10 consejos para mejorar la manera como hablamos al aire

Conozca el proceso físico que ocurre con su voz y su aparato fonador desde que piensa lo que va a decir hasta que el micrófono se apaga. De esta forma, seguramente podrá sacar más provecho a su voz.

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Una buena locución no consiste en tener una “voz de radio”. Consiste en pensar con claridad, respirar bien, hablar sin esfuerzos innecesarios, pronunciar correctamente y utilizar la voz para transmitir una intención.

Uno podría pensar que hablar por radio es algo bastante sencillo. El locutor piensa lo que quiere decir, abre el micrófono y habla. Y, de hecho, cuando se tiene experiencia, todo sucede de una manera tan natural que difícilmente nos ponemos a pensar en lo que está ocurriendo detrás de esa simple intervención.

Sin embargo, desde el instante en que aparece una idea en nuestra cabeza hasta que las palabras llegan al micrófono se produce una extraordinaria cadena de acontecimientos en la que participan el cerebro, los pulmones, el diafragma, la laringe, las cuerdas vocales, la garganta, la boca, la lengua, los labios, la mandíbula y hasta nuestros propios oídos.

Todo eso puede ocurrir en una presentación de apenas cinco segundos o durante una intervención de varios minutos. Y entender cómo funciona ese proceso puede ayudar a corregir algunos vicios, aprovechar mejor la respiración, mejorar la dicción, manejar la velocidad y la entonación y, en general, hacer una locución más natural y agradable.

Porque la voz no comienza en la garganta. Comienza mucho antes.

Primero aparece la idea

Supongamos que usted está haciendo un turno musical. Termina una canción, tiene que identificarla, mencionar la hora y presentar la siguiente. Seguramente ya ha hecho algo parecido cientos o miles de veces, así que puede parecer una operación completamente automática, pero antes de que salga la primera palabra su cerebro ya comenzó a trabajar.

Primero tiene que decidir qué quiere decir. Probablemente piensa algo parecido a: voy a identificar la canción que acaba de sonar, después doy la hora, hago un comentario corto y enseguida presento la siguiente. Todo eso puede ocurrir en una fracción de segundo y casi sin que usted sea consciente de ello.

Luego viene un segundo proceso: encontrar las palabras necesarias para expresar esa idea y organizarlas en un orden lógico. Es decir, el cerebro no solo tiene que saber lo que quiere comunicar, sino decidir cómo hacerlo. Y esto es importante porque una buena locución comienza, precisamente, teniendo claro qué se quiere decir.

Muchos de los problemas que escuchamos al aire no se originan en la voz sino en el pensamiento. Cuando un locutor abre el micrófono sin tener muy claro para dónde va, empiezan a aparecer las muletillas, las repeticiones, las frases que no terminan en ninguna parte y esos incómodos momentos en los que parece estar buscando qué decir mientras ya está hablando.

No significa que haya que escribir mentalmente cada intervención antes de hacerla. Eso sería imposible y probablemente terminaría haciendo que la locución sonara demasiado preparada. Lo importante es tener clara la idea principal y, especialmente en intervenciones algo más largas, saber dónde quiere comenzar y dónde quiere terminar.

El cerebro prepara algo más que las palabras

Pero el cerebro no se limita a escoger las palabras. También determina, en buena medida, cómo van a ser dichas. Dependiendo de lo que usted quiera comunicar, cambiarán la velocidad, el volumen, la entonación, los énfasis y las pausas.

No hablamos igual cuando anunciamos que alguien ganó un premio que cuando informamos sobre un accidente. Tampoco presentamos de la misma manera una canción alegre de los años 80 que una balada romántica a las once de la noche. Incluso una frase tan sencilla como “ya regresamos” puede expresar entusiasmo, tranquilidad, expectativa, urgencia o aburrimiento dependiendo de cómo sea pronunciada.

Todo esto resulta particularmente importante en radio porque el oyente no puede ver nuestra cara ni nuestros gestos. No sabe si estamos sonriendo, si levantamos las cejas o si movemos las manos mientras hablamos. Buena parte de esa información tiene que viajar a través de la propia voz.

Por eso, cuando una locución suena plana, muchas veces el problema no está en la calidad de la voz sino en la falta de intención. Se están pronunciando palabras correctamente, pero no se está comunicando lo que esas palabras deberían transmitir.

Para hablar necesitamos aire

Una vez que el cerebro sabe lo que queremos decir y comienza a enviar las órdenes necesarias para hacerlo, aparece el elemento que proporciona la energía para producir la voz: el aire.

Los pulmones almacenan el aire que entra cuando respiramos y, al exhalar, este sube por la tráquea hasta llegar a la laringe. Allí comienza realmente la producción del sonido.

