¿Por qué en Colombia hay frecuencias de radio que terminan en decimales “pares”?

En Colombia podría haber muchas más emisoras de FM, pero la miopía de sus legisladores limitó esa posibilidad, y el error nunca pudo ser corregido. Conozca los pormenores de este extraño caso.

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En buena parte de América es común encontrar secuencias como 88.1, 88.5, 88.9, 89.3, 89.7, 90.1 y así sucesivamente.

¿Sabía que en una ciudad como Bogotá se podrían asignar once emisoras más de las que existen actualmente en la banda de FM, si no hubiera sido por un error del Estado? ¿Y que esto pudo suceder igual en el resto del país?

Si alguna vez se ha detenido a mirar con atención el dial de FM, seguramente habrá notado algo curioso: la mayoría de las emisoras terminan en decimales como .1, .3, .5, .7 o .9.

Y si además vive o vivió en Colombia, habrá notado que el asunto se vuelve todavía más extraño, con frecuencias que parecen salirse del molde, como 89.4 o 90.4, es decir, terminadas en decimales ‘pares’. Y así se les denominó coloquialmente en el país.

La explicación no es caprichosa, aunque durante años así lo haya parecido.

Un poco de contexto

El espectro electromagnético está dividido por el Estado en diferentes bandas, asignadas a distintos servicios: radio AM, radio FM, televisión, telefonía móvil, aviación, microondas, entre otros. En lo que respecta a la radio comercial en FM, la banda va de los 88.0 a los 108.0 MHz.

Esa banda está dividida en canales de 200 kHz de ancho (0,2 MHz). Cada uno de esos canales tiene una frecuencia central, que es la que finalmente aparece impresa en el dial del radio.

Por ejemplo, un canal que va de 88.0 a 88.2 MHz tiene su frecuencia central en 88.1 MHz. El siguiente canal va de 88.2 a 88.4 MHz, con centro en 88.3 MHz. Luego vienen 88.5, 88.7, 88.9, y así sucesivamente.

De ahí nace la conocida “regla” no escrita según la cual las frecuencias de FM terminan en decimales impares.

Conviene aclarar algo importante: desde el punto de vista técnico no existen frecuencias pares o impares. Esa es solo una forma coloquial de referirse en Colombia a la numeración del dial, ya que fue algo nuevo a finales de los años 90.

Para la ingeniería, todas son simplemente frecuencias centrales separadas, como mínimo, por 200 kHz.

Ahora bien, aunque ese es el espaciado técnico básico, en la práctica muchos países decidieron espaciar las emisoras cada 0,4 MHz dentro de un mismo mercado. No porque fuera obligatorio, sino para reducir interferencias entre estaciones cercanas y simplificar la planificación del dial.

Por eso, en buena parte de América es común encontrar secuencias como 88.1, 88.5, 88.9, 89.3, 89.7, 90.1 y así sucesivamente.

Hasta aquí, todo parece razonablemente ordenado.

Colombia, sin embargo, decidió hacerlo distinto.

Cuando a mediados de los años 70 se concesionaron muchas de las frecuencias de FM, el entonces Ministerio de Comunicaciones optó por una planificación particular: asignar el mismo decimal a todas las emisoras de una misma ciudad.

Así, Bogotá y Medellín quedaron mayoritariamente en .9; Cali y Cartagena en .5, Barranquilla en .1, y lo mismo ocurrió en otras capitales.

La idea original no era absurda. Buscaba ordenar el dial y minimizar interferencias en un país montañoso, donde las antenas se ubicaban en la cima de cerros de gran altura y existía la posibilidad de que dos frecuencias similares en ciudades diferentes pudieran interferir entre sí.

También hay que tener en cuenta que cuando se hizo la asignación, la FM apenas comenzaba a desarrollarse y el número de emisoras era reducido, pero esto solo demuestra la miopía de los legisladores de la época.

El problema fue que esa decisión quedó congelada en el tiempo, mientras el resto del mundo fue ajustando y flexibilizando sus planes de frecuencias.

El resultado fue un dial rígido que, con el paso de los años, terminó convirtiéndose en un cuello de botella para el crecimiento de la radio FM en las principales ciudades del país.

Para complicar aún más el panorama, con el tiempo se otorgaron algunas frecuencias que rompían esa regla del decimal único. En Bogotá, por ejemplo, aparecieron 98.5 MHz y 99.1 MHz, lo que hizo imposible mantener una secuencia perfecta de emisoras terminadas en .9. (Por esa razón, hoy no existe una frecuencia 98.9 en la capital).

Cuando a finales de los años 90 se abrió una nueva licitación de frecuencias, la solución adoptada fue intermedia: ubicar nuevas emisoras entre las ya existentes. Así nacieron las llamadas frecuencias terminadas en .4.

Esas nuevas frecuencias quedaban equidistantes de sus vecinas, separadas por 0.5 MHz y dando lugar a secuencias como 88.9, 89.4, 89.9, 90.4, 90.9, etcétera.

Desde el punto de vista técnico, la solución era válida. Desde el punto de la audiencia, no tanto.

