Don Cheto, personaje ficticio, y a la misma vez profundamente real y autentico

Entrevista con Juan Carlos Razo, creador de Don Cheto, en esta primera entrega, extracto del libro de monitorLATINO En la Misma Sintonía: Vidas en la Radio, nos narra su dura llegada al “Norte” y su primer contacto con la radio.

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Don Cheto es, desde hace casi una década, uno de los personajes más populares de la radio latina en los Estados Unidos. A la vez una creación en constante adaptación y una figura bien establecida, gracias a la inventiva de Juan Carlos Razo, el adorable viejito es un reflejo del espíritu mexicano y latinoamericano un espejo donde los radio escuchas, migrantes, muchos de ellos pobres, cargando con una acuciante nostalgia por su pueblo y costumbres, pueden encontrar diversión y reivindicarse. La historia de don Cheto —los detalles no importan— ha ido creciendo junto con su fama. Don Cheto aconseja, don Cheto regaña e incluso muestra una extraordinaria vitalidad para su edad, con su versión de Gangman Style que ha recibido cerca de 50 millones de visitas en Youtube. Pero don Cheto no existe. El señor de La Sauceda es un personaje ficticio, y a la misma vez profundamente real y autentico. Sin embargo, cuando termina la emisión, cuando se apaga el micrófono, y se van el bigote, el sombrero y la guayabera, a o el disfraz aparece Juan Carlos Razo. ¿ quién es Juan Carlos ciertamente, no es don Cheto. Casi nadie sabe su historia sin duda mucho más interesante y llena de drama que la de la creación radiofónica. Aquí se cuenta por vez primera, en primera voz.

El hombre bajo el disfraz

Me llamo Juan Carlos Razo Magaña. Nací en un pueblito de Michoacán que se llama La Sauceda, entre Zamora e Ixtlán de los Hervores. Soy el único hijo varón, tengo dos hermanas menores, y tengo sólo cosas bonitas de recuerdos de mi infancia. Nací en una situación muy humilde ahí en el rancho, una comunidad rural muy chiquita donde la mayoría de las personas se dedican al campo, especialmente al cultivo de la fresa, que es muy importante en todo el valle de Zamora. Mi papá quería que yo buscara otras alternativas aparte de trabajar en el campo. Él quería que yo estudiara, que fuera a la escuela; que fuera un profesionista, vaya.

Y aunque sí trabajé en el campo cuando era niño, reconozco que nunca fui bueno para el trabajo en las parcelas, así que me dediqué al estudio, para lo que tampoco fui bueno. “Éste no pinta pa’ nada”, decía mi papá, y era cierto. Mentiría si dijera que siempre soñé con ser locutor: la neta no, aunque siempre me gustó eso de hablar mucho y ser el centro de la atención en la pandilla de amigos, el chistoso de la banda. el payaso del equipo y el más maleta para jugar también. Aunque éramos campesinos, mi papá, a nivel “rancho” participaba en la política de la comunidad. Me recuerdo desde muy chico —a eso de los ocho años— leyendo la revista Proceso, porque mi papá la compraba. De ahí le agarré afición a la lectura, y prácticamente leía lo que se me atravesara: libros de política, de misterio, lucha libre y hasta las revistas de Avon que le agarraba a mi mamá. Bueno, ésas no eran para leer precisamente.

Cuando tenía unos doce años, mi papá tuvo una enfermedad: se le paralizó la mitad del cuerpo. Eso hizo que nos tuviéramos que endeudar para sobrevivir. Cuando se recuperó se le fue haciendo difícil pagar ese dinero y las deudas aumentaron; era pedir aquí para pagar allá. Sólo quedaba una opción: el Norte. Primero se fue él, después mi mamá y mi hermana más chica. Nos quedamos yo y mi otra hermana a vivir con mis abuelas. Extrañaba a mis papás, pero a los 14 años no estaba del todo mal tener esa “libertad” que sólo las abuelas te pueden dar: jugar hasta muy noche en las calles del pueblo, salir a vagar por todo el rancho y hasta a los ranchos vecinos, cosa que con mis papás era imposible. Pero ya no era un niño, tenía que empezar a ayudar a mi padre, así que a los 15 años me fui a Estados Unidos, al mítico “Norte” que hacía los sueños realidad, hasta para un “no pinta para nada” como yo.

