Para quienes hemos hecho radio desde hace varias décadas, el teléfono siempre ha sido nuestra gran herramienta de interacción con la audiencia.
Gracias al teléfono siempre pudimos medir el pulso de la audiencia, saber cuáles eran sus canciones favoritas, entregar complacencias, dejar que opinaran sobre diferentes temas, hacer bromas, realizar entrevistas, hacer juegos y concursos, enviar saludos y mensajes y hasta conseguir novia… (¿esto debería encabezar la lista?)
Todos tenemos anécdotas de llamadas telefónicas. Todos recordamos algún regaño del jefe por “estar pegado al teléfono”. Incluso, habrá quienes recuerden el truco del candado en el disco rotatorio del teléfono para no realizar llamadas, que se solucionaba apretando de manera repetida los botones que sostenían el auricular.

Pero todo esto se ha convertido en anécdotas e historias del pasado. Ahora la gente no llama por teléfono. Las redes sociales y, en particular, las aplicaciones de chat han acabado con esa forma de comunicarse.
Los hábitos cambiaron. Hace 20 o 30 años, si un oyente quería comunicarse con su emisora favorita tenía pocas opciones: marcar un número telefónico, mandar una carta o, en algunos casos, enviar un fax. Hoy puede escribir por WhatsApp, comentar en Instagram, reaccionar en Facebook, mandar un audio, participar en una encuesta o simplemente quedarse mirando lo que otros dicen.
Pero eso no significa que la gente haya perdido las ganas de participar. De hecho, hay programas que continúan recibiendo muchas más llamadas y mensajes de los que alcanzan a utilizar.
La diferencia, muchas veces, no está en la ciudad, ni en la edad de la audiencia, ni siquiera en la popularidad de la emisora. Está en la manera como se invita al oyente a entrar en la conversación.
Antes, cuando no había tantas opciones de interacción, era relativamente fácil invitar al oyente a comunicarse con la emisora, pero hoy, cuando vive con el celular en la mano moviéndose entre las redes, los chats y las plataformas de streaming es más difícil llamar su atención y pedirle que contacte la emisora.
Esta situación es más común cada vez, pero hay formas sencillas y efectivas de solucionarla. Por eso, a continuación presento 10 ideas de cómo usar el WhatsApp para fortalecer la interacción con el oyente.
- Dé un motivo para participar
No es lo mismo preguntarle a un oyente “¿Qué opina del tráfico de Bogotá?” que preguntarle “¿Cuál es el trancón (atasco) más absurdo en el que se ha quedado atrapado y qué hizo mientras esperaba?”
Las dos preguntas hablan del mismo tema, pero la segunda obliga al oyente a recordar una historia. La escena le llega inmediatamente a la mente. Probablemente se acuerde del día en que estuvo dos horas detenido en la Autopista Norte, del conductor que se bajó a vender empanadas entre los carros o de la vez que terminó celebrando un cumpleaños por videollamada desde el asiento del automóvil.
Eso es contenido para su programa, incluso para un turno habitual.
Otro ejemplo: No es lo mismo preguntar: “¿Qué piensa de las relaciones de pareja?” que preguntar: “¿Cuál fue la excusa más ridícula que le dieron para terminar una relación?” o “¿Alguna vez descubrió una infidelidad por culpa del celular?”.
La primera es demasiado amplia. Incluso podría evitar que un oyente se comprometa a decir algo que lo haga ver como tonto o ignorante. En cambio, la segunda opción crea participación inmediata, porque todo el mundo ha vivido una situación de estas y seguramente tendrá algo que contar.
Por eso no se debe caer en el error de pedir participación sin darle al oyente un motivo suficientemente atractivo para hacerlo.
- Aprenda a ‘enganchar’ al oyente
A veces no les prestamos la debida atención a una llamada, un mensaje de audio o un mensaje de WhatsApp. Creemos que pueden parecer elementos pequeños o insignificantes dentro de un programa pero, la verdad, si los sabemos utilizar, podríamos cambiar completamente la relación del oyente con la emisora.