¿Por qué? Porque la mayoría de los receptores y sintonizadores comerciales de FM funcionaban, a diferencia de los europeos, en frecuencias ‘impares’, ya que provenían de Estados Unidos y Japón. El resultado fue que muchos radios simplemente no podían sintonizar las emisoras ubicadas en .4.

Esto dejó a esas estaciones en una clara desventaja frente a sus competidoras tradicionales, algo que cualquier colombiano que haya trabajado en la radio de los años 90 y 2000 recuerda bien.

Desperdicio del espectro

Pero hay otro efecto poco mencionado de esta decisión, y es el desperdicio de frecuencias. Al asignar durante años un solo decimal por ciudad, se dejó una separación mucho mayor a la necesaria entre emisoras.

En ciudades como Bogotá, el dial avanzaba de 88.9 a 89.9, luego a 90.9, y así sucesivamente, dejando espacios intermedios que, desde el punto de vista técnico, podían haberse aprovechado sin ningún problema.

En términos simples, cabían más emisoras en el mismo dial. No lo impedía la física ni la tecnología, sino una regla de planificación que bloqueó durante años esos espacios.

El resultado fue un dial más vacío de lo que debía estar, menos posibilidades para nuevos operadores y una oferta radial más limitada de la que el espectro permitía.

Si tomamos como ejemplo a Bogotá y miramos la situación actual del dial, la mayoría de las emisoras están separadas por saltos de 0.5 MHz, alternando frecuencias terminadas en .9 y .4.

Si ese esquema se aplicara de manera continua en toda la banda FM —desde los 88.0 hasta los 108.0 MHz— el resultado sería un máximo teórico de 39 emisoras.

Si hablamos de las emisoras FM “principales”, sin contar las comunitarias, actualmente, en el listado de Bogotá, aparecen 29 frecuencias FM, desde 88.9 hasta 107.9. Es decir, teóricamente, hoy en día hay espacio para 10 emisoras más en el dial.

El número de 39 no es una estimación caprichosa: es simplemente la consecuencia de usar separaciones más grandes de lo necesario. Entre una emisora y otra quedan espacios que, desde el punto de vista técnico, podrían haberse aprovechado, pero que el esquema actual deja vacíos.

Ahora bien, si en lugar de ese patrón se hubiera utilizado una separación más lógica de 0.4 MHz —que es perfectamente viable y se usa en otros países— el mismo dial permitiría hasta 50 emisoras dentro del mismo ancho de banda.

Esto significa que, en la actualidad, habría unas 20 frecuencias disponibles.

La diferencia es clara: hay menos emisoras, no por limitaciones físicas del espectro, sino por una forma de planificación que desperdició espacio. En una ciudad del tamaño de Bogotá, esa diferencia no es menor: son muchos posibles proyectos radiales que nunca tuvieron dónde ubicarse en el dial.

Y no se hizo nada al respecto…

En algún momento se planteó una reasignación completa del dial FM en Colombia. En el papel, la idea era lógica. En la práctica, era inviable. Bastaría imaginar el impacto de cambiar de un día para otro frecuencias tan posicionadas como 100.9 (Caracol) o 99.9 Caracol Estéreo) de Bogotá para entender por qué la propuesta nunca prosperó.

Con el tiempo, el propio mercado fue resolviendo el problema. Los fabricantes comenzaron a vender radios de estándar europeo, capaces de sintonizar pasos más finos de frecuencia.

Luego llegaron los radios digitales, los teléfonos celulares y los sistemas de audio modernos de los automóviles. Hoy, para la mayoría de los oyentes, el problema prácticamente ha desaparecido.

Lo que quedó fue una curiosidad histórica y una muestra clara de cómo decisiones técnicas, razonables en su momento, pueden tener consecuencias inesperadas cuando el contexto tecnológico y de mercado cambia.

Conclusión

Y así llegamos al corazón de este enredo: una decisión de planificación que nació en otra época terminó afectando durante algunos años a varias emisoras por la falta de previsión de los Ministerios de Comunicaciones de la época.

No fue la física ni la ingeniería lo que creó las “frecuencias pares”. Fue la combinación de una norma local -que asignó decimales iguales por mercado- con un mundo de aparatos diseñados para escuchar otra regla. Eso hizo que muchos receptores simplemente no vieran esas emisoras, como si no existieran.

Hoy las fronteras se han difuminado: los celulares, los radios digitales, los carros con sistemas modernos y las plataformas de streaming ya no discriminan entre .1, .4 o .9. Para la mayoría de los oyentes, el problema técnico ya no existe.

Queda, eso sí, como anécdota histórica, esa clase de historias que solo alguien que trabajó en radio a inicios de este siglo recuerda con mezcla de frustración y cariño.

ACERCA DEL AUTOR
Tito López hace radio desde 1975 y ha creado formatos radiofónicos exitosos en Colombia, Portugal, Chile, Panamá y Costa Rica.
Es coach de talentos, intérprete de investigaciones de audiencia, productor, blogger, libretista y conductor de programas de radio.
Lo puede seguir en Facebook como Oscar.Tito.Lopez y en Twitter como oscartitolopez.
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