Un muchacho valiente

Un día mi papá me dijo que me necesitaba en Estados Unidos porque necesitaba juntar rápido el dinero, y que debía irme a trabajar. Había estudiado contabilidad seis meses en el CBTIS, pero tomé mis cosas y me fui a Estados Unidos. Me subí al autobús rumbo a Tijuana y llegué a la casa de unos familiares del pueblo que habían hecho su vida en esa ciudad. Me dieron la bienvenida, me trataron muy bien y me llevaron con el coyote. Entraría, por supuesto, de “ilegal” al país. Caminamos por el cerro todo el día hasta ya entrada la noche. Íbamos yo y otras ocho personas en medio de la nada. Mientras tanto, yo volteaba para todas partes, miraba solamente montañas y me preguntaba dónde estaba el Norte, el de las películas, el de las calles limpias y las hojas de los árboles en el suelo; el Norte de las pláticas de los paisanos de mi pueblo, el de las fotos que mandaban al lado del Camaro o con la grabadora grande. El Norte de los sueños, el que le había construido casas a medio rancho. Pero yo no lo veía. Sólo cerros y más cerros pelones. Nos subieron en un coche. Los coyotes no querían que fuera mucha gente, y a seis de nosotros nos tocó viajar en la cajuela. Sí, éramos seis en la cajuela; a los 15 estaba gordo, pero no tanto. Era ágil, y tenía una cualidad más importante: era valiente.

Reconozco que ese arrojo de quinceañero ya no existe y tal vez esa valentía de adolescente pendejo me salvó, al final del día, la vida. Aunque ya eran las ocho de la noche, hacía mucho calor. No sabíamos dónde estábamos. Recuerdo que habíamos caminado por Tecate. El chiste es que como a los veinte minutos, nos empezamos a asfixiar dentro de la cajuela del coche, y yo más, porque encima de mí iba un señor de treinta y tantos años. Todos nos empezamos a asustar. La gente comenzó a gritar en medio del pánico: “¡Nos vamos a morir!” y “¡Yo ya sabía que esto iba a pasar!”. Alguien propuso: “Empujemos la cajuela a ver si se abre”, pero todos seguían gritando: “¡Nos vamos a morir, nos vamos a morir!”. Yo, que era el más chico de aquel grupo, trataba de tranquilizarlos, aunque ya no tenía ni aire para hablar. “No pasa nada”, les decía; “cálmense”, mientras empujaba al señor, ya a punto del desmayo; lo sentía cada vez más pesado.

De pronto, el carro frenó de golpe, se abrieron las puertas y escuchamos que alguien corría. Alguien gritó: “¡Ya nos agarraron!”. El chofer, que era el coyote, abrió la cajuela. De inmediato tratamos de abrirla completamente para que entrara oxígeno; empujé al señor ya casi desmayado, pero desde afuera la volvieron a cerrar de un golpe. Era la migra.

—¡No le abran, hijos de su pinche madre! —Porque ellos hablan español, y te la rayan.

Nos sacaron uno por uno y nos metieron a una patrulla. El de la migra me vio, se acercó y me preguntó, porque era el mas chico, qué hacía yo solo, con quién iba.

—Vengo solo.

—Hijo —me dijo—, te vamos a chingar. No te vamos a dejar salir de la cárcel hasta que venga alguien por ti.

Entonces nos llevaron a un centro de detención, ¡y ahí estoy yo! Todo el día, y el día siguiente, amontonados, hasta que se empezó a llenar de la gente que iban agarrando, y poco a poco empezaron a dejarlos ir. Menos a mí, porque era el más chico. Me volvieron a decir que no me iban a dejar salir porque era muy joven, incluso menor de edad. Hasta que uno de ellos preguntó:

—¿No hay alguien, entre los que se quedaron, que pueda decir que es tu tío, que venía contigo en la caravana?

Y un señor que venía conmigo (me encantaría volverlo a ver y saber quién es) digo:

—Yo soy su tío.

Así fue como me dejaron ir, con ese señor, que no era mi tío pero se convirtió en mi protector. Nos sacaron de la cárcel por un pasillo que desembocaba en una puerta que abrieron, ¡y ya estaba en México! Había paleterías y mil cosas más. Eran como las cinco de la tarde. Un día después, abordamos el camión a Tijuana. Después de mucho andar en camión, vi una plaza y recordé que yo había pasado por ahí con mi tía. Me bajé del autobús sin saber y empecé a caminar, de noche, solo. Hoy que lo pienso me da miedo, pero entonces no sentía temor. Sabía que mi tía vivía cerca de un CONALEP y empecé a preguntar. La gente me daba direcciones: “No, pos pa’lla”; y “No, pos pa’l otro lado”. Caminé muchas horas, por muchas calles. Dieron las once de la noche hasta que di con el famoso CONALEP y la casa de mi tía.

