Cuando entramos a trabajar dentro de la industria de la radio solemos pensar que la labor principal de un locutor es entretener, informar, presentar canciones, acompañar o generar conversación, sin embargo, poco se habla de hacer que la audiencia se quede ‘rumiando’ un tema por algún tiempo en la mente, incluso después de que las transmisiones hayan terminado.
Un punto importante es que la conexión con la audiencia también puede medirse por aquello que una persona sigue pensando cuando ya no está escuchando la emisora. Las mejores pláticas llevan a que la gente se cuestione sobre su existencia, hábitos, planes, objetivos y demás.
No quiero decir que todos los contenidos hablados deberían ser de crecimiento personal, ya que, algunos horarios se prestan para abordar temas banales o ligeros. Sin embargo, en la medida en que logremos aterrizar en la psique de nuestros oyentes, mayores serán las posibilidades de generar una conexión.
No es necesario que todas las intervenciones al aire tengan que cerrar con una respuesta; incluso una pregunta bien planteada puede generar más reflexión que una opinión presentada como una verdad absoluta.
¿Sabes de dónde surge la idea de abordar esta temática? De que últimamente he encendido el dial de la CDMX y me he encontrado mayoritariamente con temas que solo son ligeros y que sirven de compañía, pero que, a la larga, no trascienden en la mente de los radioescuchas.
Normalmente, en la radio podemos conseguir que alguien se ría, cante una canción o pase un buen rato mientras nos escucha, pero ¿qué de todo eso permanece cuando apagamos el micrófono? Dejemos de ser absolutamente olvidables.
