Esto explica una situación muy común entre quienes trabajamos frente a un micrófono. Uno comienza una frase con toda la energía del mundo, se entusiasma, agrega un comentario, luego otro, decide meter una información adicional y, cuando finalmente intenta cerrar la idea, descubre que prácticamente no le queda aire.

Entonces las últimas palabras salen atropelladas, disminuye el volumen, se pierde claridad o aparece una presión innecesaria en la garganta.

La solución no consiste simplemente en llenar los pulmones al máximo antes de hablar. De hecho, tomar demasiado aire también puede producir tensión. Lo importante es aprender a administrarlo, calcular aproximadamente la duración de las frases y aprovechar las pausas naturales para respirar nuevamente.

Esto también tiene mucho que ver con la manera como construimos nuestras intervenciones. Una frase de cuarenta palabras, llena de aclaraciones y comentarios adicionales, no solo puede ser difícil de entender para el oyente. También puede ser físicamente difícil de pronunciar de una sola vez.

En ese sentido, aprender a respirar mejor también puede enseñarnos a escribir y hablar mejor.

El diafragma también participa

Siempre se habla de la famosa “respiración diafragmática” y algunas veces se presenta como si existiera una manera especial de enviar el aire directamente hacia el abdomen. En realidad, el aire siempre entra a los pulmones, pero el diafragma, un gran músculo ubicado debajo de ellos, cumple un papel fundamental en el proceso respiratorio.

Cuando inspiramos, el diafragma desciende y permite que los pulmones se expandan. Al hablar, una buena coordinación entre la respiración y los músculos que controlan la salida del aire permite mantener una presión más estable y evita que tengamos que compensar haciendo esfuerzos innecesarios con la garganta.

Por eso los profesionales de la voz suelen insistir tanto en trabajar la respiración. No se trata únicamente de tener suficiente aire para terminar una frase, sino de conseguir que ese aire salga de manera controlada y sirva como soporte para la voz.

También influye la postura. Es difícil respirar cómodamente si estamos completamente encorvados sobre la consola, con los hombros tensos o con el cuello en una posición incómoda. Y esto es algo que ocurre con mucha frecuencia en cabinas donde el locutor, además de hablar, está pendiente de la pantalla, dispara comerciales, responde mensajes, mueve controles y trata de acercarse al micrófono al mismo tiempo.

En la laringe nace el sonido

El aire que sale de los pulmones llega a la laringe, donde se encuentran los pliegues vocales, más conocidos popularmente como cuerdas vocales.

Cuando respiramos normalmente esos pliegues permanecen separados para permitir el paso del aire. Cuando hablamos se aproximan y el aire que viene desde los pulmones hace que vibren rápidamente. Esa vibración produce el sonido básico de nuestra voz.

La velocidad a la que vibran influye en el tono. En términos generales, una vibración más rápida produce sonidos más agudos y una más lenta, sonidos más graves. Sin embargo, la voz que finalmente escuchamos depende de muchas otras cosas que ocurren después.

Aquí aparece uno de los errores más tradicionales de la radio: tratar de fabricar una voz que no es la propia.

Durante décadas existió la idea de que un locutor debía tener una voz muy grave, profunda y resonante. Seguramente esa imagen todavía permanece en la cabeza de mucha gente y lleva a algunos principiantes a bajar artificialmente el tono, apretar la garganta o producir una voz impostada con la intención de sonar “más profesionales”.

Además de que hoy ese estilo generalmente suena anticuado, mantener durante mucho tiempo una voz producida con esfuerzo puede generar cansancio y molestias. Una buena voz de radio no tiene que ser necesariamente grave. Tiene que ser clara, agradable, expresiva y, sobre todo, sostenible durante las horas que dura un turno.

En otras palabras, probablemente sea mejor aprender a utilizar correctamente la voz que uno tiene que tratar de inventarse otra.

La voz toma forma

El sonido que se produce en la laringe todavía no es exactamente la voz que escuchará el público. A medida que sube por la garganta y pasa por diferentes cavidades, particularmente la boca y la nariz, ese sonido se modifica y adquiere las características propias de cada persona.

Es lo que conocemos como resonancia.

La forma y el tamaño de esas cavidades, junto con nuestras características anatómicas particulares, ayudan a determinar el timbre que hace reconocible nuestra voz. Por eso podemos identificar a una persona conocida apenas dice “aló”, incluso si está hablando desde un teléfono con una calidad de sonido bastante deficiente.

Los locutores pueden aprovechar mejor esa resonancia evitando tensiones innecesarias y permitiendo que la mandíbula, la boca y el resto del aparato vocal trabajen con libertad. Hablar con los dientes prácticamente cerrados o con la mandíbula rígida limita el movimiento y puede restarle claridad y naturalidad a la voz.