Mientras una persona simplemente escucha lo que dicen los locutores, sigue siendo un consumidor del contenido. Pero en el momento en que manda un mensaje comienza a formar parte activa del programa, porque seguramente le aparecerán preguntas como “¿Leerán mi mensaje?”, “¿Pondrán mi audio?”, “¿El locutor responderá lo que escribí?”, “¿Alcanzaré a salir al aire?”
Esas preguntas hacen que el oyente se quede escuchando, o incluso podría suceder algo todavía mejor: alguien envía un mensaje cuando va camino al trabajo, llega a la oficina, deja de escuchar durante unos minutos y vuelve a conectarse más tarde para saber si lo mencionaron.
Ese pequeño acto de participación crea una conexión mucho más fuerte que cualquier frase promocional diciendo que “esta es su emisora”. No hace falta regalar nada. Muchas veces el premio consiste simplemente en ser escuchado.
- Haga que sus oyentes le entreguen contenido
Mantener un programa entretenido durante tres o cuatro horas todos los días exige una enorme cantidad de contenido, y uno de los errores de algunos equipos de radio consiste en creer que absolutamente todo tiene que salir de quienes están sentados frente a los micrófonos, y eso es un error.
Una audiencia bien estimulada puede convertirse en una extraordinaria fuente de historias. Supongamos que uno de los integrantes del morning show cuenta que compró algo por internet y, cuando recibió el paquete, descubrió que el producto era muchísimo más pequeño de lo que parecía en la fotografía.
En lugar de terminar la historia ahí, podría preguntarle a la audiencia: “¿Qué compró usted por internet que resultó ser completamente diferente a lo que esperaba?”
En pocos minutos pueden aparecer mensajes de alguien que pidió una mesa y recibió una mesa para muñecas, de quien compró una camisa talla XL que parecía para un niño de diez años o de la persona que creyó haber encontrado una extraordinaria promoción y terminó recibiendo tres tornillos.
Aquí el contenido dejó de ser una historia del locutor y se convirtió en una historia colectiva. Y, además, tiene una enorme ventaja: es real.
- Use WhatsApp como herramienta de investigación
El WhatsApp de la emisora no debería verse únicamente como un buzón donde llegan saludos, mensajitos y solicitudes musicales. También puede convertirse en una especie de herramienta de investigación instantánea.
Si un tema genera decenas de mensajes en cinco minutos, probablemente encontró algo que le importa a la audiencia. Incluso si nadie responde, también está diciendo algo.
Eso no significa que haya que abandonar inmediatamente cualquier tema que no produzca mensajes. Hay conversaciones interesantes que generan poca participación. Pero aprender a observar el comportamiento del WhatsApp puede ayudar a entender qué despierta emociones y qué pasa sin pena ni gloria. Incluso puede ayudar a prolongar una sección.
Imagine que alguien pregunta: “¿Cuál era la comida que usted odiaba cuando era niño y que ahora le encanta?”
Si comienzan a llegar mensajes sobre aguacate, lentejas, pescado, aceitunas, cebolla, brócoli o sopa, probablemente hay suficiente material para seguir jugando con el tema durante varios minutos, pero si llegan dos mensajes y nada más, seguramente es hora de continuar adelante.
Como se aprecia, de esta forma la audiencia le está ayudando a editar el programa en tiempo real.
- Mandar un mensaje es mucho más fácil que llamar
Póngase en los zapatos de un oyente. Si lo piensa bien se dará cuenta de que llamar a una emisora implica cierto riesgo, porque ese oyente tiene que marcar, esperar que le contesten, hablar con alguien que filtra las llamadas y, posiblemente, salir al aire frente a miles de personas. Puede ponerse nerviosa, quedarse en blanco o pensar que va a decir algo ridículo.
