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Ahora que los discos de vinilo se han vuelto a poner de moda, quiero comenzar con una pregunta de trivia. ¿Alguna vez se ha preguntado cuántos surcos tiene realmente un disco? Y, de paso, cuál tiene más surcos: ¿uno de 33, uno de 45 o uno de 78?
Piénselo un momento. Más adelante le resuelvo esa duda. Antes, quiero refrescarle la memoria.
Si usted alguna vez tuvo un tocadiscos, seguramente recuerda un pequeño selector donde aparecían tres números: 33, 45 y 78. Uno ponía el disco, escogía la velocidad correspondiente y listo.

Pero ¿qué significaban realmente esos números? La explicación es muy sencilla. Indican cuántas vueltas completas da el disco durante un minuto.
Si ponemos un disco en 45, significa que durante un minuto dará 45 vueltas completas. Si seleccionamos 78, dará 78 vueltas. Y cuando hablamos de 33, en realidad son 33 vueltas y un tercio por minuto. Más adelante veremos por qué aparece esa fracción tan extraña.
A cada una de esas vueltas completas también se le llama una revolución. Por eso hablamos de revoluciones por minuto, o simplemente RPM. Así que 45 RPM no significa otra cosa que 45 vueltas completas del disco durante un minuto.
Hasta ahí, todo sencillo, pero ahora viene lo interesante. ¿Por qué precisamente 33, 45 y 78? ¿Por qué no 30, 50 y 80, que parecerían números mucho más normales? Y, sobre todo, ¿qué cambia realmente cuando hacemos que un disco gire más rápido o más despacio?
Para entenderlo tenemos que mirar algo que normalmente vemos, pero al que casi nunca prestamos atención. El surco.
Si usted mira un disco de cerca, probablemente tendrá la impresión de estar viendo decenas, cientos o incluso miles de círculos grabados uno al lado del otro. Y aquí podemos resolver la pregunta del comienzo.

¿Cuántos surcos tiene normalmente un disco? La respuesta es: Uno. Sí, un solo surco por cada cara.
En un disco común, eso que parece una enorme cantidad de círculos independientes es en realidad una sola línea continua. Comienza cerca del borde exterior y da vueltas y vueltas mientras se va acercando lentamente hacia el centro. Es una espiral.

Por eso, ante la pregunta de cuál tiene más surcos, uno de 33, uno de 45 o uno de 78, la respuesta es: ninguno. Normalmente los tres tienen uno solo por cada cara.
Y digo ‘normalmente’ porque ha habido ocasiones en las que se han manufacturado discos con doble surco. Por ejemplo, recuerdo que en 1979 recibimos desde Inglaterra el disco supersencillo (Maxi-single) de la canción “Pop Muzic” del grupo M.
Las primeras dos o tres veces que lo lancé al aire no sabía lo que estaba escuchando, hasta que caí en cuenta de que realmente había dos canciones diferentes en la misma cara del disco, y no había forma de saber cuál de las dos iba a sonar.
Una era la que mencioné, “Pop Muzik”, pero la otra se llamaba “M Factor”. Era uno de esos trucos de mercadeo usados por las disqueras para atraer al público que buscaba curiosidades, y claramente no estaba hecho para sonar en radio.

Y M no fue el único que usó ese truco. Varios artistas lo usaron para ofrecer versiones alternativas o experiencias interactivas a sus oyentes, entre ellos Tool, Kate Bush y Fine Young Cannibals.
De hecho, el caso reciente más famoso es Jack White con su disco “Lazaretto” (2014). Diseñó el llamado «Ultra LP», donde la intro de una canción tiene dos surcos paralelos: uno reproduce una introducción acústica y el otro una eléctrica, juntándose ambas en el surco principal a medida que avanza el tema.
Pero esas son solo excepciones. Como dije arriba, lo normal es que un disco traiga solo un surco por cada cara, y lo que cambia es la forma en que aprovechamos ese surco.
Y para entenderlo podemos imaginar algo muy sencillo. Piense en una carretera extremadamente larga que alguien hubiera enrollado formando una espiral. Eso es, de manera muy simplificada, un disco.
La aguja entra en esa carretera cerca del borde exterior y comienza a recorrerla hasta llegar cerca del centro. Pero esa carretera no es perfectamente lisa. Tiene unos baches u ondulaciones. Unas pequeñísimas variaciones grabadas en sus paredes.

