Vidas en la radio: Gustavo Alvite

Un día al locutor se le ofreció un refresco, y yo estaba a la mano. Así comencé a meterme, hasta que un día llegué a la cabina y alguien me preguntó si me gustaría anunciar. Me abrió el micrófono y dije la hora: Gustavo Alvite.

0

La mitología nos dice que, muchas veces, el nacimiento de los grandes hombres viene marcado por extraños signos, portentos en el cielo o raras coincidencias que son como un presagio para el recién nacido. Quizás el caso de Gustavo Alvite no sea la excepción. El día que yo nací, mi papá le regaló un radio a mi madre, explica el legendario locutor, acostumbrado más a entrevistar que al ser entrevistado.

Su característica voz de barítono —la voz institucional de reconocidos emporios mexicanos— resulta conocida para muchas personas, aunque quizá no su rostro. Mucha gente me encuentra en la calle y me dice: `A usted lo escuchó en la radio desde que era niño », comenta el locutor, cuya labor es reconocida no sólo por haberla aderezado con su vasta cultura sobre la música mexicana, sino con su defensa de los derechos de los compositores.

Alvite Martínez nació en el seno de una familia sencilla, en una población limítrofe entre los estados de Puebla y Veracruz, San Andrés Chalchicomula —hoy conocida como Ciudad Serdán—, y fue el cuarto de cinco hermanos. Su padre, el señor Alvite, era mecánico y se dedicaba a arreglar automóviles. Un tío mío que se abocó a buscar el origen del apellido, encontró que mi abuelo —que era español— nació en un pueblo gallego llamado Alvite. En aquel entonces, los españoles que llegaban a México adoptaban como apellido el pueblo en que nacían. Creo que originalmente el nuestro era López, pero como mis antepasados no traían papeles, se registraron con el nombre de la provincia que habían dejado para siempre. Mi mamá era ama de casa. Los dos eran gente muy sencilla. Ella era aficionada a la música; le llamaban la atención en sobremanera los autores, los artistas, las canciones en general; yo creo que de ahí, de su enseñanza, y probablemente de sus genes, fue que me aficioné tanto a ese mundo.

Al pie del volcán

Ciudad Serdán fue fundada en 1560 al pie del Pico de Orizaba, la elevación más alta de México. Ahí empezó mi afición al radio; fue la primera ventana de comunicación que tuve con el mundo. A pesar de que la señal no era buena en ese lugar, escuchaba lo que podía, sobre todo estaciones de Orizaba, que está relativamente cerca, y de la Ciudad de México, la clásica XEW. Ahí empezó todo. Serdán contaba entonces con unos 15 o 20 mil habitantes y no ofrecía muchas posibilidades. Gustavo estudió en la primaria Francisco I. Madero, uno de los seis “centros escolares” que fundó el gobernador Rafael Ávila Camacho y que, al contar con todos los adelantos pedagógicos de la época, se convirtieron en instituciones modelo para el país.

Estos centros incluían konder, primaria y secundaria, escuela de comercio, artes y oficios y preparatoria. Ahí estudió hasta la secundaria. Cuanto tenía quince años, sin embargo, una tragedia ensombreció la vida familiar. Perdí a mi papá en un accidente automovilístico. Mi padre no dejó mucho con qué sobrevivir, mis hermanas ya se habían casado y mi mamá no tenía posibilidades económicas. Hice de todo. Anduve en todas partes pasando más hambres que bonanzas: fui empleado en algunos supermercados, acompañé a algunos músicos en los mercados, aunque no tocaba nada. Hubiera querido cantar, pero no tenía ni las posibilidades ni la educación, y con hambre, mucho menos las ganas.

