10 consejos para enriquecer sus historias

Antes, un locutor podía darse el lujo de demorarse un poco en llegar al punto. Hoy basta una historia lenta, confusa o llena de detalles innecesarios para que el oyente cambie de emisora, abra una aplicación o simplemente deje de prestar atención.

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Hace nueve años escribí un artículo acerca de la importancia de saber contar historias en radio. En ese momento hablaba de la necesidad de que los talentos buscaran experiencias, salieran de su zona de confort y encontraran historias de la vida real que les permitieran conectarse mejor con sus oyentes.

Hoy esa recomendación no solo sigue vigente. Probablemente es más importante que entonces.

El locutor ya no compite únicamente contra las demás emisoras de su ciudad. Compite contra Spotify, YouTube, TikTok, Instagram, los podcasts, los audiolibros, los videojuegos, Netflix y, sobre todo, contra ese teléfono que el oyente lleva permanentemente en la mano y que le ofrece entretenimiento infinito.

Eso no quiere decir que la radio haya perdido su capacidad de convocatoria. En Estados Unidos, por ejemplo, Nielsen reportaba en octubre de 2026 que la radio seguía llegando mensualmente al 92 % de los adultos. Sin embargo, Edison Research también encontraba este año que el 81 % de los estadounidenses mayores de 12 años había escuchado audio online durante el último mes y que el 58 % había consumido un podcast. Es decir, la gente sigue escuchando radio, pero dispone de muchas más alternativas para ocupar su tiempo.

Y eso cambia las reglas. Antes, un locutor podía darse el lujo de demorarse un poco en llegar al punto. Hoy basta una historia lenta, confusa o llena de detalles innecesarios para que el oyente cambie de emisora, abra una aplicación o simplemente deje de prestar atención.

Pero hay algo que la tecnología todavía no ha cambiado: nos gustan las buenas historias. En 2010, los investigadores Greg Stephens, Lauren Silbert y Uri Hasson, de la Universidad de Princeton, realizaron un interesante experimento utilizando resonancia magnética funcional. Mientras una persona contaba una historia real, observaron la actividad de su cerebro y posteriormente hicieron lo mismo con quienes escuchaban esa historia.

Encontraron que, cuando la comunicación funcionaba, ciertas zonas del cerebro de quien hablaba y de quienes escuchaban mostraban patrones de actividad relacionados. Incluso comprobaron que mientras mayor era ese acoplamiento entre ambos, mejor era la comprensión de la historia. El estudio fue publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences.

Dicho de una manera mucho más sencilla: cuando alguien cuenta bien una historia, quien escucha comienza, de alguna manera, a vivirla con él.

Claro que no basta con tener algo interesante para contar. Supongamos que usted tuvo una experiencia emocionante y quiere compartirla con sus oyentes. Probablemente ya tiene resueltas las tradicionales preguntas del periodismo: qué pasó, quién estuvo involucrado, dónde ocurrió, cuándo sucedió, cómo ocurrió y por qué.

Perfecto. Pero eso sirve para informar. No necesariamente para contar una buena historia. Una historia necesita algo más: personajes, imágenes, tensión, ritmo, sorpresa, emoción y, sobre todo, un motivo para que alguien quiera seguir escuchándola.

¿Cómo lograrlo?

1. Empiece por lo interesante, no necesariamente por el principio

Uno de los errores más comunes cuando contamos algo es creer que debemos hacerlo estrictamente en orden cronológico.

“Resulta que ayer me levanté a las seis de la mañana, me bañé, desayuné, saqué el carro, pasé por la avenida principal y cuando estaba llegando a la oficina…”

Probablemente para entonces ya perdimos al oyente.

Si lo verdaderamente interesante ocurrió cuando llegó a la oficina, empiece ahí.

“Cuando llegué ayer a la oficina había un policía parado junto a mi escritorio”.

Ahora quiero saber qué pasó. Después habrá tiempo para explicar cómo llegó hasta allí.

Esto es especialmente importante en la radio de hoy. El oyente no sabe de antemano que lo que usted está contando va a ponerse bueno dentro de dos minutos. Necesita una razón para quedarse desde los primeros segundos.

Por eso, antes de comenzar una historia, pregúntese: ¿cuál es el dato que despertaría inmediatamente mi curiosidad si alguien me lo contara? Ese puede ser su comienzo.

2. No cuente solamente lo que pasó. Haga que podamos verlo

Una cosa es decir: “Mi amigo me contó que mi novia estaba saliendo con otra persona”, y otra muy distinta: “Mi amigo se quedó mirándome unos segundos y finalmente me dijo: ‘Tito, no sé cómo decirle esto, pero ayer vi a su novia con otro tipo’”.

En la segunda, el diálogo mete al oyente dentro de la escena. No significa que haya que reconstruir conversaciones palabra por palabra si no las recuerda. Tampoco se trata de inventarlas. Se trata de aprovechar las frases que realmente quedaron grabadas en la memoria y que ayudan a revivir el momento.

