle.

  1. Hacer promociones que generen conversación.

Muchas promociones de radio se han vuelto mecánicas: llame, mande un mensaje, diga una clave y participe por un premio. Eso puede funcionar, pero no siempre construye marca.

Una emisora ofensiva busca promociones que la gente entienda rápido, que tengan gracia, que se puedan comentar, que conecten con una emoción o con una situación real del público.

A veces no se necesita el premio más grande, sino una idea sencilla, bien contada y bien ejecutada.

  1. Dejar de tratar lo digital como una simple herramienta de promoción.

Subir una foto del locutor, publicar el afiche de una promoción o repetir una noticia en redes no es una estrategia digital. Es apenas presencia básica.

Una emisora ofensiva entiende que un buen contenido al aire puede tener varias vidas: un fragmento de entrevista puede volverse video corto, una historia puede convertirse en publicación, una ocurrencia del programa de la mañana puede circular en redes y una promoción puede extenderse a WhatsApp, streaming y presencia en la calle.

Lo digital no debería ser un adorno, sino una ampliación natural de la marca.

  1. Revisar el lenguaje de la emisora.

A veces una estación envejece no por su música, sino por la forma como habla. Saludos automáticos, frases gastadas, promociones llenas de lugares comunes, locutores que parecen leer un boletín de prensa y textos de imagen que suenan escritos hace veinte años pueden hacer que una marca pierda frescura sin darse cuenta.

Jugar a la ofensiva también implica hablar como habla la gente, sin vulgarizar la emisora, sin sonar desesperado por parecer joven y sin repetir fórmulas que ya no provocan nada.

  1. No esperar el golpe para reaccionar.

Muchas emisoras hacen cambios solo cuando ya perdieron audiencia, cuando la competencia les quitó una franja, cuando las ventas cayeron o cuando el público dejó de mencionarlas. Eso es reaccionar tarde.

Una emisora ofensiva se revisa incluso cuando todavía le va bien. Pregunta, prueba, ajusta, corrige y se incomoda un poco antes de que la crisis la obligue.

En radio, como en el fútbol, el peor momento para empezar a atacar es cuando ya se está dos goles abajo.

Conclusión

¿Su emisora está jugando a ganar o apenas está tratando de no perder?

Recuerde que una cosa es defender una posición con inteligencia y otra muy distinta es quedarse quieto por miedo. Y en una industria tan competida como la nuestra, quedarse quieto también es una forma de perder.

Y “perder no es ganar un poco”, como decía el técnico Maturana. Nadie quiere perder.

ACERCA DEL AUTOR
Tito López hace radio desde 1975 y ha creado formatos radiofónicos exitosos en Colombia, Portugal, Chile, Panamá y Costa Rica.
Es coach de talentos, intérprete de investigaciones de audiencia, productor, blogger, libretista y conductor de programas de radio.
Lo puede seguir en Facebook como Oscar.Tito.Lopez y en Twitter como oscartitolopez.
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