Mi primer programa de radio sonó por una emisora que yo mismo construí.
Sí, sé que esa no es la manera habitual de comenzar una carrera de radio, pero las circunstancias simplemente se dieron de esta manera.
Yo solo sé que, por alguna razón, me encantaba investigar, revisar y hasta desarmar los diferentes aparatos electrónicos, especialmente de audio, que había en mi casa. Siempre quise buscar la forma de llevar el sonido de un lugar a otro.
Por esta razón, y sin haber estudiado electrónica, trataba de conectar un aparato con otro, ya fuera con cables que encontraba en casa o que compraba en tiendas de repuestos eléctricos y ferreterías.
Estoy hablando de mediados de los años 70, así que no había internet ni tutoriales en línea. Las fuentes de aprendizaje eran los pocos libros que se podían conseguir en mi Medellín natal, una ciudad que apenas despertaba al futuro, aunque debo reconocer que ni siquiera los buscaba.
Todo era empírico, a punta de prueba y error.
El proyecto
Pero un día de mayo de 1975, mi entrada al mundo de la radio comenzó de la manera más artesanal posible: tratando de construir una pequeña emisora experimental de AM con un vecino y amigo que estudiaba electrónica.
Yo estudiaba Administración de Empresas en ese momento y mi amigo Juan Felipe Ramírez estaba haciendo un curso de electrónica en una academia. No era una ingeniería, sino un curso especializado.
Como parte de su curso, un profesor les pidió a los alumnos que crearan algún proyecto. El papá de Juan Felipe era un verdadero artesano. Tenía un taller de carpintería muy completo, pero además tenía una gran curiosidad y grandes habilidades para investigar y construir diferentes cosas.
Y en medio de todos sus libros y manuales que guardaba con mucho cuidado en su biblioteca, Juan Felipe encontró un libro que recopilaba varios proyectos de la revista Mecánica Popular, y de allí sacó la idea de construir una estación experimental de radio.
Cada vez que mi vecino iba a mi casa, me veía pegando cables, desarmando aparatos, haciendo experimentos de sonido y, especialmente, escuchando la música que tanto me gustaba. Seguramente por eso pensó que yo sería su ayudante perfecto para construir su proyecto.
Yo acepté feliz. No sabía qué tenía que hacer, pero él me mostró los planos del proyecto y me pidió que lo acompañara a comprar los elementos necesarios, y así lo hicimos. Tomamos un bus de Envigado cuya ruta terminaba en la calle Maturín con Junín, en el centro de Medellín.
Y lo más curioso es que esa estación o parada de bus quedaba justo frente a unas tiendas de artículos electrónicos como los que necesitábamos. Y llegamos allí a comprar lo que necesitábamos.
Los elementos
La inversión no fue muy grande. Esos elementos eran muy baratos, así que los compramos fácilmente y regresamos a mi casa. En mi habitación creamos un pequeño taller. Nadie nos iba a molestar allí.
Lo primero era conseguir un chasis para montar todos los elementos. En mi casa había una vieja grabadora de cinta magnetofónica (carrete abierto) cuyo motor se había quemado años atrás, y mi papá no tenía la más mínima intención de mandarla a reparar.
Además, por esa época estaba entrando la fiebre por las grabadoras/reproductoras de casetes, así que una grabadora de carrete se veía anticuada y pasada de moda. De esta forma, y sin pedir permiso, me apropié de ella y la desarmé por completo para sacarle el chasis.
Juan Felipe me dijo que ese bastidor era perfecto para el proyecto, porque además tenía los sockets perfectos para los 2 tubos al vacío que se necesitaban para la emisora.
El proyecto parecía sencillo, al menos en el papel. Usaba dos tubos al vacío: un 12AX7 y un 50C5. Para quienes no vivieron esa época, los tubos eran esas válvulas de vidrio que se iluminaban por dentro y que durante décadas fueron el corazón de radios, amplificadores, televisores y transmisores. Hoy suenan totalmente arcaicos, pero en 1975 todavía eran relativamente comunes.