Al recorrerlas, la aguja se mueve sobre ellas, ‘baila’ de un lado al otro, se mueve. Choca contra esas paredes y baches, y esos movimientos terminan convirtiéndose en una señal eléctrica y finalmente en el sonido que escuchamos por los parlantes.
Es decir, la música está físicamente grabada en esa diminuta carretera.
¿QUÉ PASA SI LA CARRETERA PASA MÁS RÁPIDO POR DEBAJO DEL CARRO?
Ahora imagine que la aguja de la tornamesa pasa por esa carretera. Si el disco gira rápidamente, durante cada segundo la aguja recorre mucho más espacio que si gira más despacio.
Y eso tiene una consecuencia importante: Cuando una mayor cantidad de surco pasa por debajo de la aguja durante un segundo, hay más espacio físico disponible para representar las pequeñas variaciones del sonido. Eso puede facilitar la reproducción de detalles, pero tiene un costo: La carretera se acaba antes.
Imagine que tenemos exactamente la misma carretera. Si la recorremos rápidamente, llegaremos pronto al final. Si avanzamos más despacio, podremos permanecer mucho más tiempo en ella.

Con un disco ocurre algo parecido. Hacerlo girar más rápido puede ofrecer ventajas para que suene mejor, pero consume el espacio disponible más rápidamente.
Por el contrario, si usted hace girar el disco más despacio, permite que quepa mucha más música, pero obliga a aprovechar el surco con mucha mayor precisión.
Y prácticamente toda la historia de las velocidades de los discos gira alrededor del equilibrio que logre entre esos tres factores: calidad, espacio y duración.
¿Y DE DÓNDE SALIERON LAS 78 VUELTAS?
Aquí aparece una pregunta que parece elemental: ¿por qué 78 vueltas por minuto? ¿Por qué no 70, 75, 80 o cualquier otro número más redondo?
La respuesta es curiosa porque, originalmente, 78 no fue escogido porque alguien hubiera descubierto que esa era la velocidad perfecta para escuchar música.
En los primeros años de los discos ni siquiera existía una velocidad universal. Había discos que giraban a 70 vueltas por minuto, otros a 75, a 80 y algunos incluso a velocidades bastante diferentes.
¿Y por qué había tanta variedad? Porque los primeros fonógrafos y gramófonos eran aparatos mecánicos. Muchos funcionaban dando cuerda a un resorte, y en los sistemas más antiguos la velocidad podía depender incluso de una manivela.