En cambio, escribir un mensaje por WhatsApp tiene la gran ventaja de que no implica casi nada de eso. Una persona puede estar en un bus, en una oficina o haciendo mercado y mandar en cualquier momento un mensaje que diga: “A mí me pasó lo mismo”.
Por eso, probablemente existen miles de oyentes que jamás llamarían a una emisora pero sí están dispuestos a mandar un mensaje.
Y para el programa también tiene ventajas. Los mensajes se pueden leer antes de usarlos, organizar por temas, guardar para más adelante, escoger los más interesantes y eliminar los que simplemente no aportan nada.
No existen oyentes que gaguean, que les da vergüenza salir al aire, que no saben lo que van a decir, que se salen del tema y más bien piden una canción. Tampoco habrá oyentes que se extienden durante cinco minutos sin llegar al punto, ni personas que aprovechan una llamada en vivo para decir algo inconveniente.
Y lo mejor: los mensajes de WhatsApp permiten controlar el ritmo del programa. Si llegan veinte respuestas interesantes, no es necesario leerlas todas seguidas. Se pueden repartir a lo largo de la siguiente media hora y así mantener viva la conversación.
Incluso, muchos de esos mensajes podrán ser usados para crear promos testimoniales para la emisora.
- Pero recuerde: un mensaje no reemplaza una llamada
Con todas esas ventajas, sería fácil concluir que ya no vale la pena sacar oyentes al aire, pero eso sería un error, porque una voz humana tiene algo que un mensaje escrito nunca podrá reemplazar completamente.
Cuando alguien escucha a otra persona contar una historia, aparecen el tono de voz, las pausas, la risa, la vergüenza, la emoción, la rabia o la sorpresa.
Supongamos que el tema es: “¿Cuál ha sido su peor primera cita?”. Leer un mensaje puede ser divertido: “Salí con alguien que pasó toda la noche hablando de su ex”. Pero escuchar a la persona contando cómo sucedió, imitando lo que decía su acompañante y riéndose de la situación puede ser muchísimo más entretenido.
Además, el oyente que sale al aire se convierte durante unos minutos en otro integrante del programa porque puede cuestionar al locutor, estar en desacuerdo, puede decir algo completamente inesperado, provocar una nueva discusión. Incluso puede cambiar el rumbo del segmento.
Y eso es algo difícil de conseguir con un mensaje escrito: la imprevisibilidad, y la buena radio necesita un poco de eso.
- Entonces, ¿mensajes o llamadas?
Los dos. No deberían competir entre sí porque cumplen funciones diferentes. Los mensajes permiten volumen, rapidez y control. Las llamadas aportan humanidad, espontaneidad y emoción.
Una buena mecánica puede comenzar con WhatsApp y terminar con una llamada. Por ejemplo, el programa pregunta: “¿Qué hizo usted alguna vez para evitar ir a trabajar?”
Llegan 40 mensajes, entre ellos aparece uno que dice: “Una vez fingí que mi carro había sido robado”.
Eso merece una llamada. El productor contacta a esa persona y diez minutos después el oyente está al aire contando cómo inventó el robo, qué le dijo a su jefe y cómo estuvo a punto de meterse en un problema mucho más grande cuando le pidieron el número de la denuncia.
Ahí el WhatsApp funcionó como filtro y la llamada convirtió una frase interesante en una historia.
- La gran diferencia está en la reacción
Pero hay un problema que aparece con frecuencia. El programa recibe una llamada extraordinaria o un mensaje muy divertido, el locutor dice “gracias por participar” y continúa con otra cosa y así se desperdició la mitad del contenido.
La magia no está únicamente en lo que diga el oyente. Está en lo que hagan los locutores con eso.
Si alguien cuenta: “Yo descubrí que mi novio me era infiel porque encontré una factura de un restaurante para dos personas”, no basta con responder: “Qué historia tan terrible. Gracias por llamar”.