El 12AX7 era un tubo muy usado en equipos de audio. Su función en nuestro pequeño transmisor era amplificar la señal de entrada, probablemente la voz de un micrófono o la música tomada de algún tocadiscos, grabadora o fuente externa.
El 50C5, por su parte, era un tubo de potencia pequeño, muy usado en radios domésticas. En nuestro proyecto debía encargarse de generar o manejar la señal de radiofrecuencia, es decir, la portadora de AM que luego sería modulada con la voz o la música.
Mejor dicho, el 12AX7 preparaba el sonido y el 50C5 lo convertía en una señal capaz de salir por una antena y ser captada por un radio común de AM.
El resto del circuito requería una bobina, varios condensadores y resistencias. La bobina que usamos era la misma de la grabadora de carrete, y el resto de los elementos los compramos en la tienda.
Sin embargo, hubo una pieza que no pudimos conseguir: un “choke” o bobina de choque. Esa pieza cumplía una función importante: dejar pasar ciertas corrientes y bloquear otras, especialmente en la parte donde se mezclaban el audio y la radiofrecuencia.
Esa pequeña bobina había que crearla específicamente para el proyecto y, aunque le pedimos al vendedor de la tienda, que era el mismo dueño, que nos hiciera una, él nos dijo que la gracia estaba en que nosotros mismos la construyéramos, especialmente tratándose de estudiantes de electrónica.
Juan Felipe construyó ese “choke”, pero siempre nos quedó la duda de si había quedado bien, pues no teníamos las instrucciones para hacerlo. Mi amigo la creó basándose en lo que había aprendido en su curso.
La construcción de un sueño
Junto al chasis, las 2 bobinas, resistencias de colores, condensadores, cables, algún condensador variable y, por supuesto, los dos tubos de vidrio, empezamos a trabajar.
Juan Felipe era ya un experto para soldar los cables y pegar los diferentes elementos. Yo trataba de seguir sus pasos con un soldador eléctrico, aunque las soldaduras de estaño no me quedaban tan pulidas o prolijas como las que él hacía. Además, no podía evitar quemarme los dedos con el estaño caliente, pero todo era parte de la diversión.
Primero había que montar el chasis o base del transmisor. En esa época no se hablaba de “placas impresas” como algo común para los aficionados. Muchos proyectos se armaban sobre una base metálica o aislante, colocando allí los zócalos de los tubos, las regletas de conexiones y los componentes soldados punto a punto.
Luego venía la alimentación eléctrica. Los tubos necesitaban voltajes para calentar sus filamentos y voltajes más altos para funcionar internamente. Esa era una de las partes más delicadas, porque estos proyectos podían manejar tensiones peligrosas.
En 1975 uno no siempre tenía plena conciencia de esos riesgos. Simplemente seguía el diagrama y confiaba en que todo saliera bien.
Después se instalaba el 12AX7, encargado de recibir y amplificar el audio. Allí debían ir las resistencias y condensadores que ajustaban la ganancia, filtraban la señal y llevaban ese audio hacia la siguiente etapa.
El siguiente paso era montar la etapa del 50C5. Ese tubo debía trabajar como oscilador o como etapa combinada de radiofrecuencia, dependiendo del diseño. Para que el transmisor quedara en una frecuencia de AM, se necesitaba una bobina y un condensador que formaban un circuito sintonizado. Ese conjunto determinaba en qué punto del dial aparecería nuestra pequeña emisora.
En teoría, uno podía ajustar la bobina o el condensador hasta encontrar un espacio libre en el dial de AM. Luego, con un radio común cerca, se buscaba la señal. Si todo funcionaba, en algún punto del dial debía aparecer un zumbido, una portadora o, con suerte, nuestra propia voz.
Luego venía la modulación. Allí era donde el audio amplificado por el 12AX7 debía “montarse” sobre la señal de radio generada por la etapa del 50C5.
En una emisora de AM, la señal de radio no transmite el sonido de manera directa. Lo que hace es variar la amplitud de una portadora. De ahí viene el nombre AM: ampliación de la modulación (amplitud modulada).
