
Un amigo me contó la siguiente historia de la vida real:
En su primer trabajo, hace varias décadas, le entró la fiebre de la radio hasta el punto de querer construir un estudio en su propia casa.
La consola mezcladora de la emisora en la que trabajaba había sido manufacturada por el ingeniero, que era el encargado de toda la parte técnica de la estación.
Mi amigo, a quien llamaremos ‘Estuardo’, le preguntó si podía construirle una consola similar. El ingeniero lo dijo que sí, que el costo sería de 10 000 pesos y que para empezar a fabricarla de inmediato necesitaba un adelanto de 5 000.
Esos 5 000 pesos colombianos, que ‘Estuardo’ sacó de su propio bolsillo, equivaldrían a unos 800 dólares de hoy, una suma nada despreciable para un joven de 20 años que soñaba con ser estrella de radio.
‘Estuardo’ accedió, le dio el dinero, pero la consola nunca apareció. El ingeniero, para decirlo claramente, se robó la plata.
Mi amigo se retiró unos meses después de esa emisora y no volvió a saber del ladrón. Sin embargo, un par de años más tarde entró a trabajar en otra empresa como director y locutor, y tuvo la mala suerte de encontrarse con el nefasto personaje.
El ingeniero trabajaba allí como técnico externo. Es decir, no era de planta, sino que prestaba servicios profesionales. Su trabajo consistía, básicamente, en reparar daños que ocurrieran ocasionalmente. El problema es que la emisora tenía unos equipos viejos, descuidados, que se averiaban a cada rato.
Y lo peor: acceder al puesto de transmisión, ubicado en una montaña remota y altísima sobre el valle de Medellín, era muy complicado. Además, no había planta eléctrica en ese lugar ni radioteléfono, así que comunicarse con el transmisorista (encargado de cuidar el lugar y la torre) era muy complicado en una época en la que no había celulares ni internet.
Aparte de esto, el ingeniero solo trabajaba en horas de oficina. Esto significa que, si la emisora tenía un daño en horas de la tarde, generalmente había que esperar a que llegara a repararlo al día siguiente, mientras la emisora se mantenía con pésimo sonido o quedaba fuera del aire hasta entonces.
‘Estuardo’ era muy exigente con el sonido. Quería reforzar el ‘ponche’, quería que los bajos retumbaran, que la señal se sintiera más potente en el radio, pero nadie le prestaba atención.
Y uno de los problemas más frecuentes era que el enlace, que estaba ubicado cerca de la cabina de transmisión, dejaba de funcionar de un momento a otro, o sea que la señal que se originaba en el estudio no llegaba a transmisores y quedaban completamente en silencio hasta que el ingeniero se dignara venir a repararlo.
Entonces ‘Estuardo’ descubrió una solución: si se le daba un pequeño golpe en el costado, el enlace ‘enganchaba’ de nuevo y podía enviar la señal a transmisores. Y, por otro lado, si el ingeniero no venía, pues él mismo le metería la mano a la consola, al procesador y a los preamplificadores de las tornamesas para buscar la calidad de sonido deseada.
Así transcurrió un tiempo, pero, como era de esperarse, no se solucionaban los problemas.
Entonces “Estuardo”, molesto por esta incompetencia, comenzó a actuar por cuenta propia.
Con el fin de crear urgencia, llevó una jeringa con agua, y disparaba chorros dentro de la consola, a ver si por fin el ingeniero venía a hacer la reparación que tanto necesitaba. También deslizaba la punta de un destornillador sobre los circuitos de esa consola, esperando crear un corto o un daño general.
Sin embargo, de manera increíble, la consola siguió tan campante. Los equipos de antes eran cosa seria: ¡indestructibles!
Por otro lado, el enlace seguía poniendo problemas. Ya se sabía que la solución era darle un pequeño golpe al costado para que comenzara a funcionar otra vez, pero con el tiempo el daño fue creciendo, y ‘Estuardo’ cada vez lo golpeaba más fuerte.
Un día fue tan grande su frustración que decidió pegarle golpes al enlace con un martillo. Primero, suavemente, pero al no ‘enganchar’, comenzó a darle más y más fuerte… y estando en esas, ¡llegó el ingeniero!
Este salió corriendo a la gerencia con las manos en la cabeza, gritando a todo pulmón y de manera desesperada: “¡Sabotaje, sabotaje!”.
Al final, el gerente llamó al orden a ambas partes. ‘Estuardo’ explicó su frustración, dejando en claro la negligencia e irresponsabilidad del ingeniero, quien fue despedido de inmediato. Pero ‘Estuardo’ no se salvó. Fue suspendido de su trabajo durante una semana.
