Un día en la radio, hace 40 años

¿La radio ha sabido reinventarse?

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Donnie Miranda al aire en La Voz del Cine, Medellín, 1980.

¿Qué tanto ha cambiado la radio en los últimos 40 años? ¿Qué hacíamos antes y cómo se compara con la producción de radio de hoy?

Con la llegada de las nuevas tecnologías, especialmente las plataformas de música por streaming, la radio vuelve a enfrentar una dura competencia, en este caso más fuerte que cuando llegaron el cine, la televisión y los canales de videos musicales.

¿Pero la radio ha sabido reinventarse?

Voy a recordar mi caso personal advirtiendo que, en este ejemplo, la radio que hacíamos era totalmente empírica, en una empresa familiar de recursos escasos.

Los inicios

Donnie Miranda -mi mejor amigo- y yo, llegamos a La Voz del Cine sin ser grandes expertos. Habíamos hecho programas de radio grabados, en su mayoría, en un estudio improvisado que armamos en la casa de él.

En Medellín, nuestro paso por Emisoras El Poblado, La Voz de la Música, La Voz del Río Grande y Radio Bolivariana nos dejó algunas enseñanzas, pero realmente éramos muy novatos cuando se presentó nuestra gran oportunidad.

A inicios de 1978 se lanzó una emisora llamada La Voz del Cine. Sólo hasta hace unos meses caí en cuenta de que el nombre, probablemente, se debía a que pretendían hacer una programación basada en música de películas, teniendo en cuenta que uno de los socios tenía algunos cines en la ciudad.

El caso es que llegamos y encontramos unas instalaciones bien organizadas pero muy precarias desde el punto de vista técnico. Al fin y al cabo, la emisora no estaba concebida para tener locución

Así era la emisora

La Voz del Cine transmitía en los 1.530 kHz, al rincón derecho del dial A.M. Su transmisor, en el sector de Pajarito, al occidente de Medellín, solo tenía 1 kilovatio de potencia, no tenía transmisor de emergencia, planta eléctrica ni transmisorista.

Cuando se iba la energía o había un daño, había que esperar hasta el día siguiente para que el ingeniero subiera a encender de nuevo el transmisor.

Los estudios eran muy elementales: una consola de remotos marca Marti, dos tornamesas Rusco, un deck de cassettes y 2 cartucheras. Todo estaba empotrado en un mueble horizontal, bastante incómodo para trabajar.

A pesar de no haber hecho ni siquiera un turno de disc-jockeys, tuvimos la suerte de ser nombrados codirectores gracias al ‘carretazo’ que les metimos a los dueños, que realmente no tenían muchas expectativas con esa emisora.

Su interés estaba enfocado a su Radio Popular, que tenía un noticiero por el cual manejaban sus intereses políticos.

La parte técnica

A nuestra llegada como codirectores encontramos a dos operadores de audio: Carlos Alberto Ríos y John Jairo Muñoz. Más tarde conformaríamos con ellos un equipo ganador gracias a su gran talento.

El estudio contaba con una sala amplia con los equipos y una pequeña cabina de locución en el extremo del fondo que se pretendía usar ocasionalmente en caso de que se fuera a realizar algún programa.

Lo primero que hicimos fue tumbar el estudio y trasladarlo a la pequeña cabina de locución. Allí montamos un mueble improvisado. Colocamos la consola en el medio, las dos cartucheras una encima de la otra y una tornamesa a cada lado de la consola.

La idea que llevábamos era muy novedosa en ese momento: en lugar de tener un operador y un locutor, queríamos manejar nosotros mismos los equipos al tiempo que hablábamos.

El problema es que no había una base para el micrófono, así que lo amarramos a un palo de escoba. El otro problema es que no había micrófono, así que tuvimos que llevar los nuestros, y los audífonos, y un contestador telefónico, y unos pedales de efectos para la voz, y nuestras grabadoras de carrete abierto, y un receptor de radio con buen sonido, ¡incluso nuestros propios discos…!

Pero, bueno, la idea era hacer radio y así empezamos a transmitir en febrero de ese año.

La operación

No había una programación escrita. Donnie había visitado algunas emisoras en el Reino Unido y había escuchado con atención emisoras de Miami. De allí dedujo que la programación seguía algún patrón –un formato, diríamos hoy en día- y comenzamos a experimentar.

Gracias a que él y su papá viajaban regularmente a los Estados Unidos y a la Gran Bretaña, y a que tenían familiares allí, comenzamos a recibir música que no se conseguía en nuestro país. Esa música, en su mayoría, llegaba en discos sencillos, que giraban en las tornamesas a 45 vueltas por minuto.

La gran mayoría de canciones que íbamos a tocar eran éxitos del momento en Estados Unidos o Inglaterra, aunque ocasionalmente pasábamos algunos temas de archivo.

Entonces Donnie mandó a hacer un mueble pequeño dividido en 3 cajones. En cada uno poníamos los discos dependiendo de si eran suaves, movidos o de música Disco, que estaba de moda por esos días.

Su instrucción era que debíamos seguir una secuencia para lograr una curva musical agradable. La secuencia era Movido-Suave-Movido-Disco, y en ese orden íbamos sacando cada canción que, luego de sonar, debíamos ubicar al fondo del cajón correspondiente. De esta forma lográbamos una rotación de los éxitos.

Aunque algunas emisoras manejaban la figura del discotecario, nosotros no lo necesitábamos pues los discos los teníamos a la mano. Nuestro trabajo consistía, entonces, en sacar los discos, limpiarlos con un trapito, ponerlos a sonar, guardarlos luego en sus fundas y ubicarlos en los cajones respectivos.

