A la Radio entré como la humedad: Gustavo Alvite

Un día al locutor se le ofreció un refresco, y yo estaba a la mano. Así comencé a meterme, hasta que un día llegué a la cabina y alguien me preguntó si me gustaría anunciar. Me abrió el micrófono y dije la hora: Ricardo Alvite.

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La mitología nos dice que, muchas veces, el nacimiento de los grandes hombres viene marcado por extraños signos, portentos en el cielo o raras coincidencias que son como un presagio para el recién nacido. Quizás el caso de Gustavo Alvite no sea la excepción. El día que yo nací, mi papá le regaló un radio a mi madre, explica el legendario locutor, acostumbrado más a entrevistar que a ser entrevistado.

Su característica voz de barítono —la voz institucional de reconocidos emporios mexicanos— resulta conocida para muchas personas, aunque quizá no su rostro. Mucha gente me encuentra en la calle y me dice: `A usted lo escucho en la radio desde que era niño ́, comenta el locutor, cuya labor es reconocida no sólo por haberla aderezado con su vasta cultura sobre la música mexicana, sino con su defensa de los derechos de los compositores.

Alvite Martínez nació en el seno de una familia sencilla, en una población limítrofe entre los estados de Puebla y Veracruz, San Andrés Chalchicomula —hoy conocida como Ciudad Serdán—, y fue el cuarto de cinco hermanos. Su padre, el señor Alvite, era mecánico y se dedicaba a arreglar automóviles. Un tío mío que se abocó a buscar el origen del apellido, encontró que mi abuelo —que era español— nació en un pueblo gallego llamado Alvite. En aquel entonces, los españoles que llegaban a México adoptaban como apellido el pueblo en que nacían. Creo que originalmente el nuestro era López, pero como mis antepasados no traían papeles, se registraron con el nombre de la provincia que habían dejado para siempre. Mi mamá era ama de casa. Los dos eran gente muy sencilla. Ella era aficionada a la música; le llamaban la atención en sobremanera los autores, los artistas, las canciones en general; yo creo que de ahí, de su enseñanza, y probablemente de sus genes, fue que me aficioné tanto a ese mundo.

Al pie del volcán

Ciudad Serdán fue fundada en 1560 al pie del Pico de Orizaba, la elevación más alta de México. Ahí empezó mi afición al radio; fue la primera ventana de comunicación que tuve con el mundo. A pesar de que la señal no era buena en ese lugar, escuchaba lo que podía, sobre todo estaciones de Orizaba, que está relativamente cerca, y de la Ciudad de México, la clásica XEW. Ahí empezó todo. Serdán contaba entonces con unos 15 o 20 mil habitantes y no ofrecía muchas posibilidades. Gustavo estudió en la primaria Francisco I. Madero, uno de los seis “centros escolares” que fundó el gobernador Rafael Ávila Camacho y que, al contar con todos los adelantos pedagógicos de la época, se convirtieron en instituciones modelo para el país. Estos centros incluían konder, primaria y secundaria, escuela de comercio, artes y oficios y preparatoria. Ahí estudió hasta la secundaria. Cuanto tenía quince años, sin embargo, una tragedia ensombreció la vida familiar. Perdí a mi papá en un accidente automovilístico. Mi padre no dejó mucho con qué sobrevivir, mis hermanas ya se habían casado y mi mamá no tenía posibilidades económicas. Hice de todo. Anduve en todas partes pasando más hambres que bonanzas: fui empleado en algunos supermercados, acompañé a algunos músicos en los mercados, aunque no tocaba nada. Hubiera querido cantar, pero no tenía ni las posibilidades ni la educación, y con hambre, mucho menos las ganas.

A tapar hoyos y crudas

En Ciudad Serdán había una pequeña estación de radio, la XELU Esmeralda Comunicaciones de amplitud modulada —la única del valle de Serdán— que medio sobrevivía. Había sido fundada por familiares de un notable radiodifusor mexicano del sureste, recuerda Alvite, pero como el pueblo no daba muchas posibilidades comerciales ni económicas, la había abandonado en manos de un socio que era campesino y no tenía la menor idea de la radio. El día que se inauguró, creo que en noviembre de 1959, fue todo un acontecimiento social. Ahí estaban todas las fuerzas vivas. Fui con la intención de ver, pero yo era un chamaquito desarrapado de siete años y nadie me hacía caso. Me llamaron mucho la atención, al fondo, la cabina iluminada, el locutor y el micrófono, algo que a mí me parecía mágico, y me instalé en la puerta. Intenté llegar a la cabina, pero había que cruzar el lugar donde estaban brindando todos los personajes del pueblo. Me sacaron tres veces, hasta que desistí y me senté en una barda a verlo. Con el tiempo me seguí acercando a la puerta de la estación. Yo entré como “la humedad” —como dice Marco Antonio Muñiz—, primero haciendo mandados. Un día al locutor se le ofreció un refresco, y yo estaba a la mano. Así comencé a meterme, hasta que un día llegue a la cabina, y alguien me preguntó si me gustaría anunciar. Me abrió el micrófono y dije la hora.

La estación trabajaba solamente de siete de la mañana a ocho de la noche; era una de esas concesiones que se llaman `de sol a sol ́. Un domingo llegué muy temprano. El locutor estaba en malas condiciones porque acababa de salir de una fiesta. Yo ya sabía cómo poner un disco en la tornamesa, sabía dónde se abría el micrófono y dónde estaban los comerciales, que en ese tiempo todavía eran leídos. Con esa confianza, el locutor me dejó cambiar un disco mientras él iba a comprarse un refresco. Así lo hice. Y pasó el tiempo. Una, dos y tres horas, hasta que llegó el concesionario de la estación. Cuando lo vi, sentí que la tierra me tragaba. Me preguntó: `¿Usted que hace aquí? ́. Le expliqué la situación —que no lo convenció— y fue a buscar al locutor. Pero él también, al parecer, se quedó allá en donde el locutor se estaba curando sus excesos, porque terminé el día, recogí las llaves y las fui a entregar a la casa del concesionario. Ésa fue mi carta de recomendación.

Me llegaron a dar un horario, que por cierto nunca me pagaron. En alguna ocasión un radiodifusor de Orizaba escuchó mi voz y me invitó a un aniversario de su emisora, la XEPP o La doble P de Orizaba. Llegué, hice mi participación en la cabina y, gracias a ella, quince días después, cuando el locutor suplente se fue de ésta —que lo hacía por un mes—, me llamaron. Es decir, siempre llegué como a tapar hoyos. Por cierto, tuve que salir de Orizaba porque el concesionario, cuando nos pagaba, lo hacía con un mes de retraso, y yo tenía que pagar el hospedaje en la casa de estudiantes donde vivía.

Extracto del Libro de moinitorLATINO En la misma Sintonía: Vidas en la radio.

Fin de la 1era parte

1 comentarios

  1. Excelente entrevista. Una persona que se hizo así mismo.
    Extraordinario comunicador.
    Talento genuino.
    Todo un personaje.
    Felicidades.☺

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