Todavía no existía un motor eléctrico que dijera: “Este disco tiene que girar exactamente a tantas vueltas por minuto”, así que cada fabricante fue desarrollando sus propios sistemas.
Con el tiempo, algunas velocidades comenzaron a repetirse con mayor frecuencia. La RCA Victor, uno de los fabricantes más importantes de la época, utilizaba una velocidad cercana a las 78 vueltas por minuto.
Otros fabricantes empleaban cifras ligeramente diferentes. Edison, por ejemplo, trabajó con discos que giraban aproximadamente a 80, pero Victor vendía una enorme cantidad de aparatos y discos, y aquí ocurrió algo que hemos visto muchas veces en la historia de la tecnología: cuando millones de personas comienzan a utilizar un mismo sistema, ese sistema termina convirtiéndose prácticamente en un estándar.
Así, poco a poco, la industria empezó a concentrarse alrededor de las 78 vueltas. Pero todavía faltaba algo para fijar esa velocidad con mucha mayor precisión.
LA ELECTRICIDAD TERMINÓ DE FIJAR EL 78
Cuando comenzaron a utilizarse motores eléctricos, mantener una velocidad constante se volvió mucho más sencillo. En países como Estados Unidos, la corriente eléctrica funciona a 60 ciclos por segundo, es decir, 60 hercios. Los motores podían aprovechar esa frecuencia para mantener una velocidad extremadamente estable.
Pero, naturalmente, el motor giraba muchísimo más rápido de lo que debía girar un disco, así que era necesario reducir su velocidad mediante engranajes, y determinadas combinaciones de motores y engranajes permitían obtener una velocidad muy cercana a las 78 vueltas por minuto.
De hecho, en sistemas eléctricos de 60 hercios, la velocidad que terminó utilizándose era aproximadamente de 78,26 vueltas por minuto. Es decir, ni siquiera eran exactamente 78.
Pero imagínese a alguien tratando de vender un tocadiscos anunciando: “Funciona a 78,26 revoluciones por minuto”. Era mucho más sencillo decir: 78.
Así que esa cifra que hoy parece tan específica no nació porque 78 tuviera alguna propiedad mágica para reproducir música, sino que fue el resultado de una evolución.
Primero, los aparatos mecánicos ya funcionaban aproximadamente dentro de ese rango. Después, fabricantes muy importantes, especialmente la Victor, ayudaron a popularizar una velocidad cercana a 78. Y finalmente los motores eléctricos permitieron mantenerla con mucha mayor precisión. Así terminó consolidándose el famoso 78 RPM.
PERO LOS 78 TENÍAN UN PROBLEMA
Y aquí volvemos a nuestra carretera enrollada en espiral. Un disco que gira 78 veces cada minuto está recorriendo esa carretera bastante rápido, y cuanto más rápido avanzamos por una carretera de determinada longitud, antes llegamos al final.
Por eso los discos de 78 podían almacenar solamente unos pocos minutos de música por cada cara. Para una canción popular podía ser suficiente, pero imagine una obra de música clásica que durara cuarenta minutos. No cabía en un solo disco. Había que repartirla entre varios.
Se escuchaba una parte, se levantaba la aguja, se cambiaba el disco y se continuaba escuchando. Esos discos solían venderse juntos dentro de una especie de carpeta con varias fundas. Se parecía bastante a un álbum de fotografías. Y precisamente de ahí se popularizó una palabra que seguimos utilizando hasta hoy: álbum.
¿POR QUÉ NO HACER GIRAR EL DISCO MÁS DESPACIO?
La solución parecería obvia. Si a 78 vueltas por minuto el disco dura muy poco, hagámoslo girar más lentamente. Pero el problema era que no bastaba simplemente con bajar la velocidad… Y aquí aparece el famoso 33 y un tercio.
La velocidad de 33⅓ vueltas por minuto no apareció inicialmente con el LP. Ya se había utilizado antes en aplicaciones profesionales e incluso en algunos sistemas de sonido para el cine.
Pero su gran momento llegó en 1948, cuando Columbia Records presentó el disco de larga duración que terminaríamos conociendo simplemente como LP. LP significa Long Playing, larga duración. Y el nombre tenía mucho sentido.
Comparado con los viejos discos de 78, ahora podía escucharse una cantidad muchísimo mayor de música sin cambiar de disco. El secreto no estaba solamente en hacerlo girar más despacio. Había otra innovación fundamental: el microsurco.
Los surcos podían hacerse mucho más estrechos y colocarse mucho más cerca unos de otros.
Entonces, volvamos a una comparación cotidiana. Imagine una hoja de papel. Si usted escribe con un marcador muy grueso, cabrán pocas líneas. Si escribe con un lápiz de punta muy fina, podrá colocar muchas más líneas dentro de la misma hoja.