Entre coyotes, cucarachas y raza brava

Me van a dejar aquí descansar unos días. Eso era lo que yo estaba pensando esa noche, en casa de mi tía. Les había contado mi historia, había dormido… pero me levantaron a las ocho de la mañana, me dieron mi Choco-milk, ¡y me llevaron otra vez con los coyotes! Yo ya no quería. El nuevo coyote era un tipo con una caguama, recién salido del hospital, todo ojeroso; casi casi le acababan de quitar el suero. ¡Ahí voy otra vez! La misma travesía, la misma hora, todo exactamente igual; otra vez la cajuela, pero esta vez sólo íbamos cuatro adentro. Y cosa rara, me tocó exactamente con las mismas personas del día anterior, menos dos. Esa vez sí la hicimos. Duramos como dos horas en camino, llegamos a un lugar y empezamos a notar que el coche frenaba y luego le daba de nuevo. Uno de mis acompañantes exclamó: “¡Ya andamos en la ciudad, ya andamos en San Diego!”. Entonces llegamos a una casa, nos sacaron de la cajuela y nos dijeron: “¡Métanse a esa casa!”. Yo pensé: “¡Qué rico! Ahorita me baño, descanso” —porque me dolía todo el cuerpo—, y cuando abrieron la puerta… ¡estaba hasta la chingada de gente! ¡No cabíamos! ¡Había como 300 personas en esa casa! Caminábamos literalmente encima de los cuerpos. En un cuarto estaban las mujeres y en otro las que llevaban bebés. Ir al baño era toda una travesía.

—¿Sabes que? —nos dijo el coyote—. Ustedes se la van a rifar por acá afuera, nada más no hagan ruido.

Afuera había un patio pequeño y sucio: botes de basura, triciclos viejos, un asador mohoso y botes de cerveza. Ahí nos tocó pasar la noche, sentados afuera. Nos dieron de comer frijoles acedos, teníamos que compartir el plato; comía y se lo pasaba al siguiente. Recuerdo que alguien dijo: “¡Aquí el que tiene asco se muere de hambre!”. Había pura raza brava ahí, y yo tenía que portarme a la altura! Ya quedamos que en ese entonces yo era valiente. Me dormí entre unos botes de basura, entre las cucarachas. Cuando desperté vi a “mi tío”, la misma persona que me había sacado de la cárcel, que estaba a mi lado, espantándome los animales de la cara. Me dio mucha ternura. Me estaba cuidando. Era como un ángel guardián.

Al otro día nos subieron a una Van, nos dieron la vuelta, nos regresaron y nos dijeron que estaba muy “caliente” y que no nos habían podido pasar. Al siguiente día pasamos por fin la otra aduana y llegamos a un lugar. Unos se bajaron y otros permanecimos en el vehículo, también mi nuevo “tío”.

—Ahora sí —nos dijeron—, ya levántense normal, siéntense normal, pónganse el cinturón de seguridad.

Nos compraron un Gatorade y llegamos a una localidad. No sé qué ciudad sería. Me volví hacia mi “tío” para decirle adiós. Le di las gracias y me preguntó a dónde iba. Le dije que iba a El Monte; así se llamaba la ciudad: El Monte, California. Cuando llegué, el coyote le habló a mi tía. Creo que le pagó 500 o 700 dólares, que era lo que costaba en ese entonces (ahorita cobran seis mil dólares). Era pleno verano de 1996. Y ahí, por fin, vi una ciudad de Estados Unidos.

Mi mamá me vio, corrió y me abrazó. Me dio de comer y me metió al baño. Yo andaba más allá de la mugre; traía los zapatos rotos, el pelo largo y la piel más prieta que de costumbre. A los pocos días comencé a trabajar en un lugar donde doblábamos ropa de bebé. Un día, como al mes de estar trabajando, el supervisor coreano del lugar me dijo que ya no fuera.

—¿Por qué? —quise saber.
—Porque estás muy chico. No te puedo tener aquí.
Así que me fui a mi casa y le conté a mi mamá. Mi tía le dijo que yo no podía trabajar por ser menor de edad. Y con todo el dolor de mi corazón, me mandaron a la escuela. Fui a los grados diez, once y doce, y aprendí inglés. Me gradué de la escuela y empecé a trabajar en otras cosas; trabajé en fábricas, vendí discos en eventos, cueritos en vinagre para ayudar a mis papás, y fue por ese entonces que se me metió el gusanito de la radio: yo escuchaba a los locutores en las estaciones y quería ser como ellos, decir la hora, los saludos. No aspiraba a más. Pensaba: “Yo no soy chistoso”. Mi ilusión era salir al aire y decir: “Son las cinco de la tarde y ahí está esta canción”. Ésa era mi meta, no tener un personaje. Nunca pasó por mi mente que yo pudiera hacer reír, mucho menos tener éxito.

Fin de la primera parte.

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