A tapar hoyos y crudas

En Ciudad Serdán había una pequeña estación de radio, la XELU Esmeralda Comunicaciones de amplitud modulada —la única del valle de Serdán— que medio sobrevivía. Había sido fundada por familiares de un notable radiodifusor mexicano del sureste, recuerda Alvite, pero como el pueblo no daba muchas posibilidades comerciales ni económicas, la había abandonado en manos de un socio que era campesino y no tenía la menor idea de la radio. El día que se inauguró, creo que en noviembre de 1959, fue todo un acontecimiento social. Ahí estaban todas las fuerzas vivas. Fui con la intención de ver, pero yo era un chamaquito desarrapado de siete años y nadie me hacía caso. Me llamaron mucho la atención, al fondo, la cabina iluminada, el locutor y el micrófono, algo que a mí me parecía mágico, y me instalé en la puerta. Intenté llegar a la cabina, pero había que cruzar el lugar donde estaban brindando todos los personajes del pueblo. Me sacaron tres veces, hasta que desistí y me senté en una barda a verlo. Con el tiempo me seguí acercando a la puerta de la estación. Yo entré como “la humedad” —como dice Marco Antonio Muñiz—, primero haciendo mandados. Un día al locutor se le ofreció un refresco, y yo estaba a la mano. Así comencé a meterme, hasta que un día llegue a la cabina, y alguien me preguntó si me gustaría anunciar. Me abrió el micrófono y dije la hora.

La estación trabajaba solamente de siete de la mañana a ocho de la noche; era una de esas concesiones que se llaman `de sol a sol ́. Un domingo llegué muy temprano. El locutor estaba en malas condiciones porque acababa de salir de una fiesta. Yo ya sabía cómo poner un disco en la tornamesa, sabía dónde se abría el micrófono y dónde estaban los comerciales, que en ese tiempo todavía eran leídos. Con esa confianza, el locutor me dejó cambiar un disco mientras él iba a comprarse un refresco. Así lo hice. Y pasó el tiempo. Una, dos y tres horas, hasta que llegó el concesionario de la estación. Cuando lo vi, sentí que la tierra me tragaba. Me preguntó: `¿Usted qué hace aquí? ́. Le expliqué la situación —que no lo convenció— y fue a buscar al locutor. Pero él también, al parecer, se quedó allá en donde el locutor se estaba curando sus excesos, porque terminé el día, recogí las llaves y las fui a entregar a la casa del concesionario. Ésa fue mi carta de recomendación.

Me llegaron a dar un horario, que por cierto nunca me pagaron. En alguna ocasión un radiodifusor de Orizaba escuchó mi voz y me invitó a un aniversario de su emisora, la XEPP o La doble P de Orizaba. Llegué, hice mi participación en la cabina y, gracias a ella, quince días después, cuando el locutor suplente se fue de ésta —que lo hacía por un mes—, me llamaron. Es decir, siempre llegué como a tapar hoyos. Por cierto, tuve que salir de Orizaba porque el concesionario, cuando nos pagaba, lo hacía con un mes de retraso, y yo tenía que pagar el hospedaje en la casa de estudiantes donde vivía.

Radio Mil

En enero de 1970, Gustavo se trasladó a la Ciudad de México para iniciar una nueva vida. Llegué en calidad de aventura, a sobrevivir en la naciente Ciudad Netzahualcóyotl, que entonces se llamaba Aurora. Vendía cubiertos en las casas. Creo que en aquel entonces pude haber ganado cualquier competencia olímpica de 100 metros, porque les ganaba a todos los perros que me perseguían. Y es que había más perros que seres humanos en el fraccionamiento Aurora. Mi intención era estudiar en el Instituto Politécnico Nacional, pero llegué a la mitad del curso porque los periodos escolares eran diferentes y fue un poquito difícil ingresar. Sin embargo logré entrar a la Vocacional 6 del Politécnico, que es de ciencias médico-biológicas, para lo cual yo no tenía ni facultad, ni interés ni curiosidad siquiera. Todos los días escuchaba la radio, desde las cinco de la mañana, antes de irme a la escuela. Mi sueño dorado era estar en Radio Mil, una emisora que se me hacía moderna, muy dinámica y novedosa. Tenía un noticiero llamado Primera Plana, una síntesis muy ágil de quince minutos que conducía Germán Carvajal. Así que llegué directamente a Radio Mil a pedir trabajo, con tan buena fortuna que de inmediato me contrataron.

Radio Mil era la competencia de la XEW. Transmitía contenido familiar y buenos programas en vivo. La estación había nacido en 1942, en plena guerra mundial, y su primera emisión había sido la novena sinfonía de Beethoven. Fue una de las primeras en transmitir música grabada, en contraposición con las que tenían músicos ejecutando en vivo en el estudio, innovación recientemente adoptada en Estados Unidos. Radio Mil también fue de las primeras en acortar el tiempo de los comerciales a veinte o treinta segundo

s, en lugar de minutos. Trabajé durante veinte años de locutor en Radio Mil, recuerda Alvite. Me llamaba mucho la atención la producción, y con el permiso del director artístico, Arturo Venegas, comencé a hacer pequeñas producciones, a inventar promociones, como en el día de las madres. En ese tiempo (en los años 70) nació el día del compadre, y con eso hacía campañas; trataba de movilizar la estación, sin que me correspondiera.