El aprendizaje
Más allá de lo pintoresca que pueda parecer la anécdota, el caso deja una lección muy seria: cuando uno trabaja con alguien incompetente, irresponsable o negligente, debe cuidarse de no terminar actuando peor que él.
Por eso traigo a continuación algunos consejos para que usted los tenga en cuenta cuando se le llegue a presentar una situación parecida:
- No permita que la rabia le quite la razón
Cuando uno trabaja con una persona incumplida, negligente o poco profesional, es muy fácil llenarse de rabia. Más aún en radio, donde cualquier falla se nota de inmediato: un micrófono que no abre, una consola que mete ruido, un enlace que se cae, un transmisor fuera del aire, una llamada que no entra, una grabación que se pierde o una señal que suena débil frente a la competencia.
El problema es que la rabia puede hacerlo pasar de víctima a culpable en cuestión de segundos.
Usted puede tener toda la razón al quejarse. Puede llevar meses advirtiendo sobre un problema, haber pedido ayuda varias veces. Puede estar tratando de proteger el sonido de la emisora, especialmente si tiene un competidor agresivo, como le pasaba a ‘Estuardo’.
Pero si en medio de la frustración termina gritando, insultando, dañando equipos, saboteando procesos o exponiendo públicamente a otra persona, lo más probable es que el foco deje de estar en la incompetencia del otro y pase a estar en su propia reacción.
- Documente todo antes de explotar
Mi amigo era muy joven e inexperto, y nunca había trabajado en una organización más o menos grande, así que no estaba entrenado para afrontar situaciones de este tipo.
Él tenía que saber que una de las formas más inteligentes de manejar a un compañero incompetente es llevar registro de los hechos. No se trata de perseguir a nadie ni de llenar la empresa de memorandos. Se trata de tener claridad.
Si un técnico no responde, anote la fecha, la hora, el daño, el tiempo que la emisora estuvo afectada y las consecuencias al aire. Si un productor no entrega a tiempo, registre qué se pidió, cuándo se pidió y qué pasó. Si un vendedor promete algo imposible al cliente, deje constancia. Si un operador comete errores repetidos, anote los casos concretos.
La diferencia entre una queja y un reporte profesional está en la evidencia.
Decir “este tipo nunca hace nada” no soluciona nada. Decir “en las últimas cuatro semanas hemos tenido seis fallas en el enlace, con un tiempo total aproximado de tres horas fuera del aire, y en tres ocasiones no hubo respuesta técnica hasta el día siguiente” ya es otra cosa.
La evidencia baja la emoción y sube la seriedad del reclamo.
- Separe el problema de la persona
En radio hay egos, historias viejas, heridas, rivalidades y cuentas pendientes. Por eso es muy fácil convertir un problema laboral en un ataque personal.
No es lo mismo decir “el enlace está fallando y necesitamos una solución definitiva” que decir “este ingeniero no sirve para nada”, y no es lo mismo pedir una revisión de procesos que iniciar una guerra personal.
Cuando se ataca a la persona, la discusión se vuelve emocional, pero si se enfoca en el problema, es más fácil encontrar una solución.
Eso no significa maquillar la realidad. Si alguien incumple, si alguien no responde, si alguien está afectando el trabajo de los demás, hay que escalarlo, pero conviene hacerlo con hechos, no con insultos.
La idea no es humillar al incompetente. El objetivo es resolver lo que su incompetencia está dañando, aunque en este caso había una verdadera sed de venganza, al tener que trabajar con el personaje que le robó el dinero.
- Use los canales correctos
En toda empresa debería existir una ruta para manejar problemas internos: hablar primero con la persona, luego con el jefe inmediato, luego con la gerencia o con recursos humanos, según el caso. En muchas emisoras esa ruta no está clara, pero eso no significa que uno deba tomar justicia por mano propia.
Si el problema es técnico, debe involucrarse al responsable de ingeniería, al director de la emisora y a la gerencia. Si el problema es de contenidos, debe tratarse con producción o programación. Si es comercial, con ventas. Si afecta el ambiente laboral, con quien tenga autoridad para intervenir.
El error es convertir la frustración en espectáculo. Quejarse en los pasillos, hacer comentarios venenosos en los grupos de WhatsApp, ridiculizar al compañero al aire o sabotear el trabajo de otro casi nunca resuelve nada. Al contrario, puede hacer que la persona que denuncia el problema termine pareciendo conflictiva.