Algunas veces, cuando alguien siente que su voz no tiene suficiente presencia, intenta resolver el problema aumentando el volumen. Sin embargo, no siempre hace falta hablar más fuerte. En muchos casos basta con mejorar la respiración, liberar tensiones y articular correctamente para obtener una voz mucho más presente.

Ahora hay que convertir ese sonido en palabras

Hasta este momento tenemos aire y tenemos sonido, pero falta convertirlo en lenguaje comprensible. Allí entran en acción la lengua, los labios, la mandíbula, los dientes y el paladar, que trabajan a gran velocidad para producir las vocales, consonantes, sílabas y palabras.

Es un mecanismo extraordinariamente preciso que normalmente utilizamos sin pensar en él. Sin embargo, basta que alguna parte no trabaje correctamente para que la claridad disminuya.

Eso explica por qué una persona puede tener una voz espectacular y, sin embargo, ser difícil de entender. Tener buena voz y tener buena dicción son dos cosas diferentes.

En radio suele ocurrir que, con el tiempo, algunos locutores adquieren demasiada confianza y comienzan a relajar la articulación. Se comen terminaciones, unen varias palabras, reducen consonantes o aceleran tanto que ciertas sílabas prácticamente desaparecen.

Muchas veces no hace falta hacer complicados ejercicios de dicción para comenzar a corregir ese problema. Una primera medida muy sencilla consiste en bajar ligeramente la velocidad y permitir que los labios y la lengua tengan tiempo de completar cada palabra.

Tampoco se trata de pronunciar exageradamente como si estuviéramos dando una clase de actuación. La conversación cotidiana tiene contracciones y movimientos naturales. El objetivo es que el oyente entienda todo sin sentir que estamos haciendo un esfuerzo extraordinario para vocalizar.

Y mientras hablamos, nos estamos escuchando

Hay otro elemento del proceso que resulta especialmente interesante para quienes trabajamos en radio. Mientras hablamos, nuestro cerebro continúa recibiendo información sobre lo que estamos haciendo. No solamente controla los movimientos de la boca y la respiración, sino que también escucha el resultado.

Es decir, existe una especie de circuito permanente de retroalimentación. Usted habla, se escucha, el cerebro compara lo que está oyendo con lo que esperaba producir y realiza pequeños ajustes prácticamente en tiempo real.

Todos hemos experimentado esto cuando hablamos en un lugar muy ruidoso. Sin darnos cuenta comenzamos a levantar la voz porque no nos escuchamos con suficiente claridad. Lo mismo puede ocurrir en una cabina.

Por eso los audífonos son mucho más importantes de lo que algunas veces pensamos. No sirven únicamente para escuchar la música o saber qué está ocurriendo al aire. También influyen directamente en la manera como usamos nuestra propia voz.

Si el volumen de los audífonos está demasiado bajo, es posible que usted termine hablando más fuerte de lo necesario. Si está excesivamente alto, podría comenzar a reducir inconscientemente la intensidad de su voz. Y si uno de los canales no funciona correctamente o existe algún retraso extraño en el monitoreo, hablar puede llegar a convertirse en una experiencia bastante incómoda.

Encontrar un nivel de audífonos en el que uno se escuche claramente, sin necesidad de tener un volumen exagerado, también forma parte de una buena técnica de locución.

Finalmente aparece el micrófono

Después de todo este recorrido llegamos al aparato al que normalmente le atribuimos buena parte de la magia: el micrófono.

El micrófono toma las ondas sonoras producidas por nuestra voz y las convierte en una señal eléctrica que posteriormente será procesada, ecualizada, comprimida, transmitida y finalmente reproducida en el receptor, el teléfono, el computador o el parlante donde esté escuchando el oyente.

Naturalmente, un buen micrófono y un buen procesamiento pueden hacer que una voz suene mucho mejor. También una mala ecualización o una compresión exagerada pueden arruinarla.

Pero vale la pena recordar que el micrófono está prácticamente al final de todo el proceso.

Puede darle más cuerpo a una voz, resaltar determinadas frecuencias y conseguir que suene más cercana o más poderosa, pero no puede organizar una idea confusa, corregir una mala respiración, mejorar una dicción descuidada ni ponerle intención a una frase que se dijo de manera completamente plana.

Por eso resulta curioso que muchas personas que quieren mejorar su sonido comiencen preguntando qué micrófono deberían comprar, cuando probablemente podrían obtener mejores resultados aprendiendo primero a utilizar el instrumento que está delante del micrófono.

Ese instrumento es su propio cuerpo.

10 consejos para mejorar nuestra puesta al aire

¿Qué podemos aprender de todo este proceso? Una vez entendido el recorrido completo de la voz, desde el pensamiento hasta el micrófono, aparecen algunas recomendaciones muy sencillas que pueden mejorar considerablemente la manera como hablamos al aire.