Con el disco ocurrió algo semejante. El microsurco permitió colocar una carretera muchísimo más larga dentro de la misma superficie. Y si además esa carretera se recorría a solo 33⅓ vueltas por minuto, el resultado era espectacular para la época: más de veinte minutos de música por cada cara.
De repente, un concierto, una obra clásica o una colección completa de canciones podían escucharse con muchas menos interrupciones. El álbum moderno había encontrado su formato.
PERO ENTONCES APARECIÓ EL 45
Columbia Records había apostado por las 33⅓ vueltas. Pero RCA Victor, uno de sus grandes competidores, tenía otra idea. En 1949 presentó el disco de 45 revoluciones por minuto.
Era más pequeño, normalmente de siete pulgadas (12 centímetros de diámetro), y estaba pensado sobre todo para algo diferente: una canción. Bueno, una canción por cada cara.
Y aquí comenzó una verdadera guerra de formatos. Durante un tiempo no estaba nada claro qué sistema terminaría dominando. Columbia defendía las 33⅓. RCA promovía las 45. Y mientras tanto seguían existiendo millones de discos a 78.
El consumidor podía encontrarse con tres velocidades diferentes. Pero ocurrió algo interesante. En lugar de que una destruyera completamente a las demás, las dos nuevas velocidades terminaron encontrando funciones diferentes.
Las 33⅓ vueltas resultaban ideales para los álbumes. Las 45 vueltas eran perfectas para los sencillos. Y las 78 fueron desapareciendo progresivamente del mercado.
¿POR QUÉ 45 PARA UNA CANCIÓN?
Hay una razón práctica. Un disco de 45 gira más rápido que uno de 33⅓. Eso significa que durante cada segundo pasa una mayor longitud de surco debajo de la aguja. Pero, como generalmente solo queremos guardar unos pocos minutos de música, no nos preocupa demasiado que el surco se termine antes. Tenemos espacio suficiente.
Por eso el 45 funcionaba muy bien para una canción destinada a convertirse en éxito. Y terminó creando dos productos musicales claramente diferentes. El álbum, pensado como una colección de canciones. Y el sencillo, o single, pensado para una canción en particular.
Durante décadas, buena parte de la industria musical funcionó alrededor de esa división.
PERO HAY OTRA CURIOSIDAD
Ahora viene algo que parece contradictorio. Un LP gira siempre a 33⅓ vueltas por minuto. Pero eso no significa que el surco pase siempre por debajo de la aguja a la misma velocidad.
Piense en una pista circular. Una vuelta cerca del borde exterior es mucho más larga que una vuelta cerca del centro. En un disco sucede exactamente lo mismo.
Cuando la aguja está al comienzo del disco, cerca del borde, cada vuelta recorre una circunferencia bastante grande. Cuando se acerca al centro, cada vuelta es mucho más pequeña.
El disco sigue completando exactamente las mismas 33⅓ vueltas por minuto. Pero la cantidad de surco que pasa por debajo de la aguja durante cada segundo disminuye a medida que nos acercamos al centro.
Por eso las partes interiores del disco son más difíciles de reproducir correctamente. Y eso tuvo consecuencias incluso en la manera de organizar algunos álbumes.
Los ingenieros sabían que determinadas canciones podían resultar más difíciles de grabar cerca del centro. Una canción muy intensa, con muchos agudos o con una grabación particularmente exigente podía funcionar mejor al comienzo de una cara que al final.
Es decir, el orden de las canciones en algunos discos no dependía únicamente de decisiones del productor o de los músicos. También podía depender de la física del disco.
ENTONCES, ¿CUÁL ES MEJOR?
Podríamos pensar que si 45 gira más rápido que 33⅓, entonces debería ser simplemente mejor. Pero volvemos al problema inicial. Todo depende de lo que queremos conseguir.
Si queremos guardar mucha música, necesitamos aprovechar el espacio y girar más lentamente. Si necesitamos almacenar solamente unos minutos, podemos permitirnos una velocidad mayor.