Lo mismo ocurre con los lugares y las situaciones. No diga simplemente que entró a un restaurante. Cuente, si es importante para la historia, que estaba vacío, que olía a pescado frito, que sonaba una canción de Juan Gabriel y que había un mesero mirándolo como si ya supiera lo que estaba a punto de suceder. De pronto el oyente ya está sentado allí con usted.

Esa es una enorme ventaja de la radio. No necesita mostrar la imagen, porque puede hacer que cada oyente la construya en su cabeza.

3. Use los sentidos, pero no convierta la historia en una novela

En el artículo original recomendaba apelar a los cinco sentidos. El consejo sigue siendo válido, pero con una advertencia importante: los detalles tienen que servir para algo.

Una cosa es decir: “Iba en mi bicicleta”. Otra es: “Iba en mi vieja bicicleta azul, con ese chirrido insoportable que hacía cada vez que frenaba”.

Esa segunda descripción nos permite imaginar la bicicleta y hasta escucharla. Pero tampoco es necesario decir la marca, el modelo, dónde la compró, cuánto le costó y quién se la regaló, salvo que alguno de esos datos tenga importancia más adelante.

Los detalles funcionan cuando ayudan a construir una imagen, explicar una emoción o preparar algo que va a suceder. Si no hacen ninguna de esas tres cosas, probablemente sobran.

En radio existe una tentación peligrosa: como estamos hablando y no escribiendo, creemos que siempre podemos agregar otra explicación. Y después otra. Y otra más… hasta que la historia desaparece enterrada debajo de los detalles.

4. Arme la historia antes de abrir el micrófono

Preparar una historia no significa memorizarla. De hecho, una historia demasiado memorizada puede sonar artificial. Lo importante es conocer perfectamente su recorrido.

Antes de salir al aire debería saber tres cosas: dónde comienza, qué es lo verdaderamente interesante que ocurre en el camino y dónde termina. Especialmente dónde termina.

Pocas cosas son más incómodas que escuchar a alguien contar una anécdota y descubrir, con él, que no sabe cómo acabarla.

“Y bueno… eso fue lo que pasó… en fin… se los quería contar…”

La historia murió diez segundos antes y nadie supo enterrarla.

Una buena práctica consiste en resumir mentalmente la historia en una sola frase antes de contarla. Si usted mismo no puede explicar en pocas palabras de qué trata, probablemente todavía no está listo para llevarla al aire.

Y recuerde algo: improvisar no significa llegar sin preparación. El escritor estadounidense Mark Twain tenía una reflexión célebre muy afín cuando decía: «Suelo tardar más de tres semanas en preparar un discurso improvisado».

Los mejores improvisadores saben perfectamente de qué están hablando. Lo espontáneo está en la manera de contarlo, no necesariamente en inventarlo mientras hablan.

5. Aprenda a eliminar lo que sobra

Este probablemente sea uno de los consejos más importantes para la radio actual. Editar no significa solamente cortar una grabación con un software. También significa saber qué no contar.

Muchas historias fracasan porque quien las cuenta considera importantes detalles que solo son importantes para él.

“A propósito, ese día yo había cambiado de carro porque el mío estaba en el taller. Bueno, realmente no estaba en el taller todavía, tenía cita para el martes siguiente, pero mi esposa necesitaba…”

¿Eso cambia la historia? Si la respuesta es no, elimínelo.

Una buena historia suele mejorar cuando se le quita información. El reto consiste en conservar exactamente los detalles necesarios para que el oyente comprenda lo sucedido, pueda imaginarlo y quiera saber qué viene después.

Esto no significa hablar aceleradamente ni convertir todo en cápsulas de 30 segundos. Una historia de cinco minutos puede ser maravillosa. Otra de 45 segundos puede parecer eterna. El problema no siempre es la duración. El problema es cuando no pasa nada.

6. Use su voz para contar la historia, no solamente para leerla

En radio no contamos historias únicamente con palabras. También las contamos con silencios, cambios de velocidad, volumen, intención, respiración y entonación.

Si está relatando algo que le produjo miedo, probablemente no debería contarlo con el mismo ritmo con el que anuncia la hora. Si está reproduciendo una discusión, seguramente las dos personas involucradas no hablaban exactamente igual. Si viene la parte más importante, tal vez convenga hacer una pequeña pausa antes de revelarla.

Y aquí sigue funcionando una recomendación que incluí hace nueve años: use su cuerpo. Aunque nadie lo esté viendo.

Cuando alguien gesticula, sonríe, frunce el ceño, abre los brazos o cambia de postura mientras habla, esos movimientos suelen reflejarse en su voz. Por eso los locutores que cuentan historias completamente inmóviles frente al micrófono pueden terminar sonando como si estuvieran leyendo un comunicado.

Incluso ahora que muchas cabinas tienen cámaras, no se trata de actuar para el video. Se trata de vivir lo que está contando.

7. Sea vulnerable, pero no convierta el programa en terapia

En el artículo original recomendaba mostrar las embarradas, los errores y aprender a reírse de uno mismo, y mantengo completamente ese consejo. De hecho, en 2026 puede ser todavía más importante.