Un reclamo bien presentado por el canal correcto tiene más posibilidades de ser escuchado que una explosión emocional en el momento equivocado.
- No se convierta en técnico, abogado, juez y verdugo al mismo tiempo
En radio, sobre todo en emisoras pequeñas o medianas, muchas personas aprenden a resolver de todo. El locutor sabe editar, el operador sabe producir, el productor sabe conectar un cable, el director sabe ajustar un procesador y el vendedor sabe grabar una cuña de emergencia. Esa versatilidad puede ser muy valiosa, pero hay límites.
Una cosa es ayudar a resolver un problema. Otra es intervenir equipos sin autorización, cambiar conexiones, modificar procesadores, abrir consolas, manipular transmisores o tomar decisiones técnicas que no le corresponden.
Y lo mismo aplica en otras áreas: no conviene prometerle cosas al cliente sin que el ejecutivo de ventas se entere, cambiar una pauta sin autorización, modificar una programación sin avisar o responder por otra persona sin tener autoridad.
Cuando alguien incompetente no hace su trabajo, la tentación es decir: “Entonces lo hago yo”. A veces toca ayudar, claro. Pero si usted asume tareas que no le corresponden sin permiso, puede terminar cargando con la responsabilidad si algo sale mal.
- Hable con firmeza, pero sin perder la compostura
Hay momentos en los que toca hablar duro. No todo se resuelve con sonrisas, paciencia y frases diplomáticas. Si una falla se repite, si alguien incumple, si la emisora pierde dinero, si la señal se cae o si el equipo queda mal frente a los oyentes, hay que decirlo con claridad.
Pero firmeza no es agresividad. Firmeza es decir: “Este problema ya ocurrió varias veces y necesitamos una solución definitiva”, pero agresividad es decir: “Usted es un inútil y por su culpa todo se está cayendo”.
La compostura es una herramienta de poder. Quien logra explicar un problema serio sin perder el control suele ser tomado más en serio que quien grita, aunque tenga buenos argumentos.
- No cubra eternamente la incompetencia de otro
Ser buen compañero no significa tapar errores indefinidamente. Hay personas que se aprovechan de quienes siempre resuelven. Llegan tarde porque el otro lo espera y no dice nada. No entregan el material porque saben que alguien más lo va a improvisar. No reparan el equipo porque otro lo “medio acomoda”.
Al principio, ayudar a los demás parece un acto de solidaridad, pero después puede convertirse en complicidad involuntaria.
Si usted siempre salva la situación sin dejar registro, la empresa nunca verá el verdadero tamaño del problema, y el incompetente seguirá igual, porque alguien más está absorbiendo las consecuencias.
- Evite la venganza disfrazada de justicia
A veces, cuando alguien ha sido irresponsable o deshonesto, uno siente que merece una lección. El problema es que esa “lección” puede terminar siendo una venganza.
Dejar que algo falle a propósito, esconder información, dañar un equipo, no avisar de un error, ridiculizar a alguien frente a los demás o provocar una crisis para que “por fin se den cuenta” puede sonar tentador en un momento de rabia. Pero profesionalmente es una trampa.
La venganza casi siempre termina ensuciando a quien la ejecuta.
Si el otro es incompetente, deje que los hechos lo demuestren. Si es irresponsable, que los registros lo evidencien. Si no cumple, que la gerencia lo vea con claridad, pero no cometa usted una falta mayor para probar una falta ajena.
- Proponga soluciones, no solo quejas
Hay empleados que detectan problemas. Otros, además de detectarlos, ayudan a resolverlos. La queja puede ser válida, pero la solución es más poderosa.
Un jefe puede cansarse de escuchar “esto no sirve, esto está mal, esto es un desastre”, pero difícilmente ignorará a alguien que llega con datos, consecuencias y alternativas razonables.
- Cuide su reputación, incluso frente a quien no la merece
Luego de lo sucedido, si estuviera en sus manos ¿usted contrataría a ‘Estuardo’?
Uno de los mayores retos profesionales es tratar correctamente a alguien que no se ha comportado correctamente con uno. No por debilidad, sino por inteligencia.
Usted no tiene que hacerse amigo de una persona incompetente. No tiene que justificarla ni tapar sus errores. Tampoco tiene que invitarla a almorzar, pero sí debe cuidar su propio comportamiento.
La reputación profesional se construye precisamente en esos momentos. Cualquiera puede ser amable con quien le cae bien. La verdadera prueba aparece cuando hay que trabajar con alguien difícil, lento, incumplido, soberbio o poco confiable.