  1. Sepa qué quiere decir antes de abrir el micrófono. No necesita memorizar una frase ni preparar cada palabra, pero sí conviene tener clara la idea. En una presentación corta bastará con saber qué información va a entregar y cómo piensa terminar. En una intervención más larga es recomendable tener mentalmente dos o tres puntos que servirán como ruta.
  2. Aprenda a respirar mientras habla. No espere a quedarse completamente sin aire. Aproveche las comas, los puntos y las pausas naturales para respirar nuevamente. Si constantemente termina las frases apurado, probablemente esté tratando de decir demasiado con una sola respiración.
  3. No fuerce una voz que no es la suya. Si para sonar más grave tiene que apretar la garganta, bajar excesivamente la cabeza o hacer un esfuerzo permanente, probablemente está utilizando mal su voz. La naturalidad termina siendo mucho más agradable y, además, le permitirá trabajar durante más tiempo sin cansarse.
  4. Cuide su postura. No hace falta sentarse como un soldado, pero sí conviene evitar trabajar permanentemente encorvado, con los hombros levantados o el cuello tensionado. Una posición cómoda facilita la respiración y permite que la voz salga con menos esfuerzo.
  5. Articule sin exagerar. Abra suficientemente la boca, permita que la mandíbula se mueva y procure terminar las palabras. Si siente que se está comiendo sílabas, antes de hacer cualquier otra cosa pruebe simplemente bajando un poco la velocidad.
  6. Utilice las pausas. Muchos locutores parecen sentir que un segundo de silencio es una tragedia y tratan de llenar cada espacio con palabras. Las pausas permiten respirar, organizar el pensamiento y darle sentido a lo que estamos diciendo. Bien utilizadas también ayudan a crear expectativa y permiten que el oyente procese mejor la información.
  7. Preste atención a los audífonos. Encuentre un volumen que le permita escucharse con claridad sin necesidad de subirlos demasiado. Recuerde que lo que usted escucha mientras habla puede modificar inconscientemente la manera como utiliza su voz.
  8. Escuche sus propias grabaciones. No se limite a decidir si le gusta o no el sonido de su voz. Escuche de otra manera. Trate de descubrir dónde se queda sin aire, qué palabras no pronuncia claramente, cuándo acelera, qué muletillas repite, dónde pierde energía y cuáles son los momentos en los que suena más natural. Un buen aircheck puede enseñar mucho más que cualquier elogio.
  9. Tome agua y cuide la voz fuera del estudio. Las largas conversaciones, hablar a gritos en ambientes ruidosos, fumar, dormir poco o pasar varias horas utilizando la voz sin descanso también tienen consecuencias. Quien trabaja hablando debería cuidar su instrumento de la misma manera que un músico cuida el suyo.
  10. Si algo duele, no es normal. El cansancio ocasional después de una jornada particularmente intensa puede ocurrir, pero hablar no debería producir dolor. Una ronquera persistente, pérdida frecuente de la voz o molestias que se repiten justifican consultar a un especialista.

Conclusión

Tal vez después de tantos años frente a un micrófono terminamos olvidando lo extraordinario que resulta algo aparentemente tan sencillo como hablar.

En apenas unos segundos, el cerebro crea una idea, encuentra las palabras, organiza una frase y coordina los músculos necesarios para ejecutarla. Los pulmones proporcionan el aire, la laringe genera el sonido, las cavidades de resonancia le dan buena parte de sus características, la lengua y los labios lo convierten en palabras y nuestros propios oídos supervisan permanentemente el resultado.

Todo eso ocurre antes de que el micrófono haga su trabajo.

Conocer el proceso no significa que a partir de ahora haya que pensar conscientemente en el diafragma, las cuerdas vocales o la posición de la lengua cada vez que se abre el micrófono. Sería imposible hacer radio de esa manera. La idea es justamente la contraria: entender qué está ocurriendo para detectar dónde puede estar un problema y trabajar en él hasta que la solución termine convirtiéndose en algo natural.

Después de todo, una buena locución no consiste en tener una “voz de radio”. Consiste en pensar con claridad, respirar bien, hablar sin esfuerzos innecesarios, pronunciar correctamente y utilizar la voz para transmitir una intención.

El micrófono hará el resto.

ACERCA DEL AUTOR
Tito López hace radio desde 1975 y ha creado formatos radiofónicos exitosos en Colombia, España, Portugal, Chile, Panamá y Costa Rica.
Es coach de talentos, intérprete de investigaciones de audiencia, productor, blogger, libretista y conductor de programas de radio.
Lo puede seguir en Facebook como Oscar.Tito.Lopez y en X como oscartitolopez.
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