Las cuñas y los elementos de producción de la emisora venían en cartuchos, una especie de cassettes de tamaño mediano que lograban muy buen sonido al contener cinta magnetofónica de ¼ de pulgada y que rodaba a una buena velocidad.

Pero lo mejor es que, luego de sonar cada cuña o promo, volvía a quedar lista para el arranque, así que no había que buscar el inicio de la grabación la próxima vez que fuera a sonar.

Las tornamesas

Para poner un disco había que buscar el inicio de la canción mientras estaba sonando otra al aire. Para ello se dejaba el plato de la tornamesa en posición neutral, de forma que pudiéramos hacerlo girar con la mano libremente hacia adelante o hacia atrás.

Poníamos el botón de la consola en la posición cue, y de esta forma podíamos escuchar en un pequeño parlante el inicio de la canción. Obviamente al mover el disco adelante y atrás en el inicio de la canción era habitual que la aguja dañara el disco y produjera algo de scratch. Gajes del oficio.

Cuando faltaban unos 10 segundos para que terminara la otra canción, encendíamos la tornamesa y sosteníamos con el dedo el disco que íbamos a lanzar y que flotaba sobre la tornamesa gracias a que estaba forrada en paño. Llegado el momento, abríamos la perilla y soltábamos el disco.

Esto había que repetirlo canción tras canción, las 24 horas del día. Bueno, realmente las 18 horas del día, porque a las 12 de la noche apagaban el transmisor para ahorrar energía y volvían a prenderlo, supuestamente, a las 6 de la mañana.

Si uno tenía que ir al baño había unas canciones que lo permitían: “Hotel California”, que duraba 7 minutos. “MacArthur Park” de Donna Summer, que duraba 6 minutos y medio. “Hey Jude” de Los Beatles, de 7 minutos y 11 segundos. “I’m not in love” de 10 CC, de 6 minutos y 10 segundos, o si la emergencia era muy grande, “In-a-gadda-da-vida” de Iron Butterfly, que daba para una necesidad más fuerte…

Los daños habituales eran: un brazo de la tornamesa mal balanceado –que se corregía poniendo una moneda encima para que no se saltara los surcos-; que se rayara un disco, haciendo que la aguja se quedara pegada repitiendo la misma frase de la canción eternamente; o que se dañara la aguja, lo que dejaba a la tornamesa inservible hasta que se pusiera una aguja nueva.

Los cartuchos

En la Voz del Cine teníamos una situación particular: pasábamos las cuñas en cartuchos, pero no teníamos grabadora de cartuchos. Por eso, cada cuña nueva o cualquier elemento de producción que hiciéramos, había que enviarlo al Sistema Colibrí.

Allí, el grabador Aldemar Gallo copiaba las cuñas y promos que le enviábamos en cinta magnetofónica a los cartuchos. Pero había un problema: en las emisoras de esa empresa –Colibrí Estéreo, Radio Colibrí y Radio Disco- solo usaban una cartuchera en cada estudio.

El operador debía pasar la cuña. Apenas terminaba tenía que sacar el cartucho con una mano y meter el siguiente a toda velocidad, dejando un bache de 1 o 2 segundos entre cuña y cuña. El grabador, consciente de ello, cortaba las ‘colas’ de las cuñas para dar más agilidad.

Y así nos cortaba nuestra producción, también.

Entonces decidí armar yo mismo los cartuchos en nuestra emisora. Descubrí que el sonido de la cuña dentro de un cartucho iba por el canal izquierdo, mientras que el canal derecho permanecía en silencio hasta el final de la cinta, donde tenía un tono de 1 kHz que disparaba el freno de la cartuchera.

Otro problema con los cartuchos es que estaban prefabricados para contener, habitualmente, dos cuñas de 30 segundos. Para ello se ponía cinta que pudiera durar un minuto y 10 segundos, aproximadamente. Esto hacía que, después de cada cuña, quedara un bache de unos 5 o 10 segundos.

Algunas veces teníamos que sacar el cartucho antes de que pasara ese tiempo y se nos olvidaba rebobinarlo. Por eso, soltábamos una cuña y sólo se oía la cinta correr en silencio. Era lo peor que nos podía suceder.

Bueno, tal vez era peor cuando la cinta se enredaba en la máquina o cuando se caían las esponjillas que ajustaban la cinta contra los cabezales de la cartuchera.

Y mientras poníamos la música y las cuñas también debíamos atender los teléfonos. La instrucción era clara: había que anotar, una a una, las canciones que nos pidieran. Con base en esas llamadas hacíamos el conteo diario de éxitos y ‘Las 20 Máximas’ del fin de semana.

Conclusión

Como se dan cuenta, vivíamos realmente ocupados. No había tiempo que perder. Sacar los discos, limpiarlos, ponerlos al aire, guardarlos. Sacar las cuñas y promos, armar el break, guardar ordenadamente los cartuchos.

Anotar la hora en la que pasaban las cuñas, salir al aire, presentar las canciones, atender los oyentes, anotar las canciones que pedían, estar pendientes del sonido de la emisora, especialmente si se iba del aire. Llamar al técnico. Anotar las fallas y firmar el libro de guardia.

Todo esto en largos turnos de 8 horas. Sin descansar.

Y pensar que hoy en día, gracias a los sistemas de automatización, un operador hace prácticamente todas esas funciones con un par de clics en el computador…

Hace 40 años no había mucho tiempo para preproducir un turno. Había demasiadas tareas y obligaciones. Hoy en día, en cambio, el tiempo sobra. Las máquinas hacen casi todo…

Y aún así, hoy en día hay muchos locutores que no son capaces de inventarse algo más que decir: “manden sus saluditos”, “llámenos ya mismo para complacerlos” o “no olviden seguirme en mis redes sociales”…

 

 

 

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