Los 78 podían girar todavía más rápido, pero consumían el espacio rápidamente y pertenecían además a una tecnología mucho más antigua, con materiales, agujas y métodos de fabricación muy diferentes.
No tiene sentido pensar que un número mayor significa automáticamente mejor sonido. Cada velocidad fue parte de una solución tecnológica distinta.
¿Y POR QUÉ SIGUEN EXISTIENDO LOS 33 Y LOS 45?
Después llegaron el casete, el CD, el MP3 y el streaming. Todo parecía indicar que el disco iba a desaparecer. Pero no ocurrió. Para quienes crecieron con el vinilo hay un componente evidente de nostalgia. Para otros, especialmente generaciones más jóvenes, tiene algo de novedad. También está el gusto por el objeto, por la carátula, las fotografías, las notas y el ritual de escucharlo. Y hay algo más: la sensación de que ese disco realmente le pertenece a usted.
Una canción digital puede desaparecer de una plataforma, cambiar de versión o dejar de estar disponible. Un disco físico, en cambio, puede guardarlo durante décadas y seguir siendo suyo.
No sobrevivieron porque fueran técnicamente necesarias. Sobrevivieron porque volvió el disco y volvió también el gusto por poseer la música físicamente.
PERO TAMBIÉN HUBO DISCOS DE 16⅔ RPM
Sí, algunos tocadiscos también tenían una posición marcada como 16 RPM. En realidad, la velocidad era normalmente de 16⅔ vueltas por minuto, exactamente la mitad de 33⅓.
La idea era sencilla: al girar más despacio, el surco tardaba mucho más en terminar y podía guardarse una grabación bastante más larga. El precio era una menor calidad de sonido, especialmente en las frecuencias más altas. Por eso no resultaba ideal para la música, pero sí para contenidos donde lo importante era entender claramente la voz.
Se utilizaron sobre todo para libros hablados, material educativo y otras grabaciones de larga duración. Recuerdo que algunas emisoras en Colombia los usaban para tener programas completos grabados de una hora. El problema es que solo podían usarse una vez, por lo que salía muy costoso.
Por otro lado, la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos comenzó a producir libros hablados a 16⅔ RPM en los años sesenta.
En un disco de 10 pulgadas (25 centímetros) podían caber unos 45 minutos por cada cara, reduciendo considerablemente la cantidad de discos necesaria para grabar un libro. Por eso los 16 RPM nunca tuvieron el protagonismo de los 33, 45 o 78. No buscaban sonar mejor. Buscaban durar más.
CONCLUSIÓN
Y quizá ahí esté parte de la explicación de por qué los discos volvieron. Porque escuchar un vinilo nunca fue solamente escuchar música. Era todo un ritual. Comprar el disco y romper el celofán. Sacar por primera vez la funda interior. Ese olor tan particular del vinilo nuevo.
Mirar la carátula con calma, leer los créditos, las notas del álbum, los nombres de los músicos, descubrir fotografías que uno no había visto.
Después sacar el disco tratando de no tocar la superficie con los dedos. Colocarlo sobre el plato. Elegir 33 o 45. Levantar el brazo. Llevar la aguja con cuidado hasta el comienzo… y esperar ese pequeño ruido antes de que empezara la música.
Aunque, claro, el vinilo también tenía sus pequeños problemas. Porque bastaba un rayón sobre el vinilo en el lugar equivocado para que la aguja se quedara pegada… y entonces uno podía pasarse toda la tarde escuchando: “te quiero/te quiero/te quiero/te quiero/te quiero…”

Tito López hace radio desde 1975 y ha creado formatos radiofónicos exitosos en Colombia, España, Portugal, Chile, Panamá y Costa Rica.
Es coach de talentos, intérprete de investigaciones de audiencia, productor, blogger, libretista y conductor de programas de radio.
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