Hoy una inteligencia artificial puede resumir una noticia, encontrar información, proponer preguntas para una entrevista e incluso imitar determinados estilos de escritura. Paralelamente, la industria de la radio comienza a preguntarse cómo utilizar esas herramientas sin perder credibilidad, confianza y autenticidad.

Ahí aparece una enorme ventaja para el talento humano, porque una inteligencia artificial puede explicar cómo se siente alguien cuando pierde un vuelo, pero usted puede contar lo que sintió cuando perdió el suyo, cómo reaccionó, qué error cometió y qué terminó sucediendo, y esa diferencia importa.

Claro que vulnerabilidad no significa contar absolutamente todo. La vida privada tiene límites. También los tienen las historias que involucran a su pareja, hijos, compañeros de trabajo o amigos.

No porque una experiencia sea real significa que automáticamente deba convertirse en contenido, pero cuando una persona reconoce un error, una inseguridad o una situación ridícula que realmente vivió, suele resultar mucho más cercana que quien intenta mostrarse permanentemente inteligente, exitoso y perfecto.

La perfección rara vez produce buenas historias.

8. No trate de meter un chiste donde no lo hay

Este consejo tampoco ha cambiado. Hay locutores que sienten que toda historia tiene que terminar con un remate, y eso no es necesario. Muchas de las historias más divertidas funcionan precisamente porque nadie intentó convertirlas en un chiste.

El humor aparece en las circunstancias, en las reacciones de las personas, en una frase inesperada o en reconocer comportamientos absurdos que todos hemos tenido alguna vez.

La risa más poderosa suele aparecer cuando el oyente piensa: “¡A mí también me ha pasado!”.

Por eso, cuando una historia ya es graciosa, no hace falta explicarle al público por qué debería reírse. Y si no es graciosa, tampoco es obligatorio convertirla en comedia. Una buena historia también puede producir curiosidad, nostalgia, sorpresa, indignación, ternura o incluso incomodidad.

9. Deje un espacio para que el oyente entre en la historia

Aquí hay una diferencia importante frente a la radio de hace algunas décadas. Antes, el locutor contaba y el público escuchaba. Hoy el oyente está acostumbrado a reaccionar, comentar, enviar mensajes, votar, compartir y responder.

Aproveche esa costumbre. Después de contar una historia puede preguntar:

  • “¿Usted qué habría hecho?”
  • “¿A alguien le ha pasado algo parecido?”
  • “¿Cuál fue la mentira más absurda que tuvo que inventar para salir de una situación como esta?”

De pronto su historia personal se convierte en el punto de partida para otras veinte, y esas historias pueden terminar siendo mejores que la suya.

Eso sí, primero termine de contarla. Interrumpir constantemente una narración para leer mensajes, saludar oyentes o revisar WhatsApp destruye el ritmo. Abra la conversación cuando haya llegado al punto adecuado.

La participación funciona mejor cuando el oyente tiene algo concreto sobre lo cual reaccionar.

10. Cuente para la radio, aunque después la historia termine en todas partes

Este es uno de los grandes cambios frente al artículo que escribí hace nueve años. Hoy una historia que nace en una cabina puede terminar convertida en un video de YouTube, un reel, un TikTok, un podcast, un fragmento para Instagram o un audio compartido por WhatsApp, y eso está muy bien.

De hecho, Edison Research encontró en 2026 algo muy interesante: entre los consumidores semanales de podcasts, verlos en video ya es prácticamente tan habitual como escucharlos. Las fronteras entre radio, audio y video son cada vez menos claras.

Pero hay que tener cuidado. Si trabaja en radio, la historia debe poder entenderse sin imagen. No puede depender permanentemente de frases como “miren esto”, “como pueden ver aquí” o “vean la cara que estoy haciendo”, porque buena parte de su audiencia sigue escuchando mientras maneja, trabaja, cocina o camina.

Primero haga buena radio. Después piense cómo aprovechar ese contenido en las demás plataformas.

Es que, curiosamente, las buenas historias suelen viajar muy bien. Una anécdota auténtica, divertida o sorprendente puede sobrevivir perfectamente cuando sale de la cabina y aparece dos horas después en un teléfono.

Conclusión

La tecnología que rodea a la radio ha cambiado muchísimo en nueve años. También cambió la manera como la gente encuentra contenidos, los comparte y decide cuánto tiempo dedicarles. Lo que no ha cambiado es nuestra fascinación por escuchar a otra persona contar algo interesante.

Una buena historia no necesita efectos espectaculares ni un libreto complicado. Necesita una razón para ser contada, un punto de vista, algunos detalles que permitan imaginarla y una persona capaz de llevarnos hasta el final sin perdernos en el camino.

La radio siempre ha vivido de las voces, pero una voz se vuelve memorable por lo que tiene para contar y, especialmente, por la manera como lo cuenta.

ACERCA DEL AUTOR
Tito López hace radio desde 1975 y ha creado formatos radiofónicos exitosos en Colombia, España, Portugal, Chile, Panamá y Costa Rica.
Es coach de talentos, intérprete de investigaciones de audiencia, productor, blogger, libretista y conductor de programas de radio.
Lo puede seguir en Facebook como Oscar.Tito.Lopez y en X como oscartitolopez.
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