A Radio Mil se agregó en 1953 la XEBS, Radio Sinfonola, que con su especialización en música ranchera llegó a posicionarse como una de las estaciones más populares entre la población capitalina, sobre todo la que provenía de zonas rurales y de provincia. El nombre de Radio Sinfonola, de acuerdo a Guillermo Salas, fundador de Núcleo Radio Mil, fue en recuerdo de las sinfonolas que se encontraban en los establecimientos de una cadena de cafés muy populares en aquel tiempo. A mí se me ocurrió ponerle Radio Sinfonola (para que) el público escogiera lo que quisiera escuchar y así lo tocaran, comentó en alguna ocasión el ya desaparecido empresario. Desde sus orígenes, Radio Sinfonola se decantó por la música ranchera. Una de sus columnas vertebrales consistió en La Hora de Pedro Infante, que existía desde que el cantante vivía y que el gusto popular había mantenido en el aire durante todos esos años. Después de un breve experimento con la música grupera en los años 80, que devino en una pronunciada caída de la emisora en el gusto de la gente, en 1992 Héctor Aguilera dejó la gerencia y el puesto fue ocupado inmediatamente por la voz institucional de la estación, Gustavo Alvite Martínez, quien devolvió la emisora al formato original bajo el slogan En ranchero, norteño y banda, Sinfonola es la que manda. Pero para entonces, precisa, la gente ya no tenía idea de que era una sinfonola. Había que modificar algo. En ese tiempo comenzaba a generalizarse la palabra “perrón” para calificar algo extraordinario, y se lo pusimos como apellido. Así, quedó Radio Sinfonola: La más perrona. Bajo Alvite, la estación comenzó a repuntar. El entusiasmo y liderazgo del nuevo director se vio reflejado, de acuerdo a Sosa y Esquivel en Las Mil y Una Radios, en locutores con una nueva actitud hacia el público, una nueva imagen visual y auditiva para la estación, entrevistas con artistas reconocidos —como en épocas anteriores, mucha gente acudía a la estación para saludar a los invitados—, promociones, transmisiones especiales con artistas renombrados —como la caravana hacia el Panteón Jardín, a la tumba de Pedro Infante— y mayor presencia en las celebraciones del calendario, como en el día de la madre. Recuerdo que en ese tiempo llegó una empresa brasileña a medir las audiencias en el país, y el dueño del grupo donde yo trabajaba me mandó llamar para preguntarme si yo sabía de quién era una emisora que se llamaba La Mas Perrona. Con gran sorpresa le dije que era nuestra; y es que a los dueños del Grupo Radio Centro les había llamado la atención que La Mas Perrona había obtenido un lugar importante en los ratings. Con eso, no tuvimos ya más opción que llamarle simplemente “La Mas Perrona”, para que sonara un poquito diferente a una denominación —Sinfonola— que algunos decían que ya era anacrónica.

En la emisora tuve mucho contacto con su audiencia, añade Gustavo. Gracias a eso gané algunas cuentas como locutor comercial — fui voz institucional de empresas como Suburbia, Herdez, Comermex, Grupo Modelo y Corona, que hice durante aproximadamente 35 años— porque platicaba mucho con la gente. Los habitantes de provincia que llegaban al Distrito Federal buscaban conservar el arraigo con su tierra, y se apoyaban en nuestra emisora. No dejábamos de tocar novedades, pero nunca abandonamos el catálogo. En ese tiempo se hablaba que la gente no pasaba ni dos horas escuchando una señal radiofónica, y yo intenté que la audiencia se quedara un poco más, sabiendo que lo que venía no sería una repetición de la hora y media anterior. Eso determinó la supervivencia de la emisora. Cuando salí en 2012, estaba en el lugar numero diez de una lista de sesenta estaciones del área metropolitana, solamente superada por las frecuencias moduladas.

Agrega un comentario

Please enter your comment!
Please enter your name here