Si usted logra manejar esa situación con firmeza, evidencia y respeto, quedará mejor parado. Si termina gritando, saboteando o actuando por rabia, le habrá regalado al otro la oportunidad de presentarse como víctima.
- Pida decisiones, no milagros
Cuando un problema lleva demasiado tiempo sin resolverse, llega un momento en que no basta con seguir reportándolo. Hay que pedir una decisión.
La empresa debe decidir si repara, cambia, sanciona, contrata, reemplaza, invierte o acepta el riesgo. Lo que no puede hacer es mirar hacia otro lado mientras el equipo se deteriora, la señal se cae o la convivencia se pudre.
Por eso, en vez de repetir eternamente “tenemos un problema”, conviene formularlo de manera más clara: “Necesitamos definir quién responde por esto, en qué plazo y con qué recursos”. Esa frase cambia la conversación.
- Aprenda cuándo insistir y cuándo tomar distancia
Hay batallas que vale la pena dar. Otras no dependen de uno. Si usted ya documentó, habló, propuso, escaló y aun así nadie hace nada, tal vez el problema no sea solo el compañero incompetente. Tal vez el problema sea una empresa que tolera la incompetencia.
Uno puede luchar por mejorar una emisora, pero no puede cargar solo con una cultura completa de descuido. Si la gerencia no escucha, si los procesos no existen, si los equipos se caen todos los días, si los irresponsables siguen protegidos y si quienes se preocupan por hacer las cosas bien terminan castigados, quizá sea momento de pensar en otro camino.
- Nunca dañe algo para demostrar que estaba dañado
Esta podría ser la gran lección de la historia. Dañar un equipo, provocar una falla, esconder una solución o crear una crisis artificial puede parecer una forma de llamar la atención, pero es una pésima decisión. Además de ser poco ética, puede tener consecuencias económicas, disciplinarias e incluso legales.
Si una consola está fallando, repórtela. Si un enlace se cae, documente cada caída. Si un transmisor no tiene respaldo, exija un plan. Si un técnico no responde, deje constancia. Pero no agrave el problema para que alguien lo tome en serio. La radio ya tiene suficientes riesgos reales como para inventar riesgos nuevos.
- Recuerde que la emisora está por encima del ego de todos
En una emisora pueden chocar muchas personalidades: el locutor estrella, el director exigente, el técnico que se cree dueño de los equipos, el vendedor que promete de más, el productor que vive apagando incendios, el gerente que mira los números y el operador que conoce todos los secretos de la cabina, pero por encima de todos está la emisora.
Por eso, ante un compañero incompetente, la pregunta no debería ser “¿cómo lo hago quedar mal?”, sino “¿cómo protegemos la emisora y resolvemos esto sin destruirnos entre nosotros?”. Esa diferencia marca la frontera entre la reacción infantil y la conducta profesional.
- Convierta la frustración en procedimiento
La frustración no siempre es mala. A veces es una señal de que algo necesita cambiar. El problema es cuando se queda en rabia, sarcasmo o improvisación.
Cada falla repetida debería convertirse en una pregunta de procedimiento: ¿qué hacemos si vuelve a pasar?, ¿quién responde?, ¿a qué número se llama?, ¿cuánto tiempo máximo podemos estar así?, ¿hay equipo de respaldo?, ¿hay repuestos?, ¿quién autoriza una compra?, ¿quién informa a la audiencia?, ¿quién documenta el incidente?
Cuando una empresa convierte la frustración en procedimiento, mejora, pero si solo la convierte en regaños, rumores o castigos, el problema no solo no se va, sino que seguirá repitiéndose.
Conclusión
Trabajar con alguien incompetente puede ser desesperante, más aún en radio, donde los errores no siempre se quedan dentro de la oficina, sino que salen al aire, dañan el sonido, afectan la pauta, molestan al oyente y golpean la imagen de la emisora.
Pero precisamente por eso hay que actuar con cabeza fría. El compañero irresponsable debe responder por sus fallas. La empresa debe invertir, organizar y exigir, pero usted también debe cuidar su propia conducta.
La historia de ‘Estuardo’ es real. Su nombre, no. Pero le recomiendo no ser como él. No hay que crear una crisis de ese tamaño para llamar la atención ante un problema. Para eso existen los procesos. Eso se llama ser un profesional de la radio.

Tito López hace radio desde 1975 y ha creado formatos radiofónicos exitosos en Colombia, Portugal, Chile, Panamá y Costa Rica.
Es coach de talentos, intérprete de investigaciones de audiencia, productor, blogger, libretista y conductor de programas de radio.
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