Ese pequeño “choke” que no pudimos comprar era parte importante de esa sección. Sin él, el circuito no podía comportarse como estaba previsto. Sin embargo, instalamos la que construyó Juan Felipe a ver si nos funcionaba.
Después conectamos la antena. En un proyecto casero de este tipo, la antena era un simple alambre extendido en el cuarto, aunque después lo sacaríamos al jardín de mi casa para que estuviera al aire libre.
Obviamente, no había torres ni transmisores profesionales. Solo un cable pegado a dos varas largas de bambú o guadua, como se le llama en Colombia, la ilusión de salir al aire y un receptor de radio puesto a pocos metros para comprobar si el invento hablaba.
La fuente de alimentación nos obligó a extremar el cuidado —el aparato se enchufaba directo a los 120 voltios de la red, sin transformador de aislamiento—, y aunque el libro advertía del peligro, uno que otro chispazo y dos apagones de los brakers de mi casa nos recordaron que la electricidad no avisa.
Al final, y a falta de un micrófono de buena calidad, conectamos un cable de audio que permitiera conectarse a un pequeño tocadiscos portátil que tenía en mi cuarto, de forma que pudiera poner a rodar un disco de vinilo para transmitirlo al aire durante nuestras pruebas.
De esta forma, y una vez terminada toda la construcción, un par de semanas después encendimos la emisora. Los tubos se iluminaron, esperamos a que se calentaran y pusimos a rodar un disco.
Lo recuerdo perfectamente: era el álbum “Eldorado”, del grupo británico Electric Light Orchestra. Lo escogí por dos razones: primero, porque me encantaba y, segundo, porque todas las canciones de cada lado del disco estaban ‘pegadas’ entre sí, así que no había ‘baches’ o silencios entre canción y canción.
Esto era importante, porque no había locución ni cuñas ni grabaciones de ningún tipo. No teníamos un mezclador. Ni siquiera otro tocadiscos (o tornamesa). Tampoco teníamos un micrófono apropiado.
La frustración y la inesperada solución
Luego de poner el disco, tratamos de sintonizar la señal en un radio transistor portátil que yo tenía en mi habitación, pero no pude sintonizar la emisora.
Esa fue nuestra gran frustración. Tanto trabajo, tanta inversión, tantas esperanzas… todo se desvaneció en un solo clic.
Pero no nos rendimos. Podría ser un problema de mi radio, o de pronto estaba sonando en otra banda que no fuera la de AM tradicional.
Entonces, mi amigo Juan Felipe trajo de su casa un hermoso radio Hallicrafter de los años 50 que captaba emisoras de radio de todo el mundo. Y, sin esperarlo, al encender ese radio junto a nuestro transmisor, la emisora comenzó a enviar su señal, en AM, tal como queríamos.
No es que tuviéramos que escuchar la emisora por ese radio. Solo que, por alguna razón, los dos equipos, estando juntos, transmitían la señal al aire, y de esta forma pude salir con mi radio portátil a tratar de sintonizar la emisora por todo el barrio, que consistía básicamente en una sola manzana.
¡Y funcionó!
La alegría nos embargó, aunque nos quedó algo de frustración por necesitar que el radio Hallicrafter tuviera que estar encendido junto al transmisor para que la emisora pudiera transmitir su señal al aire.
Conclusión
Más adelante vendría el reto de ponerles nombre a la emisora y buscar la forma de poner al aire otras canciones y hacer locución al aire, y para eso hubo que seguir trabajando arduamente.
Pero esa es otra historia.
Como sea, de esta forma mi amigo Juan Felipe y yo tuvimos la magnífica e inolvidable oportunidad de estar al aire e incursionar, de esta forma, al apasionante mundo de la radio.
Una pasión que, 50 años después, solo ha crecido en mí cada día que pasa…

Tito López hace radio desde 1975 y ha creado formatos radiofónicos exitosos en Colombia, Portugal, Chile, Panamá y Costa Rica.
Es coach de talentos, intérprete de investigaciones de audiencia, productor, blogger, libretista y conductor de programas de radio.
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