Ahí apenas está comenzando la conversación. ¿Dónde encontró la factura? ¿Él qué explicación dio? ¿Con quién estaba? ¿Lo enfrentó? ¿Siguieron juntos? ¿Era la primera vez que sospechaba algo? ¿Qué hizo cuando descubrió la verdad?
Cada respuesta puede abrir otra puerta y el resto del equipo también puede reaccionar. Uno puede ponerse del lado de quien llama. Otro puede cuestionarlo. Alguien puede recordar una situación parecida. Otro puede bromear.
Lo importante aquí es que la llamada deja de ser un testimonio aislado y pasa a ser parte del espectáculo.
Lo mismo debería suceder con los mensajes. Si un oyente escribe algo divertido, no se limite a leerlo. Coméntelo, discútalo, pregunte qué piensan los demás, úselo para generar otra conversación.
Un buen mensaje puede producir diez minutos de contenido si el equipo sabe reaccionar.
- No hay que interactuar todo el tiempo
Otro error consiste en convertir cada tema en una pregunta para los oyentes. No hace falta preguntarle a cada participante: “¿Qué desayunó hoy?”, “¿Qué está haciendo?”, “¿Qué piensa de esta canción?”, “¿Desde dónde nos escucha?”, “¿Cuál es su color favorito?”.
Cuando absolutamente todo exige una respuesta, participar deja de sentirse especial.
Lo mejor es escoger los temas que realmente tienen posibilidades de despertar recuerdos, opiniones, controversias o historias, y, sobre todo, hacer preguntas fáciles de responder.
Una buena pregunta de radio debería lograr que, apenas la escuche, el oyente piense inmediatamente: “¡A mí me pasó!”. Ese es el momento en que busca el celular.
- Enseñe al oyente a participar
La participación también es un hábito. Si un programa nunca usa llamadas y un lunes decide anunciar: “Hoy queremos escucharlos”, posiblemente no pase gran cosa, porque la audiencia todavía no entiende el juego.
Pero si todos los días escucha mensajes, audios, nombres de oyentes y llamadas interesantes, poco a poco aprende que participar vale la pena porque algo sucede cuando lo hace.
También ayuda reconocer a quienes escriben. No es lo mismo decir: “Alguien dice que eso le pasó” que decir: “Carlos, que nos escucha en Suba, cuenta que eso mismo le pasó la semana pasada”.
El segundo mensaje tiene una persona, un lugar y una historia. Suena más real, y Carlos probablemente seguirá escuchando porque acaba de convertirse durante unos segundos en parte del programa.
Bueno, y si al principio nadie llama, cree mensajes falsos, ya sea de un amigo, de un familiar, de algún conocido. Dígales qué quiere que digan. Grábelos y póngalos al aire. Lo más probable es que, al escuchar esos mensajes, la gente se anime a participar.
Conclusión
La radio basada en personalidades funciona mejor cuando el oyente siente que está sentado alrededor de la misma mesa con los locutores. No necesita estar físicamente en el estudio. Basta con que sienta que puede entrar en la conversación.
Por eso vale la pena revisar qué se le está preguntando al oyente, cómo se le está invitando a participar y, especialmente, qué sucede cuando finalmente responde, porque quizás el problema no sea que los oyentes no quieran llamar, sino que hemos dejado de darles buenas razones para hacerlo.
Cuando una llamada o un mensaje consiguen que el programa deje de sonar como algo producido para la audiencia y empiece a sentirse como algo producido con la audiencia, la radio recupera una de sus mayores fortalezas: la capacidad de hacer compañía y de convertir a miles de desconocidos en participantes de una misma conversación.

Tito López hace radio desde 1975 y ha creado formatos radiofónicos exitosos en Colombia, España, Portugal, Chile, Panamá y Costa Rica.
Es coach de talentos, intérprete de investigaciones de audiencia, productor, blogger, libretista y conductor de programas de radio.
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